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Francisco Palacios

Pasado imperfecto

Francisco Palacios

El milenario universo de los libros

Los documentos escritos a través de la historia y su importancia, cada vez más relevante

La escritura surgió con las primeras civilizaciones. La fuerza de lo escrito rompió con las trabas y los límites de las palabras. Desde entonces se pudieron acumular y transmitir los saberes humanos. Así nació la historia: un enorme avance en el acervo cultural de la humanidad, ya que se pudo fijar en documentos el valor y el dueño de las propiedades agrícolas, los actos religiosos, las batallas, las decisiones soberanas, los acontecimientos sociales, así como las primeras obras literarias. La escritura favoreció además el establecimiento de las instituciones.

El milenario universo de los libros Francisco Palacios

Los primeros libros aparecen hace unos cinco mil años en el Próximo Oriente. Sus materiales son muy diversos: van desde las cortezas de los árboles (“libro” significa originariamente “corteza” en griego y latín), pasando por los rollos de los papiros egipcios, las tablillas de arcilla sumerias, el hueso, el cuero, las conchas de tortuga, los manuscritos de madera y las telas en distintos pueblos y culturas, el papel, hasta el gran avance de la invención de la imprenta por Gutenberg en el siglo XV. Y la última novedad del libro electrónico.

En los tiempos modernos, el libro se ha institucionalizado y universalizado como un elemento cultural y comercial de primer orden. De su grandioso mundo forman parte las bibliotecas públicas y privadas, los círculos de lectores, las ferias del libro, las poderosas editoriales y distribuidoras...

En 1926, Alfonso XIII firmó un decreto en el que se establecía oficialmente la Fiesta del Libro Español. Y desde hace un cuarto de siglo se viene celebrando el 23 de abril el Día Internacional del Libro en honor a Cervantes, Shakespeare y al Inca Garcilaso. Su objetivo es fomentar la lectura, la industria editorial y la propiedad intelectual por medio del derecho del autor.

La actitud respecto a los libros puede ser reverencial o ser considerados agentes muy peligrosos por el poder político. Por la ortodoxia imperante. Depende de las circunstancias. El poeta Paul Valéry, refiriéndose a los libros, afirmaba que “el universo no existía más que sobre el papel”. Y Maquiavelo se ufanaba de vestirse con sus mejores galas al entrar en su biblioteca, a la que llamaba “el templo de la sabiduría”. Una ceremonia de connotaciones religiosas.

Sin embargo, de lo que suponen los libros como perturbadores para el orden establecido dan cuenta su destrucción (o su prohibición) a lo largo de la historia.

Hace veintitrés siglos, un emperador chino ordenaba destruir todos los libros escritos en madera como castigo a los que habían criticado su política. Y también en la antigüedad, la destrucción de miles de libros de la Biblioteca de Alejandría está considerada como uno de los desastres culturales más simbólicos de la historia.

Premonitoria fue la afirmación del gran poeta Heine en el siglo XIX: “Allí donde se queman libros, se acaba por quemar a los hombres”. Su presagió se ha cumplido primero con la quema de más setenta mil libros en una plaza de Berlín por orden del ministro de Propaganda nazi, Joseph Goebbels en mayo de 1933. Un auto de fe para salvar una ortodoxia apocalíptica: los propios nazis pondrán en funcionamiento poco después los abominables hornos crematorios en los campos de exterminio.

Cambiando totalmente de tercio, ya me referí en alguna otra ocasión a una solicitud que revela una suerte de culto casi religioso por los libros. En el verano de 1873 (durante la Primera República), Tomás Mendoza Marrón, farmacéutico y presidente del langreano Casino de Obreros, se dirigía al ministro de Fomento reclamando libros para su casino. Y lo hacía en estos términos: “Tres mil obreros del carbón y del hierro os piden este favor. No dudéis de su amistad política (republicana). No dudéis de su amor a la leer. Que lean, ciudadano ministro. Leyendo para ser útiles a la patria”.

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