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Francisco Palacios

Líneas críticas

Francisco Palacios

Sagrada juventud, dorada fiesta

La proliferación de los botellones, su impacto sobre la propagación de la epidemia y las escasas oportunidades que se les presentan a los jóvenes para labrarse un futuro y poder emanciparse

Alexis Tocquevile, uno de los más importantes ideólogos del siglo XIX, ya viejo, añoraba las buenas pasiones de la juventud y no estaba seguro de detestarlas cuando eran malas: “Son una fuerza, y la fuerza es siempre útil en medio de la flaqueza universal que por todas partes nos rodea” . Y Víctor Hugo ha proclamado con nostalgia aquello de “Juventud, divino tesoro/ ¡ya te vas para no volver!”. Ciertamente, la juventud es un estado transitorio. Un hecho biológico y sociológico, como la vejez o la adolescencia. Y no es un concepto universal: hay muchas clases de jóvenes.

En las últimas semanas, los botellones y otras fiestas protagonizadas por grupos de jóvenes (y por lo no tan jóvenes) ocupan amplios espacios informativos con noticias de esta índole: “La quinta ola inunda a los jóvenes”.

Dice un refrán anglosajón que los jóvenes, después de cierta edad, son más hijos de los tiempos que de los padres. Hijos de las modas, de la propaganda, de las pautas culturales impuestas por los intereses mercantiles. Víctimas sobre todo de sus incertidumbres.

Lo que no quiere decir que, en el caso de los festejos lúdicos, no sean responsables sin paliativos de sus actos, de sus imprudencias, comprometiendo su salud y la de quienes los rodean. Y no solo en tiempos de pandemia.

Sobre el fenómeno del botellón y su incidencia sanitaria y social, una delegada del Plan Nacional de Drogas señalaba hace ya unos veinte años que “tales concentraciones etílicas eran peligrosísimas”.

Desde entonces, el problema no hizo más que crecer, a pesar de estar prohibido y de las quejas de miles de ciudadanos que reclaman el derecho al descanso ante las ruidosas concentraciones juveniles.

Al respecto, en un libro de texto de tercero de la ESO (para adolescentes), publicado en 2008, se decía que “beber un poco hasta coger el punto es divertido y no es peligroso, y hay mucha información respecto al alcohol que tiende a exagerar”.

Ante las rotundas protestas de padres, sanitarios y nutricionistas que tildaron de “barbaridad” esta afirmación, el polémico párrafo sobre el alcohol fue suprimido.

Sin embargo, por parte de los gobiernos de turno, da igual de qué signo sean, se sigue halagando a los jóvenes como una forma de comprar su voto. De lo que se deriva una sensación de impunidad, especialmente cuando se trata de experiencias placenteras.

Por otra parte, haciendo una pirueta en el tiempo y en el espacio y refiriéndose a experiencias lúdicas de otro orden, cuenta Eugenio D’Ors en uno de sus libros como un grupo de jóvenes encabezados por el famoso químico Ampére se reunían asiduamente en una modesta posada de París para leer en voz alta un importante tratado de química. Lo hacían de madrugada, antes del trabajo de cada día.

Maravillado por su comportamiento, D’Ors exclama: “Santa juventud, dorada fiesta”. Y añade que “aquellos muchachos se embriagaban de ciencia con todo su ejército de pujanzas e ideales juveniles, como si se tratara de un licor ardiente y prohibido”. Aunque la anécdota se desarrolla en un ambiente social e intelectual minoritario, la conducta de estos jóvenes es más frecuente de lo que pueda parecer, incluso en nuestros días.

Volviendo a la actualidad, y más allá de sus preferencias festivas, es cierto que a los jóvenes se les dedican más promesas y halagos que soluciones. Y con precariedad no hay libertad posible. Un ejemplo: en España, solo uno de cuatro jóvenes menores de treinta años está en condiciones de emanciparse de sus padres. De cualquier modo, creo que también corresponde a los jóvenes implicados luchar por labrarse un futuro más promisorio.

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