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Opinión | de lo nuestro Historias heterodoxas

Ernesto BURGOS

Los monasterios de la Edad Oscura

Las dificultades para hallar información sobre los cenobios de los siglos VIII y IX en la comarca, que solían ser fundaciones de familias ricas

Cuando hablamos de monarquía asturiana nos referimos al periodo comprendido entre los años 718 y 910, aunque siempre teniendo en cuenta que debemos tomar con precaución la primera fecha porque es la que señala la coronación de Pelayo como rey poco antes de la batalla de Covadonga, con todas las dudas que estos acontecimientos siguen planteando. Sin embargo, la segunda sí es segura, ya que los historiadores no tienen dudas al señalar que el monarca Alfonso III falleció en diciembre de ese año y tras su muerte su hijo García I trasladó la corte a León poniendo fin a este periodo de nuestra historia.

Tras este hecho llegó un tiempo muy intenso para la Montaña Central, que se convirtió en un lugar estratégico por el que hicieron sus viajes de ida y vuelta los rebeldes que por diferentes motivos intentaron derrocar desde Asturias a los reyes leoneses, como Alfonso Froilaz y sus hermanos contra Ramiro II; Ordoño IV “El Malo” contra Sancho I; el noble Analso Garvixio y más tarde Félix Agelaci contra Alfonso V.

A la vez, los monasterios se multiplicaron en estos años a uno y otro lado de la cordillera Cantábrica. Los hubo tanto en la vertiente leonesa como en la asturiana y su razón de ser debe buscarse en el hecho de que estos establecimientos contribuían a asentar población y fortalecer la fe cristiana en este territorio cuya importancia estratégica fue creciendo a medida que las repoblaciones iban tomando cuerpo.

Habrán visto en el título de esta crónica que me refiero a la época como Edad Oscura, y lo hago de manera poco académica porque se suele llamar así solo a los años de la dominación visigoda, pero es que considero que aunque los estudios sobre la monarquía asturiana son cada vez más abundantes y en algunos casos dignos de encomio, la escasez de fuentes y la falta de fiabilidad de las que existen, hacen que aún existan enormes lagunas, sobre todo en lo referente a la vida cotidiana, que aumentan según nos vamos alejando de Oviedo y nos acercamos a la historia local de los otros concejos asturianos.

Los monasterios de la Edad Oscura

Los monasterios de la Edad Oscura / Ernesto BURGOS

Si nos detenemos únicamente en las investigaciones sobre los monasterios, debemos aplaudir los trabajos que se han escrito sobre la zona que comprende actualmente el concejo de Lena. Especialmente Elena Díaz Palacios, quien ha tratado las formas de adquisición de la propiedad en estos establecimientos e Isabel Torrente Fernández, ocupándose a su vez de las relaciones sociales y los sistemas de poder en los mismos.

Gracias a ellas conocemos la existencia de los monasterios de San Antolín de Sotiello; Santa María de Parana; Santa Eulalia de Camellas; Santa Eugenia de Moreda; y especialmente el de Santa Eulalia de Herías, que era el más rico de todos, aunque incluso en este caso la información tampoco es muy abundante y se limita a documentos sobre propiedades, donaciones, o cuestiones económicas, pero sin entrar en detalles sobre el día a día de estos recintos.

Con todo, como verán, las dudas siguen siendo muchas. Por ejemplo hay otro establecimiento del que desconocemos incluso su advocación, pero sabemos que estaba situado entre Naveo y el camino a Congostinas y regido por una abadesa llamada Provitia.

Y tampoco podemos estar conformes con iniciar el listado de monasterios lenenses –como siempre suele hacerse– con uno dedicado a San Pedro y San Pablo, basándonos en que estos nombres aparecen en el cancel datado en el siglo VI o VII que se reutilizó en Santa Cristina de Lena y ahora puede verse separando el altar de la zona reservada a los fieles. No podemos ignorar que si bien en este templo se aprovecharon materiales de la cercana villa romana de Memorana, en el caso de esta fantástica pieza, dada su belleza y su facilidad para ser transportada, nadie puede asegurar que no fuese traída de otra zona de Asturias para dar realce a esta construcción vinculada al propio monarca.

Por si fuera poco, la falta de restos arqueológicos hace que también desconozcamos la ubicación exacta de algunos monasterios. Por ejemplo, el de Santa Eugenia de Moreda, que a pesar de este nombre no pertenece al concejo de Aller, ya que los documentos le sitúan al lado del río Huerna y según el medievalista Francisco Javier Fernández Conde debe identificarse con Santa Eugenia de Tiós.

Tampoco se sabe dónde estaba el de Santa Eulalia de Camellas –o Kamellas-, que aparece en dos documentos de los años 981 y 988 como un cenobio femenino en el que las monjas se dedicaban al estudio de la regla monástica, a la oración y al socorro de pobres y peregrinos. Consta que junto a él estaba una iglesia dedicada a los Santos Julián y Basilisa y que tenía varias posesiones en torno a la misma Santa Cristina, por lo que también se ha apuntado la posibilidad de relacionarla con la construcción prerrománica. Aunque lo cierto es que en Lena no existe ningún topónimo parecido y el más próximo se encuentra 14 kilómetros al norte en la aldea mierense de Cimielles, cerca de la Peña.

Pero esto no quiere decir nada y desgraciadamente, al contrario de lo que ocurre con Lena, la documentación que se conserva sobre lo que ocurrió en esta época en tierras de Mieres es mucho más escasa. Lo desconocemos todo sobre los monasterios que probablemente precedieron a las iglesias de Santa Eulalia en Ujo y San Justo y San Pastor en la cabecera del valle de Turón. Y tampoco podemos seguir la pista a las tumbas aparecidas en los prados de “Los Santandreses”, bajo Paxío, o al lado de los Mártires de Cuna, o confirmar la antiquísima tradición de la fundación de Gallegos por unos monjes con este origen.

Y lo mismo ocurre con el concejo de Aller, en el que también abundan las señales materiales sobre antiguos monasterios, por ejemplo en Villanueva, donde apareció la lápida dedicada a Braulión, uno de los lugares de la Montaña Central en el que se hace imprescindible realizar una investigación seria y en el que por la coincidencia con el nombre algunos han situado el de Santa Eugenia de Moreda, al que nos referimos más arriba.

De manera que, al margen de su origen y economía es muy poco lo que podemos conocer con seguridad sobre el desarrollo de estos cenobios que solían ser fundaciones de familias ricas y luego se iban enriqueciendo con donaciones de tierras, ganados y otros bienes porque esto aumentaba su prestigio. Siempre estaban situados en puntos que les proporcionasen el aislamiento necesario para la clausura, pero a la vez les permitieran comunicarse con los pueblos cercanos y especialmente con la sede de la diócesis ovetense.

A la fuerza tuvieron que ser pequeños y no debemos imaginar que dispusieran de grandes estructuras. Carecían de claustro y se limitaban a los dormitorios de los monjes o monjas y a un par de habitaciones de mayor tamaño que hacían las funciones de sala capitular, refectorio, biblioteca o escritorio; tal vez contaban también con una pequeña farmacia y como es lógico disponían de un pequeño cementerio.

Igualmente es probable que no tuviesen más muros que los que servían para delimitar el recinto y por la toponimia es seguro que estaban rodeados de tierras de labor, huertas y viñas para autoabastecerse, aunque recibían carne y otras viandas de los aldeanos que trabajaban sus posesiones y aprovechaban sus pastos. Y no necesitaban de mucho más, puesto que su vida era muy austera, si acaso leña para cocinar y calentarse en el invierno y lana para confeccionar su sencillo hábito que se completaba con una capa con capucha.

Hasta mediados del siglo XI fue muy frecuente que las comunidades mantuviesen la duplicidad entre hombres y mujeres y entre ellos tampoco era raro el parentesco, ya que conocemos numerosos casos de esposos o hermanos que asumieron juntos la vida monástica, pero aunque todos estaban bajo la autoridad del mismo abad o la misma abadesa, las dos comunidades se mantenían aisladas para evitar las tentaciones del sexo, ya que la castidad era uno de los votos que todos se comprometían a cumplir.

En cuanto a las normas que regían su vida, parece que los monasterios próximos, debido a que tenían unas necesidades similares, se fueron dotando de pautas comunes que variaban muy poco pero se adaptaban más a su propia realidad que las que se redactaron en otras partes para comunidades monásticas de mayor entidad, hasta que Alfonso III también impulsó aquí la regla de San Benito de Nursia, que estaba siendo adoptada por todo el mundo cristiano.

De cualquier forma, verán que, a falta de excavaciones arqueológicas, no podemos ir más lejos.

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