Opinión | de lo nuestro Historias Heterodoxas
Ernesto BURGOS
Cuando el dinero solo fue papel mojado
El caos del sistema monetario que se produjo durante la guerra civil española y la emisión de los efímeros “belarminos” en Asturias
Ya se sabe que una guerra civil además de perversa es absurda: en muchos casos los vecinos, los amigos e incluso los hermanos se enfrentan hasta la muerte pensando que con su sangre están abonando un mundo mejor y dos generaciones más tarde la mayor parte de sus descendientes ni saben, ni les interesa saber, por qué se pelearon sus abuelos. En la última que vivimos en España el país se dividió en dos zonas y poco a poco una se fue comiendo a la otra hasta hacerla desaparecer literalmente del mapa, persiguiendo instituciones y símbolos, inutilizando normas e invalidando las disposiciones de los vencidos.
Cuando ya han pasado más de ocho décadas, hay cosas que nos siguen sorprendiendo. Podemos entender que la restauración del Estado monárquico haya implicado la desaparición de todo lo relacionado con la legalidad republicana, pero algunas circunstancias particulares nos llaman la atención, como el hecho de que cuando se produjo el canje de pesetas por euros el Banco de España solo aceptase los billetes posteriores a 1939 entendiendo que los emitidos por los perdedores durante la guerra eran solo papel mojado, sin tener en cuenta que muchas familias no tuvieron otra opción que emplearlos.
La contienda supuso que se bloqueasen las cuentas corrientes y los ahorradores no pudiesen retirar sus imposiciones bancarias. Los depósitos de las principales entidades financieras y las reservas de oro del país se quedaron en Madrid, la capital republicana, pero la falta de gestores hizo que la economía nacional quedase en manos del Ministerio de Hacienda y por una desgraciada operación política que se ha contado cien veces acabaron en el lugar equivocado, lejos de España, perdiendo así la oportunidad de que esa riqueza fuese aprovechada para cambiar el curso de la guerra.
Por su parte, los golpistas establecieron su capital en Burgos y crearon el llamado Comité Nacional de la Banca Española que emitió sus propios billetes y supo articular una nueva estructura económica a medida que los recursos de los vencidos iban pasando a sus manos.

Cuando el dinero solo fue papel mojado / Ernesto BURGOS
En la zona republicana también hubo que acuñar monedas e imprimir nuevos billetes, aunque en este caso, como el territorio estuvo muy dividido y las comunicaciones eran difíciles, fueron muchas las instituciones, incluyendo pequeños municipios, que tuvieron que apañárselas por su cuenta, hasta el punto de que a veces el dinero tomó la forma de un trozo de cartón con el cuño de su ayuntamiento.
En nuestra región, la autoridad fue asumida desde el 6 de septiembre de 1936 por el Consejo Interprovincial de Asturias y León, que puso en circulación dos meses más tarde talones contra la cuenta que tenía el Banco de España en Gijón. Oficialmente se denominaron bonos y la intención era cambiarlos por los billetes emitidos con anterioridad al 18 de julio del 36 cuando concluyesen las hostilidades.
El 14 de enero de 1937, para poner un poco de orden, el Ministerio de Hacienda prohibió que se siguiesen emitiendo más talones en el ámbito territorial que seguía bajo su control, por lo que ante la evidencia de que no iban a llegar más fondos desde Madrid, los bonos asturianos fueron resellados en marzo. El Consejo Interprovincial de Asturias y León emitió moneda fraccionaria y billetes de 5, 10, 25, 50 y 100 pesetas, que iban cruzados por una banda de diferente color según su valor y fueron validados por 28 firmas diferentes, entre ellas las de políticos y empleados del Banco Español de Crédito, Banco de Gijón, Banco Minero Industrial y Banco de Bilbao.
Pocos meses más tarde, ante la sorpresa del Gobierno republicano, el 24 de agosto de 1937 la autoridad regional tomó por su cuenta la decisión de declararse soberana y asumir todas las competencias sobre su territorio. Entonces cambió su nombre por el de Consejo Soberano de Asturias y León, asumió el mando de las milicias, publicó edictos y dictó normas como el cierre de cafés, restaurantes, bares y tabernas, con toque de queda a las diez de la noche, prohibiendo los aparatos de radio y el traslado por carretera sin autorización.
Aunque lo más llamativo fueron las decisiones de dirigirse por su cuenta a la Sociedad de Naciones y las emisiones de sellos y billetes propios contra las cuentas del Banco de España, que pronto se bautizaron como “belarminos” porque llevaban la firma de su flamante presidente Belarmino Tomás.
Nunca he comprendido a que obedeció esta decisión de contradecir la prohibición estatal, que se tomó en el mes de septiembre a pesar de que Santander ya había caído en manos del enemigo y todos sabían que la derrota de Asturias también era inminente, aunque prefiero suponer que no se imprimieron pensando en poder canjearlos en el exilio.
Lógicamente, este fue el dinero más efímero de la historia: las emisiones se componían de tres billetes, de 25, 50 y 100 pesetas, pero quedaron a medias y solo llegaron a ponerse en circulación los de 100 pesetas, que tuvieron validez desde el 7 de octubre hasta el 21 del mismo mes, cuando Gijón fue tomado por las tropas sublevadas.
Cuando llegó la paz, los “belarminos” no solo perdieron su valor sino que se convirtieron en un problema porque su exhibición y tenencia se interpretaban como una señal de simpatía con los republicanos y por eso muchas familias se deshicieron de ellos y los más inocentes los guardaron esperando que una intervención extranjera volviera a al país a los “tiempos normales” y los billetes asturianos recuperasen su valor.
Además, este caos monetario produjo otros problemas que afectaron a todos los que habían alguna relación con la actividad bancaria. En la colección del experto filatélico Joaquín García González, a la que ya nos hemos referido en otras ocasiones, figura una curiosa carta que refleja uno de estos casos y les resumo a continuación.
Está fechada el 8 de julio de 1938, cuando ya hacía meses que Asturias estaba en poder de los franquistas y se depuraban las responsabilidades por las actuaciones anteriores a su victoria, pero desconocemos el nombre de su autor, porque no figura en ella, aunque sabemos que era el director de la sucursal del Banco Herrero en Mieres en el inicio de la guerra.
El hombre había recibido una notificación para que justificase por qué había seguido cobrado su salario en los meses de agosto, septiembre y octubre de 1936 cuando la entidad financiera estaba en manos del comité rojo y aclaraba que no era así porque “mientras estuve en la zona roja nada trabajé ni a nadie obedecí” y además le habían sustituido porque no era afecto a su causa y al ser requerido había manifestado que no estaba dispuesto a trabajar sin orden de sus superiores.
Según explicaba, cuando todo comenzó, su actividad se había limitado a entrar por la noche en tres ocasiones en la sucursal, con riesgo de su vida, para extraer de la caja los fondos existentes y salvar la documentación más interesante que puso a buen recaudo en su casa. Pero a continuación en la carta agregó algunos datos que resultan contradictorios: el 28 de enero de 1937 había dejado una nota en la dirección central del banco, en Oviedo, aclarando que aunque sabía que la Caja Central de Depósitos de Gijón había pagado a los empleados de Mieres las nóminas de esos tres meses en “belarminos”, él y un tal Segura –otro cargo de su sucursal– no llegaron a percibir nada.
Aunque a renglón seguido admitió que a su casa sí se habían enviado 2.000 pesetas, pero que no llegó a verlas porque cuando esto sucedió estaba “en León o en Oviedo”. Seguramente el miedo hizo que nuestro banquero no cayese en la cuenta de que la circulación entre Mieres y Oviedo había estado interrumpida hasta el final de la guerra.
También añadió en su escrito que por culpa de su simpatía por el Alzamiento, a los suyos se les había privado del carné de abastecimiento y además les incautaron 28.000 pesetas de un comercio que había abierto para mantener a cuatro sobrinos huérfanos sin recibir ninguna indemnización, por lo que para no morirse de hambre tuvo que pordiosear entre los amigos. No pensó que al narrar las penurias sufridas por su familia iba a resultar extraña la afirmación de que había preferido defender los intereses del banco a evitar la miseria de sus hijos y aún tenía en su poder las 20.000 pesetas sacadas de la sucursal que ahora ponía a disposición de la autoridad competente.
Es una pena que no conozcamos el nombre del honrado banquero para poder seguir su rastro y conocer cómo concluyó su historia. Aunque nos tememos que no haya tenido un final feliz.
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