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Los recuerdos de mi lápiz

Ya no doblan las campanas

El sonido del tañido en la iglesia de Barros y la desaparecida pista de baile del distrito langreano

No hace mucho tiempo... o más bien diría, que cuando los tiempos eran normales, mi amigo Carlos Fernández Espina, orgulloso pozarico, me contaba la historia de las campanas de la Iglesia de Barros.

El precioso pueblo de Barros es milenario, suena por primera vez en un testamento otorgado en el año 978 por el conde Favila Spansadiz. Y como parroquia es constituida en 1338 bajo la adoración de Santa María Magdalena.

Así, me contaba Carlos, que las campanas de la iglesia fueron fundidas en los Talleres de La Real Maestranza de Sevilla y trasladadas hasta Barros en carretas de bueyes.

A mediados de los años sesenta, ante el gran deterioro de la iglesia, todo el pueblo acomete la construcción de una nueva de líneas modernas, obra de los arquitectos Galán, Llaneza y Ron. Toda la obra está recogida en un ejemplar editado por la Sociedad Amigos de Barros, en el que me detengo solamente en el apartado que dice: “las campanas de Barros son las mejores del contorno, son muy antiguas y tienen buen sonido. De momento están en el sótano, esperando que una mano amiga las coloque en el alto. Por ahora no hay presupuesto, nos contentaremos con oírlas en disco”.

Las preciosas campanas, duermen desde entonces en el destierro de los sótanos. Sus impresionantes sonidos se apagaron, pero en el pueblo de Barros nacerían otros sonidos aún más musicales, aquellos que emanaban con tremenda fuerza de la inolvidable Pista de Baile, que se llamaba Somio y que nacía en una década que para la música se denominó “prodigiosa”.

Ya no doblan las campanas

Ya no doblan las campanas

Eran años de adolescencia y temprana juventud, cuando en las fiestas y en aquellas pistas de baile, nacían los sueños e ilusiones de los primeros amores. La música, los intérpretes más famosos actuaban en la incomparable Pista Somio de Barros, tanto en la de verano del exterior, como la del amplio y precioso local cerrado. La preciosa música, nos envolvía en el sinuoso recorrido de pedir por parejas una pieza de baile. Entonces era cuando gira el mundo gira en el espacio infinito, con amores que comienzan o con amores que se han ido, y en el silencio yo me pierdo y no soy nada sin verte a ti.

La interminable petición de un baile, podía ser única con tu pareja y entonces, mis manos en tu cintura, era la fábula que iluminaba mi soñar, aunque ese amor fuera una pena que siendo hermoso tenga un final. Y es que bailar de lejos no es bailar, es como estar solo, tú bailando en tú compás y a dos metros de ti, bailando yo en el Polo.

Aquellas canciones de Raphael, Adamo, Los Brincos... te envolvían en un torbellino de ilusiones, que como el cuento de Cenicienta, debía acabar a las diez de la noche que es cuando nuestra novia tenía que llegar a casa.

Nuestras pistas de baile, se han perdido en el tiempo, igual que se perdieron las preciosas campanas de la iglesia de Barros, dormidas en un sueño eterno.

Esta historia me la contaba mi amigo Carlos, enamorado de su querido pueblo de Barros.

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