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Carlos Cuesta

A contracorriente

Carlos Cuesta

Busca una terraza

El coronavirus ha trastocado por completo la vida cotidiana, haciendo que hábitos sencillos sean anormales

Las terrazas hosteleras están de moda más que nunca en toda España. El problema de la pandemia, el confinamiento perimetral y toda esa retahíla de normas sanitarias y políticas han dado un nuevo tiempo ocioso a esos lugares de parlamento y sociabilidad. Todos buscan o buscamos un hueco en esas mesas terraceras para disfrutar de un café, un vino, un refresco o un tentempié al aire fresco de un invierno tímido y siempre con la distancia obligada y esa mascarilla de atuendo complementario e higiénico. Las terrazas callejeras cubiertas o abiertas al día límpido y luminoso, entre sombrillas o parasoles, son la esencia decidida del universo hostelero en este momento de incertidumbre y confusión.

No es la panacea, pero los empresarios del gremio se mantienen a duras penas y con sus productos para llevar a casa los ingresos corren el camino de la decencia y lo aceptable. Nada es lo mismo. El coronavirus ha trastocado la vida cotidiana, ha cambiado los hábitos sencillos en anormales y ha transformado lo simple y normal en complejo y extraño.

El carácter de la gente es otro, más áspero e inseguro, las vivencias se limitan, los quehaceres se convierten en burdos aburrimientos, la diversión comedida se contagió en torpes acciones negativas y en malsanas peripecias. Y las terrazas son la única normalidad en un mosaico de paisaje y costumbres coartadas por un mal invisible que no nos deja vivir en paz.

Todos en la mañana o en la tarde buscamos un lugar de acomodo en esas galerías abiertas y disfrutadoras para tomarnos un aperitivo o llevarnos algo a la boca. Y en estos días invernales, con el sol tibio por montera, el público animado busca un hueco casi imposible en esas azoteas urbanas o poblanas para romper con ese tedio pesaroso de soportar un virus maléfico que nos hace infelices y anodinos. Y los tristes y reivindicativos hosteleros han aprovechado el espacio terracero, quien lo dispone, para ofertar sus productos y viandas al respetable que busca con ahínco un asiento en la veranda de su verdad ansiosa. Nunca las terrazas públicas y ociosas, sin lluvia o con lluvia, han tenido tanta respuesta a la apetencia y reclamo de una concurrencia tan necesitada del refrigerio feliz.

Pon una terraza en tu vida y la vida será otra y más complaciente. Y sin terrazas no somos nada. Seres abúlicos, afligidos, dolientes y aburridos. Los hosteleros con sus balcones a la calle, y aunque limitados, nos ofrecen realidad y temperamento para resistir esta plaga pandémica y despiadada. En las terrazas encontramos la relación perdida, somos más normales, hay conciencia de que existimos y no pensamos en ideas absurdas y letales. Pienso de corazón que las terrazas actualmente son la terapia existencial para aguantar estos meses de soledad y cautiverio. Son el pulmón dichoso de unas conciencias apocalípticas y destructoras que animan el diario acontecer de un estado anómalo y absurdo. Y desde esa terraza animadora pienso en esos hospitales plagados de enfermos por el covid-19 y en el esfuerzo intenso y afecto de tantos médicos y sanitarios que velan por la superación de un mal que nos ha dejado maltrechos.

Desde esa terraza ufana y bendita, con mi café matinal y mi periódico bienvenido, observo la vida con entusiasmo y deseo al mundo esperanza y óptimas sensaciones. Las terrazas, sin duda, tienen mucho de buena estrella. ¿No es así?

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