Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Antón Saavedra

¿Por qué faltan vacunas en el mundo?

Reflexiones sobre las desigualdades y el proceso de inmunización contra el covid-19

Desde que hiciera acto de presencia el “bicho coronavírico” han sido más de 3.500.000 infectados, muchas de ellos con secuelas de salud a largo plazo, y más de 120.000 personas las que perdieron su vida en nuestro país.

¿Por qué faltan vacunas en el mundo?

Iniciado el periodo de vacunación, en España se llevan vacunados con todas las dosis en torno al 8 % de la población, por tan solo el 1,5% de la población mundial de los 7.700 millones de personas que habitan en el mundo, con la salvedad de que el 80% de ellas están en solo diez países. ¿A qué se deber este “apartheid médico” que se ha configurado con el despliegue de las vacunas? ¿Por qué no se están proporcionando las vacunas a los 7.700 millones de personas del mundo?

Las autoridades chinas, después de haber detectado el “bicho”, secuenciaron el virus y compartieron la información en un sitio web, en el que científicos de las distintas instituciones privadas y públicas se apresuraron a descargar la información para tener una mejor comprensión del virus tratando de crear una vacuna para la inmunización de la población. De tal manera que, en muy pocos meses, nueve empresas privadas y públicas anunciaban que ya tenían candidatas a vacuna: Pfizer/BioNTech, Moderna, AstraZeneca, Novavax, Johnson & Johnson, Sanofi/GSK, Sinovac, Sinopharm y Gamaleya, alguna de las cuales, como las tres últimas citadas han sido producidas por los sectores públicos chino y ruso, procediendo de inmediato a repartirla entre 41 países.

El resto de las vacunas han sido producidas por empresas privadas, aunque financiadas por el erario público de distintos países, entre los que se encuentra nuestro país con una contribución multimillonaria de euros para GAVI (Fundación de Gates y CÍA que, junto con el Banco Mundial, la OMS y Unicef se erigen en los “salvadores del mundo”), tal y como se expresaba en un tuit del 4 de mayo de 2020 el propio presidente del gobierno español, Pedro Sánchez: “Nos hemos reunido para impulsar una respuesta ambiciosa y global al covid-19 basada en la justicia social, la ciencia y la colaboración. Aprendamos del pasado y aseguremos que, esta vez sí, salimos de la crisis sin dejar a nadie atrás”.

El ejemplo más claro de lo expuesto es el referido a la polémica vacuna AstraZeneca, cuya financiación del 97 por ciento se llevó a cabo con el dinero del gobierno británico, fondos europeos y de otros Estados, quedando la aportación de la industria farmacéutica en un escaso 3 por ciento. Así, mientras Boris Johnson tenía la osadía de señalar que la rapidez de la vacuna se debió «por el capitalismo, por la codicia», y la industria farmacéutica promovía el mismo mensaje en defensa de las patentes y derechos de propiedad, los investigadores de Universities Allied for Essential Medicines UK que realizaron los estudios no son, ni mucho menos, coincidentes con estas manifestaciones del mandatario británico cuando afirman mediante un comunicado que: “Nuestro estudio muestra que es todo lo contrario: la inversión pública y la colaboración internacional nos dieron las vacunas covid-19”.

Sin embargo, estas empresas privadas después de haber recibido la financiación pública para producir vacunas para todo el mundo, pusieron estas a la venta para obtener unas colosales ganancias a la vez que aseguraban aún más sus beneficios mediante patentes, de tal manera que la información que tenemos al día de hoy sobre vacunas vendidas y transportadas a diferentes partes del mundo cambia rápidamente, donde muchas de las naciones calificadas como pobres no tendrán vacunas para su población antes de 2023, mientras otras naciones, de las llamadas ricas, han acaparado suficientes dosis para vacunar a su población hasta cinco veces.

¿Acaso se puede seguir llamando pobres a los países del cercano y Medio Oriente, donde se concentran las mayores reservas mundiales de petróleo? ¿Es que son pobres Libia, Zaire, Ghana, Liberia, Zambia, Congo y muchos otros países africanos de cuya extracción de minerales depende literalmente el funcionamiento de las ramas rectoras de las industrias de EE.UU., Reino Unido, Francia, Alemania y otros Estados capitalistas desarrollados? ¿Se puede seguir calificando de pobres a países como la India, Malasia, Brasil y muchos otros países de Asia y América Latina, cuando en sus entrañas se concentra el 80% de la materia prima que mueve al mundo?

A lo largo de mi trayectoria sindical internacional, si algo aprendí fue que aquellos países llamados pobres son explotados por aquellos otros países considerados ricos, a veces demasiado pobres para ostentar ese título, y por lo tanto no se puede seguir hablando de países pobres, sino de países saqueados y esclavizados, pero nunca pobres, llegando a la conclusión de que en la Unión Europea seguimos viviendo sobre una burbuja con una falsa ilusión de seguridad, en gran parte gracias al expolio de los recursos materiales y biológicos de esos, pero lo cierto es que “nuestra cómoda y segura existencia” tiene fecha de caducidad más pronto que tarde, entre otras cuestiones, porque la cada vez más frágil burbuja europea puede reventar de la noche a la mañana al estar rodeada por millones de personas que sufren, cada vez más, las consecuencias directas e indirectas de ese proceso histórico de gran explotación en aquellos países del Tercer Mundo, como si existieran varios mundos en este planeta.

Mirando el porcentaje de la población vacunada en la población de la Unión Europea, vemos que es sorprendentemente bajo, muy por debajo de la capacidad real que tiene para producir tales vacunas en los distintos Estados que la conforman, resultando paradójico esta escasez de vacuna teniendo, como se tiene, un gran tejido empresarial farmacéutico con una capacidad de producción entre las más elevadas del mundo.

Está claro que en una situación tan dramática como la actual, en la que siguen muriendo más de 10.000 personas cada día en el mundo por covid-19, no puede darse una situación como la que nos toca vivir, y ello exige un cambio sustancial en la dinámica productiva y distributiva de las vacunas y otros elementos necesarios en sus niveles europeos y mundiales.

¿Tan difícil es ponerse a fabricar vacunas para abastecer a todo el mundo en un tiempo récord, una vez que se conoce la fórmula para combatir el virus? Claro, se me olvidaba, sigo siendo un pobre iluso. Estamos hablando de patentes, traducidas en colosales ganancias para la oligarquía financiera mundial, pero, así y todo, sigo pensando que la liberación de éstas de una forma global y la intervención urgente de laboratorios e instalaciones donde se puedan producir vacunas, así como los instrumentos necesarios para su aplicación, es una cuestión de vida a muerte para millones de personas en todo el planeta. Se trata de sus ganancias o de nuestras vidas. Si la UE no es capaz de llevarlo a cabo, es mejor que cierren el chiringuito y se dejen de seguir engañando miserablemente a la población.

Compartir el artículo

stats