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José Manuel Ibáñez

Sebes y maleza

El deficiente mantenimiento de las carreteras rurales

Resulta ya una constante que por esta época muchas de las carreteras del valle se llenen maleza, todo ello con el consiguiente peligro añadido a su habitual falta de conservación, y baches profundos que dejan tus amortiguadores destrozados.

Como resulta también habitual los accesos a los pueblos se llevan la peor parte de todo lo negativo en este aspecto.

Asiduamente personas conocidas me dan cuenta de todo ello con la petición de que lo haga visibilizar en estas páginas de LA NUEVA ESPAÑA, y de paso que se enteren de ello esos “que tanto nos quieren, y tanto nos deben” en vísperas electorales, para luego imbuirse en amnesia profunda. Por pedir, y extrapolar el problema que no quede, además de que la ilusión es –dicen– lo último que se pierde.

Uno mismo lo puede certificar en primera persona, dado que tengo la inveterada costumbre de subir todos los domingos a Cuturrasu, donde desde hace muchos años participo en animada tertulia sidrera con mis amigos de la zona. Pues bien: en el momento actual resulta complicado llegar hasta allí por la falta de visibilidad y los sobresaltos continuos, dado que las sebes y la maleza ocupan buena parte de las dos orillas de la carretera que lleva hacia el pueblo, tomando las curvas medio a ciegas y a golpes de claxon, por lo que no me es difícil imaginar que otro tanto es lo que les sucede a mis comunicantes en los suyos.

En la de Cuturrasu el problema se acentúa con árboles inclinados en peligro de caer sobre la citada carretera, a los que urge dar solución antes de que ocurra una desgracia. Las lamentaciones posteriores de nada servirán.

Ignoro si la conservación y las soluciones competen al Principado o al Ayuntamiento, pero sea quien sea la solución debe de llegar por vía de urgencia, además de ser su obligación. Por lo cual deben de ponerse las pilas ¡ya!

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