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Carlos Cuesta

A contracorriente

Carlos Cuesta

Oda al verano

Es la estación más cálida del año. Es tiempo de tranquilidad, sosiego, ánimo, relajo, aventura y vacación. Y vivir este momento es encontrar espíritu de sabiduría, satisfacción personal, horas salutíferas, viento a favor, sol justiciero dependiendo de la zona geográfica donde se viva, fiesta doméstica y desayunos envueltos en verdad y periódico. En el verano se consume mucho descanso, se reflexiona con desconexión y se recuperan fuerzas para avanzar en el equinoccio de otoño y el solsticio invernal. Con estos días de calidez, la invitación a celebrar la vida es un hecho, las horas se alargan y la noche se vuelve más corta. Es una circunstancia astrológica que nos indica que el sol se encuentra mucho más cerca de la tierra con La Luz solar más extensa. Y todo ello nos aumenta las emociones, hay más energía positiva y la sonrisa se observa cotidianamente en nuestro rostro ofertando un estado somático pleno de garantía.

El estío es playa, montaña, bosque, río, cascada, caminos, conversión física, amistad, gastronomía, libertad, ropa cómoda, viajes, lectura y mucha sociabilidad. Es instante de placer, de pensamiento, de buscar la verdad uno mismo, de simbolismo, de cierto bienestar personal y de ver el presente con fuerza y ventaja. ¿Y cómo veo yo el verano? Pues este tiempo de luminosidad es reflejo de movimiento, de ir de aquí para allá, de bocadillo de cecina junto al río Curueño, de paseos largos por el arenal de Vega, de recorrer las intrincadas veredas de Redes, de lecturas animosas, de ahondar en la rica culinaria del lugar preferido, de envolverse en la foresta universal del jardín botánico de Luarca, de ilustrar ambrosías en el predio amistoso de la Llera junto al Nalón con la Sociedad La Pegarata, de respirar aromas de brezo y lavanda en los anchurosos paseos vespertinos. Y disfrutar de un concierto sabatino con el trasfondo de la “Velvet Underground” y Lou Reed. Historias de un verano feliz de antes y de ahora. El solsticio estival está inundado casi siempre de fuerza y pasión y la terapia anímica es nuestra seña de identidad.

Que no falte el verano y especialmente esa fiesta de canícula englobada en los veranos de la Vecilla. Recuerdos, emociones, festejo, camaradería, sentimiento, paisaje amoroso, cervezas, sidras, vinos, empanadas y fervor amistoso. Y siempre olor a río, cecina y chocolate... La remembranza de la verdad.

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