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Ricardo Montoto

Dando la lata

Ricardo V. Montoto

Patrones de belleza

Antes, estar blanco y gordo era de ricos, ahora es cosa de pobres

Por fin salió el sol, incluso con demasiado ímpetu. El verdejo frío de la Bodeguina se disfruta más con el pinchín de empanada de Berma. Una pareja bien avenida. Como el gintonic del Rodapié con su colorista acompañamiento de gominolas.

Bueno, pues ahí estaba yo saboreando mi vino y observando el ir y venir de la gente cuando pasó por delante un cuarteto femenino que era la viva representación de la escualidez y el ultra bronceado, un color impropio del brumoso clima asturiano. No se puede estar más flacas y renegridas. Y unos aires de los que resfrían.

Los cuatro palillos marrones me recordaron a aquellas mujeres castellanas que veía por las ventanillas traseras del Morris camino de Saldaña –un oasis tras cruzar Tierra de Campos en agosto–, resecas y tostadas por el sol en el tiempo de la trilla. Lo que entonces era signo de modestia y trabajo duro, de mirar por cada céntimo, de estrecheces y resistencia, hoy se ha convertido en un canon de belleza. Si aquellas heroicas mujeres que echaban el verano separando el grano de la paja supieran que acabarían siendo un patrón estético, lo darían a gritos. Porque hace un siglo los pudientes estaban rollizos –eran los únicos que podían estarlo– y se guardaban del sol para que su piel –cuanto más pálida, mejor– los distinguiera como miembros de las castas superiores. Una persona flaca y morena era un pobre currante; un gordo blanquecino era un ricachón.

Pero la vida dio la vuelta y actualmente la obesidad se asienta en las clases más desfavorecidas porque en el siglo XXI la alimentación sana es un lujo minoritario. Y el sol, castigo para la plebe, hoy es privilegio de acaudalados.

O sea, que a estas cuatro presumidas chamuscadas hace unos años las habrían confundido con campesinas. Y los aires que se dan bien los habrían cambiado por un trago del agua fresca de un humilde botijo.

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