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de lo nuestro Historias Heterodoxas

Gimnasia revolucionaria en La Felguera

La vinculación de un grupo anarquista del Nalón con un movimiento de lucha obrera orquestado en Cataluña, a finales del año 1932

Gimnasia revolucionaria en La Felguera

Gimnasia revolucionaria en La Felguera

El 1 de diciembre de 1932 un Pleno de Regionales de la CNT planteó la convocatoria de una huelga general para reclamar aumentos salariales en apoyo del sector ferroviario. Pero la mayor parte de las secciones sindicales consideraron que esa acción podía fracasar por falta de apoyo y se negaron a dar el paso. Sin embargo en Cataluña, donde coexistían diferentes tendencias dentro del anarquismo, un grupo encabezado por Juan García Oliver –miembro del mítico grupo “Los solidarios”– decidió seguir adelante no solo con la huelga sino con un plan más amplio de insurrección contra la República burguesa.

Gimnasia revolucionaria en La Felguera

Se trataba de poner en marcha lo que él llamaba “gimnasia revolucionaria” para proclamar el comunismo libertario y, para ello, se diseñó una estrategia con un rosario de acciones violentas en diferentes puntos del país. Debía culminar el día 8 de enero de 1933 en una insurrección obrera, con la esperanza de que la revuelta no tardaría en extenderse por toda España.

Hace unos años les conté con detalle como entre las siete de la tarde y las once de la noche del domingo 1 de enero de 1933 se hicieron explotar en La Felguera nada menos que 59 bombas en una cadena de atentados que causó gran alarma. Dos de los artefactos fueron arrojados desde un coche en marcha en la puerta de la casa de don Francisco Donate Franco, ingeniero de Duro Felguera y, poco después, fueron detenidos Alfonso García Domínguez, jornalero de 21 años, y Florentino Huerta Argüelles, de 18 años y del que no consta su profesión. No negaron su vinculación con los anarquistas catalanes.

Un día más tarde también fueron arrestados por los guardias de asalto los hermanos Aurelio y Manuel Bernaldo de Quirós Antuña, respectivamente jornalero, de 19 años, y ajustador, de 21, y Silverio Sánchez Iglesias, matarife de 20, y todos pasaron a la Cárcel Modelo. Como sucede a menudo cuando se revisan las hemerotecas de los años 30, los nombres de los implicados en este tipo de actuaciones varían de un periódico a otro. Yo mismo he identificado en otra ocasión a Alfonso García como Alfredo, así que confío en acertar con alguna de las dos versiones.

Además de la confesión de los propios implicados, todo indica que en La Felguera sí existía un grupo que tenía relación con el núcleo duro de la CNT barcelonesa y se preparaba para la acción directa y la “gimnasia revolucionaria”, como lo prueba la incautación de un pequeño depósito de armas en una cuadra de La Pomar: con tres bombas artesanales fabricadas con botes de conservas, listas para ser utilizadas; cuatro cartuchos de dinamita con sus mechas y fulminantes, que seguramente habían sacados de la mina El Molinucu; y seis kilos de trozos de hierro para ser empleados como metralla.

También las 59 explosiones del 1 de enero se acercan sospechosamente al número 60, que eran las bombas dispuestas en cada una de las cajas que la policía barcelonesa había encontrado preparadas en un almacén de la calle Mallorca para ser repartidas por toda España. Un gran alijo de mil artefactos que se disimulaba como envíos de vino o maquinaria, dentro de un plan bien organizado para que el llegaron a habilitarse talleres en pueblos cercanos a la capital catalana, donde se fundían los cascos metálicos destinados a contener los explosivos.

A la vez, no hay duda de que existió una coordinación con otros lugares, ya que el mismo día 1 se produjeron algaradas callejeras en Sevilla, pueblos de Lérida, y en Pedro Muñoz (Ciudad Real) donde tras asaltar el Ayuntamiento se proclamó el comunismo libertario.

Pero a pesar de las detenciones, el plan anarquista siguió adelante. En Barcelona, pocas horas después del descubrimiento del gran alijo se dio la noticia de que en el número 29 de la calle de los Milagros de la barriada de Sants también se habían encontrado 185 bombas en forma de piña, dos bombas grandes cilíndricas, dos bidones de oxígeno de los que se usaban para soladura autógena y otros utensilios para la fabricación de explosivos. Y el día 5 hubo más explosiones en La Felguera, que esta vez se repitieron en Gijón, e incluso atentados dirigidos directamente contra las personas.

La alarma fue tan grande que el gobernador militar hizo llegar hasta la cuenca del Nalón a 24 soldados de Ingenieros del Regimiento de Transportes de El Pardo para atender los destrozos en los postes del tendido eléctrico y 6 especialistas del Regimiento de Artillería de Segovia con su oficial para estudiar la procedencia de los explosivos, junto a un equipo especial de marineros de la Armada. Sin embargo, la CNT siempre negó su implicación en un complot nacional y en Asturias se asociaron las explosiones con la huelga que se registraba en el pozo El Fondón, culpando a la derecha y a los socialistas de crear una alarma inexistente.

Todavía en 1990 Ramón Álvarez Palomo, quien militó en sus últimos años en CGT, recogió en su biografía sobre el histórico José María Martínez, caído en la revolución de Asturias, varios artículos publicados por aquel en enero de 1933 culpando al diario socialista “Avance” de sensacionalismo por haber relacionado los sucesos de La Felguera y Gijón con la conspiración de Barcelona.

“Gijón ignoraba ese complot como ha ignorado otros muchos complots. Pero hemos de rendirnos a la extraordinaria perspicacia de los socialistas, que los descubren en competencia ruidosa con la policía española –escribió José María Martínez, para añadir con ironía– “Avance” conoce como nadie la madeja terrorista en el suelo hispano. Y, como nadie, sabe buscar la relación que guardan entre sí los sucesos trascendentales”.

Siguiendo con lo que sucedió en aquel enero de 1933, el día 4 fue trasladado a Oviedo otro implicado, el peón de 19 años Ramón García Rodríguez y la misma noche se disparó contra una pareja de guardias de asalto que vigilaba una línea eléctrica junto a un paso a nivel de la Felguera, resultando herido uno de ellos con un balazo en la pierna. También el día 6, mientras cuatro de los detenidos fueron exculpados por el juez, se detuvo en Valladolid al felguerino Desiderio Castañeda, reclamado por el juez por su autoría en los atentados con bomba

Sin embargo, cuando llegó el día 8, previsto para la insurrección, mientras en Madrid y Barcelona los sindicalistas intentaron asaltar varios cuarteles del Ejército y se multiplicaron los incidentes y los atentados por todo el país, en Asturias reinó la calma y el gobernador civil Alonso Mallol cerró la operación contra la supuesta organización terrorista en La Felguera. A la vez, 48 horas más tarde se dio por finalizada la huelga en El Fondón, con lo que las tropas regresaron a su acuartelamiento.

Pero aún faltaba un sangriento epílogo que tuvo por escenario la otra punta del país. En la madrugada del 11 de enero un grupo de campesinos anarquistas se levantó por su cuenta en el pueblo gaditano de Casas Viejas asaltando el pequeño cuartel de la Guardia Civil donde hirieron a dos guardias, que acabaron muriendo horas después. La represión fue terrible y el balance de víctimas se cerró con diecinueve hombres, dos mujeres, un niño y tres guardias muertos, más dos ancianos que fallecieron después por infarto.

La insurrección de enero de 1933 fracasó y el Comité Nacional de CNT, aunque no condenó los hechos, se desvinculó de sus organizadores asegurando que todo había sido planeado por un grupo aislado.

Y parece que fue así. En 1978 el mismo Juan García Oliver contó como el plan del 8 del enero “fue meticulosamente estudiado por los que integrábamos el Comité regional de Defensa de Cataluña, asignándose a cada uno de nosotros un cometido insurreccional” Según él, la preparación del plan de acción les llevó varios días y fue muy costosa porque la adquisición y traslado de los cilindros y sus cargas, más las granadas de mano y las pistolas que hubo que repartir, supusieron una fuerte inversión de dinero.

La figura de García Oliver y su “gimnasia revolucionaria” todavía se discute en el mundo libertario. Para unos fue una aventura que debilitó al sindicato, para otros todo lo contrario, ya que convirtió a la CNT en la primera fuerza obrera de España y preparó a sus militantes para lo que estaba por llegar en 1936. En el caso de La Felguera, donde la afiliación era muy numerosa, también encontramos defensores y detractores, pero este no es lugar para entrar en un debate teórico de ese calado. Se trata solamente de recordar que hay algunos capítulos de nuestra historia que trascienden con mucho el ámbito de lo local.

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