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Antón Saavedra

Es el mercado, amigo, es el mercado

El recibo de la luz, una “estafa” que permiten los gobiernos: la pobreza energética llega al 41% de los españoles según un informe

Recibo la última factura de la estafa consentida de la luz y, como me parece un auténtico disparate, me dispongo a su análisis para comprobar que su incremento no respondiese a ninguna anomalía. Nada extraño. En la factura seguían apareciendo los mismos conceptos indescifrables, los mismos costes fijos que desde hace tiempo nos vienen descontando sí o sí al margen de lo consumido, esto es, los correspondientes impuestos sobre la electricidad (5,11%) aplicado al sumar el importe correspondiente de la potencia contratada y los KW de la energía consumida, el IVA (21%) que se aplica al total de la factura, incluido el impuesto sobre la electricidad y la tasa municipal (1,5%) para abonar al municipio donde se encuentra el punto de suministro, pero también los peajes, gastos de transporte y distribución poco transparentes, o compensaciones abusivas a las compañías. Costes del mercado, que se evalúan sobre la energía consumida, llegando a la conclusión de que los consumidores se topan con que el precio mayorista de la luz y consumo se llevan el 35% del recibo, el 40% son peajes (potencia y término de energía) y un 25% impuestos.

Comprobé el histórico de facturas, y seguía en la misma línea de siempre: más cara que años atrás. Concretamente, los gastos energéticos subieron un 40% más que el nivel de vida en los últimos 10 años. Pregunté a un amigo de tertulia que vive un portal más allá que el mío y le pregunté: oye, José, ¿tú has comprobado la última factura de la luz? ¿Qué te parece? Pues, ¿qué quieres que te diga? Me parece una gran estafa, un robo manifiesto, pero es el mercado, amigo, es el mercado. En la misma tertulia, otro amigo nos decía que la brutal subida de la factura se debía a la ola de frío que estábamos padeciendo y a la falta de viento en las eólicas o la falta de sol en las fotovoltaicas, otro culpaba al gas, hasta que otro tertuliano remataba diciendo que la culpa se debía a la liberalización del mercado, en manos de un oligopolio que controla todo, esto es, la producción, la distribución y la comercialización, de tal manera que, en la actualidad, el mercado está manejado por lo que tú llamas el “electrofascismo”.

Pero lo más denigrante es que Endesa, por ejemplo, que antaño era una empresa pública española al cien por cien, sería malvendida por el Gobierno de turno a la estatal italiana ENEL, de tal manera que, después de saquearla y expoliarla, la eléctrica italiana envía la mayor parte de sus dividendos a Italia, mientras la pobreza energética en España aumenta al mismo ritmo que precios y beneficios, cada vez con más gente que no puede calentar sus viviendas o sufren cortes.

El 6% de personas en nuestro país tiene algún retraso o dificultad para pagar facturas del agua, gas o luz, según los datos del informe de Pobreza Energética en España de la Asociación de Ciencias Ambientales para el año 2018, pero, a pesar de que los datos oficiales solo pueden registrar los impagos, sería un error pensar que la pobreza energética se limita a esto, cuando según cifras extraídas de encuestas, el mismo informe asegura que el 15% de la población sufre temperaturas inadecuadas en el hogar y el 29% sufre dificultades para poder acceder a los suministros básicos, llegando a un dato espeluznante: el 41% de la ciudadanía de nuestro país sufre la pobreza energética.

Una lacra que, siendo responsable de más de 7.000 muertes prematuras cada año, sigue permaneciendo silenciada e ignorada por todos y cada uno de los gobiernos, central y autonómicos, saliendo a relucir este drama solo cuando ocurren las grandes catástrofes, como la ocurrida recientemente con el incendio del barrio de Sant Roc en la localidad catalana de Badalona, donde unas infraviviendas (chabolas) tenían los suministros pinchados, con el consiguiente peligro que ello comporta.

Sin embargo, más allá de estos hechos escandalosos y altamente mediáticos, la pobreza energética mata cada día de maneras mucho más silenciosas y discretas. No hace falta un incendio ni dejar de pagar facturas para ser víctima de la pobreza energética. Conozco a personas que sí paga la factura, pero a expensas de privarse de comer adecuadamente, pasando hambre incluso, o renunciando a poner la calefacción, colocándose una chaqueta de más en casa y dos o tres cobertores para meterse en la cama.

Pues bien, guiado por mi interés ante lo que, desde mi punto de vista me parecían y me sigan pareciendo, ahora más que nunca, “ocurrencias” tan mortales por parte del Gobierno, decidí seguir por el camino que me indicaba la línea eléctrica que me llevó hasta una de las térmicas de la multinacional Iberdrola, paradójicamente cerrada cuando más demanda había en el país, y allí pregunté a un trabajador sobre el porqué estaba parada la térmica, contestándome que estaban haciendo trabajos de mantenimiento, pero, cuando ya me iba, me encontré con otro trabajador conocido, ingeniero para más señas, quien, de manera casi clandestina, me explicó todo el funcionamiento del llamado “pool” donde se fija el precio de la electricidad, de tal manera que, para cubrir la demanda, las compañías van aportando producción, empezando siempre por las más baratas. Si no hay suficiente, entran otras más caras, y así hasta que se completa lo demandado. La última en entrar, que siempre es la más cara, es la que fija el precio de las otras.

Quiere ello decir que, si tú produces energía a muy bajo coste, como la hidroeléctrica o la nuclear, ofreces tu energía barata y te la pagan a precio de energía cara. Es un sistema perverso, me susurró al oído mi amigo, porque siendo un oligopolio siempre está la tentación de que alguien no meta en el “pool” toda su capacidad disponible, en la confianza de que entren otras más caras. Basta con que entre un 1% de gas, para que el otro 99% se pague a precio de gas con márgenes de escándalo. No parece precisamente un incentivo para bajar precios, ¿verdad?”, le dije, contestándome en forma de interrogante, “¿sabes cómo lo llaman? Beneficios caídos del cielo, windfall profits”.

Es el mercado, ¿verdad?, le pregunté. Claro, me dijo, “es el mercado, pero el mercado eléctrico español”, que es así de peculiar: un mercado ineficiente y opaco, que favorece la especulación, y donde, a la manera de la banca, las compañías siempre ganan. Y si no ganan, estas se verán compensadas por el Estado, no en vano más de 40 altos cargos de la Administración, entre expresidentes y ministros del gobierno bipartidista del PPSOE, sientan su culo en los millonariamente retribuidos sillones de sus Consejos de Administración. Al respecto, resulta muy grotesco tener que escuchar las manifestaciones de la ministra de Hacienda y portavoz del Gobierno, la médica María Jesús Montero, mintiendo, como es su costumbre de auténtica fullera, para decir que no se podía quitar el IVA porque no lo autorizaba Europa, pero más grotescas resultaron tener que escuchar en boca de los máximos responsables de Unidas Podemos, Echenique y Pablo Iglesias, cuando afirmaron que “bajar el IVA no le cuesta ni un euro a las eléctricas, pero sí reduce los ingresos del Estado, dañando la sanidad, la educación o la dependencia”. Por cierto, el precio del KWh doméstico en España, según Eurostat, resulta ser el 27,6 % más alto que el precio medio en los 28 países de la Unión Europea y el más caro de Europa después de Irlanda y Chipre. Y se quedaron tan panchos.

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