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Carlos Cuesta

A contracorriente

Carlos Cuesta

Azaña y la generación de Laviana

Los docentes originarios del concejo del Nalón que formaron al político y escritor en su etapa como bachiller

Dedicado a Esteban Rodríguez-España Arrieta.

Manuel Azaña fue presidente de la República Española entre 1936 y 1939. Un político culto, patriota y defensor a ultranza de los valores democráticos. Y su base intelectual la fraguó en el colegio de los Agustinos en San Lorenzo de El Escorial en Madrid. En este centro académico pasó interno ocho años de bachiller siendo uno de los alumnos más brillantes. Y este colegio de prestigio estaba de rector Fray Francisco Javier Gorgonio Valdés Noriega, conocido como el Padre Valdés. Un agustino de altura eclesiástica y teológica natural de Pola de Laviana.

En el colegio estaban otros docentes de la misma localidad como Fray Graciano Martínez, su hermano Faustino y el padre Aquilino García. Ahí residía la generación de Laviana como se comentaba en ese colegio de segunda enseñanza. Y en estos años de últimos del siglo XIX, el joven Azaña mantuvo una relación directa con el padre Valdés en muchas tardes otoñales del viejo jardín en el internado colegial. Según Azaña, el agustino lavianés era el más inteligente de toda la comunidad. Un cura rígido con poca sonrisa, pero afable en sus modales y un enseñante modelo. El Padre Valdés le orientaba por los clásicos como Cervantes o Quevedo y también acudía a los realistas como Pereda o Palacio Valdés.

La base cristiana y solidaria del adolescente Azaña la adquirió con los consejos directos y afectos del agustino de Laviana. En ese tiempo de la pedagogía fijada en la leyenda: la letra con sangre entra, el padre Valdés seguía por otros derroteros más benévolos y sensatos. Lo mismo que Fray Graciano Martínez que actuaba de preceptor colegial y solo buscaba el buen conocimiento, la educación y el esfuerzo intrínseco del estudio de sus discípulos. A buen seguro que ambos curas lavianenses le contarían al locuaz y vivo discente del alcalaíno Azaña las historias y las creencias populares del valle de Laviana y en lógica en esas clases de literatura leyendo “La Aldea Perdida”. Azaña siempre recordó a aquellos frailes del bachiller especialmente al padre Valdés y a Fray Graciano Martínez. Su didáctica, sus enseñanzas humanísticas, la formación de los valores existenciales, cuestiones básicas para un joven con proyección.

Azaña en su convulsa presidencia partió hacia Francia atenazado por la infausta guerra civil y en su morral de remembranzas las orientaciones de los frailes asturianos dejaron huella indeleble. El padre Valdés alcanzó más tarde el obispado de Jaca y Salamanca y fue el gran proponente para que el Ayuntamiento de Laviana alcanzara el título de excelentísimo. Su óptima relación con el Rey Alfonso XIII así lo demostraron. Corría el año de 1903.

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