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Francisco Palacios

Líneas críticas

Francisco Palacios

Un apasionante relato histórico

La huelga de 1962 contada por Jorge Martínez Reverte en el libro “La furia y el silencio”

El pasado 26 de marzo moría en Madrid el prolífico periodista y reconocido historiador Jorge Martínez Reverte, que escribió notables ensayos sobre la Guerra Civil española y otras obras de ficción, como “Gudari Gálvez” o “Triple agente”. Y ahora quiero destacar su ensayo “La furia y el silencio. Asturias en la primavera de 1962”, publicado en 2008. Un buen modelo de la denominada historia-teatro, que siempre supone un escenario y unos protagonistas presentados sin bastidores ni bambalinas. Con sus grandezas y sus miserias.

Vayamos a los hechos. El 6 de abril, siete picadores de turno de la mañana del Pozo Nicolasa de la Fábrica de Mieres se niegan a trabajar. Reclaman un aumento de sueldo y otras mejoras laborales. En aquellos tiempos, la mayoría de los mineros tenían unos salarios bastante más bajos de lo que se divulgaba. Estaban muy mal pagados, especialmente valorando el peligro y la dureza de su trabajo.

Martínez Reverte sostiene que ninguno de aquellos siete picadores tenía una militancia política activa. Es más: uno de ellos era falangista y había luchado con la División Azul en Rusia. La politización se produjo a medida que el paro iba adquiriendo mayor envergadura y no se divisaban soluciones efectivas.

Y ante lo que en principio eran unas elementales reivindicaciones económicas, el Gobierno reaccionó con torpeza, lastrado también por el conflicto ideológico entre falangistas y tecnócratas.

Un episodio significativo de ese conflicto entre las “dos familias del régimen” lo relata muy bien Martínez Reverte. Animado por el jefe nacional del Combustible, y al margen de los cauces oficiales, un “almacenista de Sama” se plantó en Madrid con seis mineros (tres de cada cuenca) para entrevistarse con Agustín Muñoz Grandes, teniente general y vicepresidente del Gobierno, y darle su versión de lo que estaba pasando en las minas asturianas. (El empresario langreano también había estado en la División Azul a las órdenes de Muñoz Grandes).

Jorge Martínez Reverte. | Juan Plaza

El vicepresidente informó de inmediato a Franco, que, según Martínez Reverte, ordenó a los ministros de Industria y Gobernación que estudiaran la situación en las Cuencas y que tomaran las medidas pertinentes para que la huelga se solucionara con la mayor urgencia posible.

Sin embargo, para los tecnócratas que ocupaban los ministerios económicos, el problema era más complejo: había que abordar previamente otras cuestiones relacionadas con la productividad, el precio del carbón, el incremento de los salarios, la inflación, la modernización de las instalaciones, la competencia extranjera. Además, la coyuntura socioeconómica era muy delicada: hacía solo tres años que la dictadura había estado a punto de la suspensión de pagos.

El final de aquella huelga se hizo con la negociación directa entre el ministro secretario general del Movimiento, José Solís Ruiz, y los representantes de los mineros. Un acuerdo en el que se recogieron buena parte de sus reivindicaciones. No todas: quedaba la liberación de los compañeros detenidos. Asimismo, de aquella huelga mítica salieron muy debilitados los sindicatos oficiales en favor de las incipientes comisiones obreras. La dictadura sufrió también un importante desprestigio a escala internacional.

Por otra parte, creo que uno de los aspectos más destacables de “La furia y el silencio” es precisamente el acierto de haber puesto en escena a los diversos protagonistas (y antagonistas) de aquel episodio histórico. Por el libro desfilan abiertamente, además de los mineros, principales actores del conflicto, sindicatos y partidos políticos (ilegales entonces), asociaciones vecinales, comerciantes, grupos de mujeres con un papel muy activo, sacerdotes, intelectuales, destacadas personalidades...

Finalmente, Jorge Martínez Reverte estuvo algún tiempo en Asturias, mayormente en las Cuencas, entrevistando a personas implicadas y recabando datos para su investigación en diferentes archivos.

Y en su libro refleja de forma emotiva las impresiones de aquella intensa experiencia personal y profesional: “Es muy difícil de encontrar en cualquier lugar del mundo una gente tan abierta, generosa y hospitalaria como la que crece en Asturias. No son los genes, desde luego, eso queda para los nacionalistas de medio pelo. Es una cultura construida durante muchos años”.

Lo dicho: “La furia y el silencio. Asturias, en la primavera de 1962” es sobre todo un apasionante relato histórico. Y un ejemplo de lo que puede deparar el azar de la lucha en las circunstancias más adversas.

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