Opinión | de lo nuestro Historias Heterodoxas
Ernesto BURGOS
Bandoleros de andar por casa
Bandas armadas atemorizaron a finales del siglo XIX y principios del XX las Cuencas: fue muy sonado el tiroteo en Mieres en enero de 1932
Resulta difícil saber cuándo se puso el punto final al bandolerismo en Asturias, aunque casi todos los historiadores consideran que fue en el momento de la truculenta muerte de Bernabé Ruenes a manos de un compañero de fechorías.
Efectivamente, Bernabé se hizo famoso en la larga posguerra franquista por sus atracos a mano armada en los concejos de Llanes, Ribadesella, Colunga, Villaviciosa, Piloña, Cabranes y Parres. Fue un bandido típico, sin más interés que su propio beneficio, que forjó su pequeña leyenda e inspiró en novelas y libros como “Víbora” y “Los bandoleros asturianos” de Héctor Vázquez Azpiri o “Bernabé el mito de un bandolero” de José Ramón Gómez Fouz e incluso alguna película de poco recorrido.
Pero en la Montaña Central industrializada hubo otros ladrones menos conocidos, que por sus características deben ser considerados como bandoleros. Por no ir muy atrás, la partida de La Cebosa, que atemorizó a los pueblos altos de los concejos mineros en los primeros años de la década de 1880, o Rufino Díaz “el Cucao”, temido en el valle del Nalón a finales del siglo XIX.
Y ya en el siglo XX Armando Suárez “el bandido de La Barraca”, autor de varios robos en los concejos de Gijón y Lena, entre ellos uno en las oficinas de La Cobertoria donde se hizo con 16.000 pesetas de la época, hasta que tuvo que ser reducido por 14 guardias civiles. También “Santiagón” de Peñerudes y sobre todo Constantino Turón, fallecido en 1933, e igualmente convertido en personaje literario gracias a las jugosas anécdotas que protagonizó en vida y que ya he contado en esta página alguna vez.
Lo habitual fue que los “fuera de la ley” actuasen en las aldeas y los caminos secundarios, porque el monte siempre ha sido mejor lugar para buscar cobijo y moverse con rapidez. Pero alguna vez también fueron protagonistas –a su pesar– de alguna acción en las zonas urbanas.
En la primera quincena del mes de enero de 1932 se multiplicaron los pequeños robos con nocturnidad en la comarca de Caudal poniendo en alerta a las autoridades, que por algunos detalles enseguida sospecharon que los autores podían ser gentes extrañas a la zona. En la noche del sábado 9 fue saqueada la peluquería del poblado de Bustiello haciendo que se redoblasen los esfuerzos para frenar aquella racha, porque en la lista de objetos que desaparecieron del local figuraban varias navajas de barbero, que puestas en malas manos podían convertirse en armas terribles. Por si fuese poco, al día siguiente un hombre apareció muerto de un tiro en Cenera.
Se trataba de Cándido Migoya Valdés, de 29 años y vecino de San Pelayo de Gallegos, que dejó viuda y tres hijos. Reconstruyendo los hechos se pudo saber que el desgraciado había vendido una vaca en el mercado de aquella mañana, después se había detenido con su padre en Valdecuna y luego, ya en solitario, volvió a parar en Cenera para tomar unos vasos de vino y comprar unas galletas en el establecimiento que regentaba José Prieto y ya a las once de la noche siguió ruta hasta su pueblo.
Las primeras informaciones aseguraron que al llegar al cruce donde se separa el camino de Gallegos le esperaban uno o más individuos que le dispararon un tiro en la cabeza, dejando abandonado al lado del cadáver un revólver Smith&Wesson calibre 38 con cuatro cápsulas cargadas y una vacía; también se supo que solo llevaba encima las galletas, tabaco y 1,20 pesetas. Todo indicaba que los asesinos buscaban el dinero que había ganado con la venta de vaca, sin embargo no se dejaron de lado otras posibilidades, pero la noticia del crimen se sumó a la alarma creada por lo de Bustiello y la policía presionó a todos sus confidentes para que buscasen en los bajos fondos locales alguna pista sobre estos hechos.
Seguramente la información llegó en respuesta a estas amenazas, aunque según la prensa todo se debió a un soplo que se recibió el martes en la inspección municipal contando que los delincuentes se escondían en una cuadra que el industrial Antonio Fernández tenía en la zona de La Guareña. Para comprobar si era cierto se esperó a la oscuridad de la noche y tres guardias municipales se dirigieron hasta aquel lugar que entonces no se alejaba mucho de las aguas del río Caudal, aún sin encauzar y crecidas por las nieves del invierno.
No obstante, lo que en principio debía ser una detención sencilla se complicó por la respuesta inesperada de los delincuentes que contestaron con sus armas a la orden de que saliesen a la calle. Los mierenses se vieron sorprendidos por un intenso tiroteo entre policías y bandidos, que se cerró con la detención de dos hombres, uno de ellos herido de bala, mientras que otros dos lograron perderse en la oscuridad.
Los capturados fueron conducidos primero a la inspección municipal y desde allí se trasladó al que estaba herido hasta la Casa de Socorro donde se pudo apreciar como una bala le había atravesado la cara de lado a lado. El infortunado dijo llamarse Ramón Lamelas y ser natural de Lugo aunque residente en el barrio de Requejo y una vez que recibió la primera cura, dada su gravedad fue llevado al Hospital provincial de la Cruz Roja. El otro detenido se llamaba José González Fernández y era un joven logroñés de 22 años sin domicilio fijo, que quedó a disposición del juzgado de la villa.
Al penetrar en la cuadra pudieron recogerse catorce navajas de afeitar, seis máquinas de cortar el pelo, peines, brochas y otros objetos procedentes del robo a la barbería de Bustiello, pero como cabía la posibilidad de que los huidos hubiesen dejado escondido algo más en su guarida y quisiesen regresar a por ello, se montó una discreta vigilancia hasta el día siguiente. Transcurrido ese tiempo, ante la evidencia de que ya no iban a retornar se procedió a un minucioso registro removiendo toda la hierba de aquella cuadra lo que dio como resultado el hallazgo de una escopeta del calibre 16 marca “Terrible” con diez cartuchos, diferentes botellas de sidra y cerveza, una de ron, botas, paraguas tabaco, prendas de vestir y un conjunto de herramientas preparadas para forzar cerraduras.
Los dos maleantes fugados no volvieron a la cuadra de La Guareña y para desesperación de la policía municipal en la misma noche del miércoles se produjo un nuevo robo en el establecimiento de don Antonio Arias en Valdecuna, donde tras violentar la puerta los cacos se dedicaron a lanzar productos por la ventana ocasionando más perdidas por los daños que por la mercancía substraída.
Siguiendo el rastro de estos sucesos por la prensa, encontramos una nota del 29 de enero con la noticia de la detención de tres hombres y una mujer como autores del robo cometido en el comercio de Valdecuna: se les ocuparon 32 billetes del Banco Español de la Isla de Cuba y seis pares de medias. Lo que no sabemos es si estaban relacionados con la banda de la barbería de Bustiello.
He dejado para el final a otro ratero curioso del que no conocemos su nombre pero sí su apodo: “el Pernales”, en memoria del famoso bandolero andaluz muerto por la guardia civil junto a un compañero en la Sierra de Alcaraz el 31 de agosto de 1907. Muchos años más tarde, en abril de 1934, nuestro Pernales se fugó de la cárcel de Oviedo en la que cumplía condena por delitos menores y volvió a delinquir en el valle del Nalón.
Sus víctimas fueron el concejal socialista “Pepín de Urbiés”, vecino de Tras el Cantu, y el industrial Armando Zapico, dueño de una sastrería que estaba cerca del antiguo Cinema de Ciaño. Primero se escondió en una cuadra que comunicaba por una puerta con la casa del concejal y esperó a que sus moradores estuviesen dormidos para pasar a la cocina y hacerse con siete latas de bonito, dos de sardinas y dos de anchoas, después se hizo con unas botas nuevas, propiedad de un obrero que la familia tenía allí como posadero, dos botas de vino y quince pesetas que había en un cajón.
Con tan exiguo botín, “el Pernales” se trasladó hasta Ciaño y prolongó su noche loca en la sastrería de Zapico. Allí robó cinco pantalones, un abrigo, una chaqueta y varias piezas de paño, y después, en el mejor estilo de lo que vemos ahora en nuestro siglo abrió las latas desparramando las sobras por el establecimiento y estropeó varios trajes antes de huir con uno puesto. Esta vez el maleducado ratero no tardó en ser detenido y volvió a su celda.
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