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Ernesto Burgos

de lo nuestro Historias Heterodoxas

Ernesto Burgos

Historiador

Mingo García, un lagarero en Madrid

El hostelero asturiano triunfó en la capital tras comenzar desde abajo

Mi amigo Miguel Ángel Infanzón me habla de una curiosidad que ha encontrado mientras buscaba cosas del concejo de Lena en las hemerotecas. Se trata de un artículo que publicó el poeta Alfonso Camín el día 10 de enero de 1928 el diario madrileño “La Libertad” resumiendo la vida del lagarero Domingo García González “Mingo”, quien regentaba entonces un restaurante asturiano de moda en Madrid. Este establecimiento fue el primero que contó con su propio lagar en la capital de España y, como sabemos que Mingo pasó parte de su juventud en Mieres, creo que está bien que conozcamos su historia.

Domingo García fue un hombre emprendedor que después de varios intentos consiguió asegurar su vida y el porvenir de su familia. Nació en 1860 en la aldea de Siones, a seis kilómetros de Caces, y allí transcurrió su niñez y pudo conocer en su primera juventud a la que sería su mujer, Dolores García. Triunfó en Madrid, pero antes tuvo que trabajar desde abajo en el mundo de la hostelería y cuando reunió lo suficiente intentó hacer fortuna en Cuba.

Yendo por partes, tuvo su primer empleo como camarero en el Café Español de Oviedo, un lugar en el que pudo conocer a personajes de la cultura asturiana de la época, como el político Melquiades Álvarez, el periodista Tomás Tuero o el novelista Armando Palacio Valdés y su hermano Atanasio, menos famoso, pero que llegó a ser gobernador civil de Orense, y al parecer era más cafetero que el escritor lavianés. Luego abrió su propio local en el que habilitó un redondel para peleas de gallos; lo que Camín, que ya había estado en Cuba, denominó en su artículo empleando la terminología isleña como una “valla” de gallos”.

El poeta también reseñó que Mingo habilitó más tarde un salón de esgrima donde enseñaba una estocada asturiana que había aprendido entre vaso y vaso de sidra “con un amigo suyo de Noreña, maestro consumado en capar gochos”. Una historia que seguramente le gustaba especialmente al juglar gijonés porque cuadraba con su carácter de hombre amante de la bohemia y con fama de no rehusar ningún lance. De hecho, su vida había cambiado tras una reyerta de adolescencia en la que su navaja había sido más rápida que la de un adulto al que conocían como “el Rata”, por lo que sus padres para evitar una previsible venganza decidieron pagarle el pasaje a Cuba.

Alfonso Camín llegó a la isla por primera vez en 1905 y allí estuvo hasta 1914 antes de retornar a España; tiempo suficiente para conocer la anécdota que aún se recordaba entre los asturianos emigrados, protagonizada por Mingo quien había seguido sus pasos en 1893 embarcado con trece pipas de sidra que no tardó en vender a buen precio. Pero la nostalgia pudo más y el empresario sidrero, que según el poeta había tenido por maestro a Ramón de la Xunca, de Perlora, tío de un tal “Cagarreales”, también retornó para establecerse en Mieres donde compaginó su trabajo como conserje del Casino local con la apertura de una pequeña fábrica de gaseosas en La Pasera.

Desde Mieres fue buscando otros mercados por distintos puntos de Asturias hasta que decidió intentar la aventura madrileña. En 1910 se plantó en la capital con tres vagones de manzana -y es de suponer que ya también con un lagar- y abrió una sidrería en el nº 29 de la calle de Echegaray entre la carrera de San Jerónimo y Huertas, en el actual barrio de Las Letras. Manuel Cabriffosse Cuesta en su libro “Patria de sidra”, editado lujosamente en 2019 por el Ayuntamiento de Gijón, cuenta que su éxito fue tal que en el primer año ya pudo despachar 14 pipas de sidra.

En julio de 1915 registró la marca de sidra champanizada “La Polesa”, que según rezaba en su etiqueta era criada y elaborada en Gijón, y en octubre del mismo año ya movía desde Asturias 90.000 litros de bebida por lo que pudo conseguir que la Compañía de los Ferrocarriles del Norte le hiciese una tarifa rebajada.

A partir de la documentación conservada en el Museu del Pueblu d’Asturies, Cabriffosse ha obtenido algunos detalles curiosos como el de saber que Mingo servía en su establecimiento además de sidra natural y sidra achampanada, otros productos asturianos, como las propias manzanas, jamones, lacón, chorizo, morcilla, fabes, truchas o queso de cabrales que hacía llegar hasta Madrid semanalmente.

Sin embargo, la verdadera novedad que aportó Mingo a la restauración de Madrid fue la puesta en funcionamiento de su lagar abastecido con la manzana que él mismo compraba en Asturias. Así, no tardó en sanear sus cuentas y en cuanto la economía lo permitió se hizo con un local que ya venía funcionando como punto de reunión de los asturianos desplazados en la capital.

Había sido un almacén de materiales desocupado de la Estación del Norte en el que los trabajadores del ferrocarril, que en no pocos casos ya se conocían desde la apertura del trazado viario del puerto de Pajares, decidieron habilitar un chigre en 1888. Un lugar emplazado en las orillas del río Manzanares, cerca de ermita de San Antonio de La Florida, elegido por muchos madrileños para merendar al aire libre y en el que tampoco eran raras las celebraciones de fiestas y verbenas campestres.

Según Camín, Mingo se trasladó allí en 1914; aunque Cabriffosse ha encontrado un anuncio de 1927 en el figuran las dos direcciones, lo que indica que también mantuvo abierto el local de la calle Echegaray por lo menos hasta ese año.

Por mi parte yo también he visto en un ejemplar de la revista “La Maniega” editada por la Sociedad Canguesa de Amigos del País fechado en febrero de 1930 un recuadro publicitario de la sidrería asturiana Casa Mingo donde se ofrecía como fabricante de sidra “La Polesa” natural y achampanada, “reconocida como la mejor de España, siendo la más aceptada por el público”, anunciando también que “se hacen fabadas de encargo al estilo del país”.

En esta publicidad aseguraba que su casa era la que más manzana exportaba de Asturias y la que expendía los mejores productos de “la tierrina” e incluía como dirección San Antonio de la Florida, 2 y 15 con sucursal en Tres Cruces 1, por lo que podemos añadir un tercer establecimiento a los que Mingo llegó a abrir en Madrid.

El próspero lagarero enviudó en 1922. Como he señalado, la reseña de Alfonso Camín con la que se abre esta historia está fechada en 1928. Entonces ya tenía nietos y biznietos y aunque su primera intención fue dejar al frente del negocio a uno de sus hijos, Camín explicó que no pudo ser porque este “dio en poeta y ha pasado la mocedad en la aventura lírica y romántica de rayar el pizarrón del cielo con largas tizas de estrellas”. Así que el control del negocio pasó a su nieto político Cándido Barettino, natural de Caborana, y “laborioso como el pájaro carpintero”.

Parece que Camín no se equivocó en su apreciación, puesto que la revista “Norte” informaba en 1936, poco antes de la guerra civil, que Mingo había vuelto a abrir el establecimiento de la calle Echegaray y también colocaba al frente del establecimiento a Cándido Barettino. Y es que el poeta gijonés siguió de cerca las peripecias de nuestro sidrero y en ocasiones las contó a su manera, como hizo tras el descarrilamiento del tren en el que este se dirigía a Asturias como cada temporada en busca de la manzana: “dio tres vueltas en el vagón como la bola de lotería en el vientre del bombo, pero él salió ileso”.

Alfonso Camín dedicó al sidrero asturiano su poema “Habla el rey de los sidreros” a finales de 1929. En sus versos a Mingo García como “el rey de la manzana, desde Mieres del Camino hasta la Corte de España”, aunque unos meses más tarde no dudó en criticarlo –eso sí, bajo pseudónimo– por haber incluido en su oferta de productos el chacolí vasco, que venía romper la armonía del pequeño santuario asturiano en la capital.

Actualmente el restaurante Casa Mingo sigue presentando un menú que tiene como divisas el pollo asado y la sidra y mantiene el ambiente de siempre, con vigas de madera, viejas pipotas y cientos de botellas que enmarcan unos comedores que ya han servido como escenario para varias películas. En sus mesas conviven los asturianos que mantienen en el local uno de sus referentes con las familias madrileñas atraídas y los turistas de todas las nacionalidades que buscan la originalidad de su decoración. Allí tenemos también los mierenses un trocito de nuestra historia.

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