Opinión | de lo nuestro Historias Heterodoxas
Ernesto BURGOS
La visita de un príncipe infeliz
En 1925, el entonces heredero de la Corona, don Alfonso de Borbón, estuvo en las Cuencas y conoció a la brigada de salvamento minero
Su majestad Alfonso XIII tuvo doce hijos: uno con una amante francesa, dos con otra amante española, dos con sendas institutrices de sus hijos y siete con su esposa legítima Victoria Eugenia de Battenberg, de los cuales uno nació muerto. Entre los que sobrevivieron, Jaime se quedó sordo a los cuatro años y Gonzalo y Alfonso heredaron la hemofilia de su madre, una enfermedad que impide la coagulación de la sangre y que fue la causa de la muerte prematura de los dos.

La visita de un príncipe infeliz / Ernesto BURGOS
Don Alfonso de Borbón y Battenberg fue el primogénito y por lo tanto príncipe heredero: era alto, rubio, de piel blanca, ojos azules, pero con una existencia marcada por su padecimiento. Cuentan que pasó más de la mitad de su vida hospitalizado, siempre con dolores y de operación en operación, y se sabe que cuando España se volvió republicana y la familia Borbón hizo las maletas, el joven príncipe sufría una de sus crisis y tuvo que ser evacuado de palacio en camilla para iniciar así su viaje hacia el exilio parisino.
También se ha escrito que no tuvo descendencia porque tras una operación urológica había quedado impotente, aunque a juzgar por su dilatada vida amorosa parece más cierto que se tratase de una esterilidad, ya que tampoco se quedó corto en su lista de amantes ocasionales.
El pobre hombre renunció a la corona para casarse con Edelmira Sampedro, una cubana rica pero plebeya que prefería al enfermero y secretario de su marido antes que a él y solo aguantó a su lado dos años antes de poner tierra por medio. Aunque Alfonso la siguió hasta América para rehacer el matrimonio, no pudo ser y acabaron divorciándose. En 1937 tuvo un segundo matrimonio, con otra cubana modelo de alta costura, pero tampoco funcionó y apenas un año más tarde también rompieron. Desgraciadamente, estos desaires amorosos lo empujaron a una vida desordenada que llegó a su final el 6 de setiembre de 1938, cuando murió por una hemorragia interna en un hospital de Miami tras haber sufrido un accidente de circulación, que de no haber sido hemofílico hubiese superado sin problemas.
Siendo príncipe de Asturias, don Alfonso de Borbón no pudo evitar hacer una visita oficial a esta tierra. Fue en agosto de 1925 cuando recorrió la región desde Llanes hasta Luarca acompañado por el gobernador de Asturias general Francisco Zubillaga. Estuvo en Gijón, Oviedo, las principales villas del interior y de la costa y en las cuencas mineras se acercó a Langreo, Mieres y Turón.
El caso es que para leer la crónica de estos viajes no hay más que consultar la prensa regional de aquellos días, y por eso sorprenden los errores en fechas y lugares que se pueden ver en muchos artículos. El más llamativo se relaciona con el saludo a la Brigada de Salvamento, que se repite incluso en los textos en los que la propia Brigada recoge su historia, sin que se pueda saber –ni tampoco importa– de dónde salió el gazapo.
Lo que se dice es que don Alfonso de Borbón y Battenberg estuvo el día 28 en el pozo Fondón y allí, ataviado con mono y boina, descendió a la mina y después se fotografió con los brigadistas y directivos de Duro Felguera. Sin embargo, la realidad es que el encuentro se produjo el día 19 y fue en el pozo Sotón. Veamos como lo contó por ejemplo “La Voz de Asturias” al día siguiente de la visita.
Ocupando toda la portada, como lo requería la ocasión, aparece la descripción de la jornada bajo el titular “La estancia del Príncipe de Asturias. Visita el valle de Langreo entre demostraciones de entusiasmo”. Después de relatar la magna salida de Gijón, donde se alojaba, leemos la llegada a la estación de Sama, entre flores, aplausos de una multitud, niños de las escuelas públicas gritando vivas y músicos interpretando la Marcha Real. Allí lo esperaron las autoridades municipales presididas por el alcalde don Gil Rodríguez que lo acompañó en automóvil junto al conde de Grove, encabezando una caravana que pasó por el parque Dorado, engalanado con miles de banderitas y con una improvisada tribuna desde la cual las jóvenes más bellas de la localidad vitorearon a su Alteza –perdónenme la maldad– sin saber el riesgo que corrían.
Después de una breve recepción en el Ayuntamiento, la comitiva salió camino del Sotón y en el límite del concejo, el alcalde de Langreo cedió su puesto a su homólogo de San Martín del Rey Aurelio don Celestino Suárez. Ya en el pozo, echaron pie a tierra, se vistieron con ropa de trabajo y, tras conocer la sala de máquinas, bajaron hasta la capa “Lozanita”, de 90 centímetros de espesor en la que estuvieron una media hora viendo a los picadores y posaron para un fotógrafo madrileño. Después, el príncipe de Asturias salió a la superficie para recibir los aplausos del pueblo y volvió a bajar por segunda vez, en esta ocasión para ver una demostración de los brigadistas.
El periodista contó también que, vistiendo ya uniforme de marino, por medio de un botón eléctrico hizo explotar un barreno que él mismo había ayudado a perforar. También visitó aquella mañana la instalación eléctrica del Sotón, el magnífico hospital de Duro-Felguera, la escuela de Artes y Oficios y las instalaciones de la factoría, hasta que una lluvia torrencial obligó a alterar el programa, a pesar de que su majestad iba provisto de un fuerte impermeable.
Cuando amainó, aún tuvo tiempo para inaugurar la traída de aguas, un compromiso ineludible, porque no se podía dejar plantados a los marqueses de La Felguera, benefactores de la obra, quienes esperaban en una tribuna preparada frente a la primera fuente formada por cinco grifos, uno de los cuáles fue abierto por don Alfonso. Luego vino el lunch preparado en el salón de actos de La Montera y una vez concluidos los brindis retornó en el tren a Gijón, donde aquella noche tuvo tiempo para asistir a una función teatral en el teatro Dindurra.
Entonces, no quedan dudas para situar el encuentro con la Brigada de Salvamento el 19 de agosto de 1925 y en el pozo Sotón. Pero aún nos queda por corregir otro error habitual: también se ha escrito inexplicablemente que en el curso de aquella misma estancia don Alfonso visitó Mieres el día 24 y el 1 de septiembre volvió a conocer Hulleras de Turón, siendo acompañado en el pozo Santa Bárbara por don Rafael del Riego. De nuevo tenemos que recurrir a la hemeroteca para comprobar que las dos visitas se hicieron en una misma jornada, en la que también, como no podía ser de otra manera, la lluvia incesante quiso formar parte del cortejo del príncipe.
Fue el lunes 24 de agosto y en esta ocasión el tren especial partió desde Oviedo, porque allí había pasado la noche el ilustre visitante después de haber acudido en la tarde del domingo a la corrida de toros de la Asociación de la Prensa y a un festival en el teatro Campoamor que incluyó una comedia costumbrista de la compañía de Margarita Xirgu y un recital de folclore asturiano.
Estaba previsto iniciar aquella mañana conociendo las instalaciones de Hulleras de Turón, por lo que el convoy engalanado y aplaudido en todas las estaciones de su recorrido, hizo una parada inicial en Mieres, limitándose a escuchar por enésima vez la Marcha Real y a recoger al alcalde don José Sela; pasó por Ujo y se dirigió hasta Turón donde le estaban esperando don Rafael del Riego y don Francisco de la Brena, respectivamente director y subdirector de la empresa, con otras autoridades y multitud de vecinos. Con ellos vio en La Rabaldana la central eléctrica y el pabellón de aseo, pero a la hora de descender, como estaba previsto, al pozo Santa Bárbara, se excusó porque aquella mañana su estómago no estaba para aventuras.
Debido a la conjunción entre el mal tiempo de Asturias y el mal cuerpo de don Alfonso, en Mieres todo se limitó a un obligado paseo por las calles para llegar hasta el colegio de las Escuelas Cristianas donde se había preparado una comida en su honor. En cuanto se repuso un poco partió hacia Ablaña donde era ineludible acudir a una recepción ofrecida en la Gerencia de Fábrica, en la que le esperaban lo más granado de la aristocracia y la burguesía regional. Dice la crónica que todos degustaron allí un espléndido té servido por la casa Lhardy de Madrid mientras el Orfeón los deleitaba con bonitas partituras. Y digo yo, que para una visita tan fugaz, no hacía falta traer el té desde tan lejos.
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