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de lo nuestro Historias Heterodoxas

Los mineros del Alcázar de Toledo

Trabajadores llegados desde las explotaciones asturianas excavaron bajo la fortaleza para colocar los explosivos utilizados en el asalto

El Alcázar de Toledo es una fortaleza situada en un lugar privilegiado y muy difícil de asaltar con armas convencionales. Por eso fue elegido en 1936 por el coronel José Moscardó para refugiarse en él junto a unos 1.200 hombres, de los cuales la mayoría eran guardias civiles que el teniente coronel Pedro Romero Basart había ido concentrando previamente en la ciudad y el resto soldados de la guarnición, jefes, oficiales, cadetes, falangistas y también miembros de otros partidos derechistas.

Con ellos 328 mujeres y 310 niños y, aunque se sigue negando por la propaganda franquista, un número indeterminado de rehenes, que en algún caso fueron fusilados en el propio Alcázar utilizando sus cadáveres para tapar los huecos producidos por la metralla. Los historiadores creen que su número estuvo entre los 50 y los 200 aunque alguna fuente eleva aún más esta cifra.

El asedio se prolongó dos meses, desde los primeros días de la sublevación en julio hasta finales de septiembre, cuando el Alcázar fue tomado por los militares alzados en armas contra la República, gracias a las características de la construcción y a la resistencia de los encerrados, que nunca dudaron de que iban a ser rescatados y dispusieron para su defensa de 700.000 cartuchos, llevados previamente desde la Fábrica de Armas de Toledo.

Para rendir la fortaleza se intentó primero el diálogo y, una vez rechazado, comenzó un incesante bombardeo de artillería que resultó inútil; entonces se pensó en otra solución, e incluso dos representantes franceses de una empresa de productos químicos llegaron a ofrecer el empleo de “gases de guerra” al gobierno de la República, que rechazó de plano esta posibilidad.

La resistencia del Alcázar no tardó en convertirse en un elemento de propaganda que el franquismo se encargó de popularizar, lo que forzó al Gobierno a poner fin a aquella situación como fuese. Para tomar una decisión definitiva se convocó un Consejo de Ministros extraordinario presidido por José Giral en el que el ministro de obras pública Julio Just propuso minar la fortaleza para colocar explosivos bajo sus cimientos. La idea gubernamental pasaba por una voladura total del edificio para que los milicianos pudiesen tomarlo por asalto fácilmente cuando los muros estuviesen derruidos.

Esta propuesta también fue debatida en una reunión de las organizaciones que componían el Frente Popular en la que Izquierda Republicana expuso su reticencia por considerar que la explosión suponía la destrucción de un elemento patrimonial de gran importancia, pero finalmente se decidió iniciar la perforación de inmediato, intentando convencer antes a los sitiados para que se rindiesen o al menos dejasen salir a las mujeres y los niños.

Una vez dada la orden se desplazó hasta Toledo el comandante de ingenieros José de Los Mozos para estudiar los detalles del trabajo sobre el terreno y tras consultar los planos propuso que se hiciese llegar hasta allí a los trabajadores más expertos en estos asuntos: los mineros asturianos. Así salió de nuestra tierra un grupo de voluntarios que antes de iniciar su labor manifestaron su opinión sobre la táctica más conveniente, que consistió en abrir dos galerías de unos setenta metros, una en dirección al torreón suroeste y la otra a la fachada oeste.

Sabemos poca cosa de aquellos mineros, únicamente su número –unos veinticinco– y también que pertenecían a CNT y UGT. Isabelo Herreros en su libro “Mitología de la cruzada de Franco. El Alcázar de Toledo” escribió que debido a la distinta militancia de los dos grupos se estableció entre ellos una competencia cuasi deportiva por ver quiénes avanzaban más; pero conociendo la idiosincrasia de nuestras cuencas mineras, pensamos que seguramente el origen de esta rivalidad amistosa pudo venir dado por que los anarcosindicalistas procedían de la Cuenca del Nalón y los socialistas de la del Caudal.

Lo cierto es que, a pesar de que trabajaron deprisa, el subsuelo granítico obligó a avanzar disparando barrenos y aún así los picadores tardaron un mes en alcanzar su objetivo mientras el ruido de la dinamita también puso en alerta a los sitiados que realizaron varias salidas infructuosas en busca de la entrada de la mina.

Al mismo tiempo, en el interior del Alcázar el teniente de ingenieros Luis Barber y el cabo de la Guardia Civil Cayetano Rodríguez Caridad que había sido minero pudieron ir calculando en los últimos días el avance de los túneles por la proximidad de las detonaciones.

Paralelamente, el día 8 de septiembre, el entonces comandante Vicente Rojo, que antiguo profesor en la Academia de Infantería y Caballería de Toledo de muchos de los encerrados, consiguió entrevistarse con el coronel Moscardó y fue llevado a su presencia con los ojos vendados para presentarle una propuesta de rendición o en su defecto de evacuación de las mujeres y los niños, que el militar sublevado rechazó de plano.

Después de él también lo intentó el canónigo de Madrid Enrique Vázquez Camarasa sin que su mediación tampoco produjese ningún resultado. Al sacerdote se le permitió decir una misa con la condición de que no hablase de la posibilidad de rendición ni de evacuar a nadie e incluso se le dejó bautizar a dos niños, uno de los cuáles era Restituto Valero, quien luego iba ser capitán paracaidista y sería procesado en 1976 por su pertenencia a la progresista Unión Militar Democrática. Por su parte, una vez concluida la guerra, el padre Camarasa fue perseguido y acusado de “cura rojo” y falleció en el exilio en 1946.

Finalmente, a las 6 y media de la mañana el día 18 de septiembre, con la presencia de Largo Caballero y numerosos periodistas, después del disparo de 36 granadas, se hicieron explotar las dos minas cargadas con aproximadamente 2.500 kilos de trilita cada una que derribaron con un gran estrépito el torreón suroeste, casi toda la fachada oeste y todas las casas de los frentes oeste y sur en su mitad derecha.

La labor de los mineros había sido un éxito, pero la de los estrategas republicanos fue un fracaso, puesto que, una vez pasados los primeros momentos, cuando pudo verse el gigantesco montón de ruinas se dio la orden de asalto en la que participaron unos 2.500 combatientes republicanos pertenecientes a cuatro columnas y en vez de hacer una victoriosa demostración ante las cámaras internacionales, quedaron diezmados por los defensores del Alcázar y tuvieron que retirarse.

Lo sucedido se debió a un fallo de estrategia que no tuvo en cuenta las consecuencias producidas por el enorme agujero de las explosiones ni por la caída de aquella enorme cantidad de escombros.

Nada más penetrar en el recinto el enorme cráter se convirtió en un pozo mortal en el que iban entrando los soldados encontrándose con que era casi imposible salir después, con lo que se transformaron en un objetivo perfecto para quienes disparaban desde posiciones más altas. Al mismo tiempo, los mandos vieron con impotencia cómo los vehículos blindados tampoco podían superar los montones de cascotes que reforzaban la defensa del interior. Entretanto, las tropas del bando “nacional”, mucho más numerosas, ya estaban en las afueras de Toledo con lo que pocos días más tarde se dio la orden de retirada.

En la madrugada del día 28 un tabor de regulares y una bandera de la legión penetraron en el Alcázar y al día siguiente se produjo esa escena que pasó a integrar la mitología del franquismo cuando el general Varela entró oficialmente en la fortaleza y fue recibido por Moscardó con esta frase que los mayores hemos leído cien veces en las viejas enciclopedias escolares: “Sin novedad en El Alcázar”.

A partir de ese momento el heroísmo dejó paso a la venganza y Toledo se convirtió en una ciudad bañada en sangre: según el libro de registro de su cementero municipal, solo en el mes de octubre se registraron 835 ejecuciones, entre ellas las de 20 mujeres, muchas embarazadas, que fueron sacadas de la Maternidad; también el Hospital de Tavera fue asaltado y más de cien heridos y enfermos republicanos que no habían podido ser evacuados fueron fusilados en sus camas. La lista de atrocidades y violaciones cometidas por los soldados llegados desde las plazas norteafricanas, que ya habían cometido la matanza de la plaza de toros de Badajoz fue tremenda.

Como era de esperar, la liberación del Alcázar se convirtió en la mejor de las propagandas para Francisco Franco, alimentada por el rodaje de la película “Sin novedad en el Alcázar” en 1940. Ese mismo año el dirigente nazi Heinrich Himmler fue invitado a visitar el lugar y manifestó su satisfacción por la valentía de aquellos defensores, entre los que había muchos que poco después se iban a incorporar a la División Azul.

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