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Ernesto Burgos

de lo nuestro Historias Heterodoxas

Ernesto Burgos

Historiador

Adelophthalmus asturica, el fósil de Ablaña

El paleontólogo Bermudo Meléndez y su hallazgo de hace más de 300 millones de años que mostró en numerosos congresos internacionales

En diciembre de 2007 –hace ya catorce años- publiqué una Historia Heterodoxa titulándola “El escorpión de Ablaña”. Me refería al hallazgo del fósil de un euriptérido en la escombrera de una antigua mina de carbón, próxima a la localidad leonesa de Garaño: un animal muy similar a los escorpiones marinos, al que un equipo de paleontólogos había atribuido una antigüedad aproximada de 300 millones de años, lo que lo convertía en el más antiguo de España.

Lo que yo contaba es que en Ablaña también se había encontrado en la década de los años 60 otro de la misma importancia, aunque en Mieres este asunto era completamente desconocido. Aunque con la poca información que pude encontrar entonces, me limité a hacer constar esta circunstancia rellenando la página con generalidades, sin aportar ningún dato concreto sobre la pieza. Afortunadamente, en esta última década la informática ha dado pasos de gigante y ahora se puede acceder a archivos y hemerotecas que me permiten actualizar algunos de los textos que escribí hace ya tanto tiempo. Son las ventajas de ser mayor, así que les voy a contar lo que he encontrado sobre este ejemplar, empezando por la identidad de su descubridor y los pormenores de su descubrimiento.

Lo dio a conocer el paleontólogo Bermudo Meléndez, un profesor incansable que recorrió España durante décadas, buscando fósiles con los que poder dibujar el escenario de nuestro pasado más remoto. Había nacido el 21 de enero de 1921 en Palencia, donde su padre se encontraba trabajando como ingeniero técnico de Obras Públicas, algo que en aquellos años implicaba una movilidad constante debido a la gran cantidad de carreteras que se estaban construyendo por todo el país.

De modo que tuvo una niñez itinerante, viviendo en Ávila y Santander hasta que la familia recaló en Madrid. Allí cursó sus estudios secundarios e inició los de Ingeniería, pero aquella no era su verdadera vocación y se decidió por la carrera de Ciencias Naturales, finalizándola con un magnífico expediente que le permitió realizar su doctorado en Paleontología en 1942 con el objetivo de dedicarse a esta especialidad que aún estaba en mantillas en nuestro país.

Preparando su tesis recorrió a pie varias zonas de la Península y se acercó hasta Asturias para estudiar los materiales de nuestro litoral y reconocer parte de la Cordillera Cantábrica, donde pudo caracterizar y estudiar los afloramientos del Cámbrico que le sorprendieron por su riqueza. Desde entonces el estudio de los minerales y fósiles de nuestra región iba a ser una prioridad que mantuvo toda su vida. Además, el destino le hizo conocer a Isabel Hevia, una estudiante asturiana que era alumna suya y con la que se casó en 1943. Ella fue también una mujer excepcional que compartió las investigaciones de su marido y tuvo con él nada menos que diez hijos.

En aquel momento el joven paleontólogo aún era profesor auxiliar y se vio obligado a completar su escaso sueldo dando clases particulares, pero al año siguiente ya obtuvo por oposición la cátedra de Geología en la Universidad de Granada y en 1949, también por oposición, la de Paleontología en Madrid, una plaza que iba a ocupar hasta su jubilación en 1982.

En 1967 Bermudo Meléndez ya tenía en su haber 214 trabajos científicos, incluyendo notas científicas, colaboraciones en volúmenes y capítulos, tratados y manuales paleontológicos, memorias de hojas geológicas y toda clase de artículos de divulgación. Ese año se publicó la primera edición de su manual de Geología, en colaboración con José María Fúster, una obra que junto sus estudios sobre Paleontología, ha sido fundamental desde entonces para la enseñanza de estas ciencias en las universidades españolas.

En la España franquista, llena de prejuicios, Bermudo Meléndez e Isabel Hevia formaron una pareja original que llamaba la atención recorriendo las cuencas mineras, casi siempre en bicicleta, martillo en mano y llenando sus mochilas de fósiles que luego estudiaban detenidamente. Fue en una de estas salidas de campo cuando se encontraron en una escombrera de Ablaña con un fósil que les llamó la atención.

Se trataba de un ejemplar que don Bermudo presentó a la sociedad científica en la Primera Reunión Nacional de Geología organizada por el Instituto de Geología Aplicada de la Universidad de Oviedo el día 15 de julio de 1962 leyendo una ponencia titulada “Un euriptérido nuevo del Westfaliense de Ablaña (Mieres, Asturias)”.

Los euriptéridos son fósiles muy parecidos a los escorpiones marinos y algunos investigadores consideran que fueron los ancestros de los escorpiones actuales, sin embargo, tras un estudio más detenido, nuestro paleontólogo ya pudo precisar que el organismo encontrado en Ablaña era un Adelophthalmus, lo que le daba la peculiaridad de ser lo que los científicos llaman un “taxón de la papelera”, un término utilizado clasificar aquellos organismos que no encajan en otro lugar y quedan a la espera de investigaciones posteriores.

El Adelophthalmus vivía cerca de las costas, buscando aguas con poca salinidad en deltas de ríos, estuarios o con poca sal e incluso dulces en lagunas y pantanos del interior y aparece en depósitos que limitan su datación entre el Devónico Temprano y el Pérmico Temprano, lo que redondeando nos sitúa entre los 400 y los 300 millones de años de antigüedad y lo convierte en el más longevo de los euriptéridos, ya que ninguno logró sobrevivir tanto.

Este tiempo coincidió con la llamada Pangea, un supercontinente global en el que estaban unidos los cinco que conocemos actualmente y que seguramente han visto ya representado en algún sitio. Como el Adelophthalmus era un magnífico nadador pudo desplazarse por todo aquel mundo y por eso lo encontramos desde Estados Unidos hasta Europa, pasando por Rusia, China o Ucrania. Pueden ver que son –y eran- lugares con condiciones muy diferentes, de modo que siguiendo las leyes de la evolución estos animalitos tuvieron que adaptarse a cada ambiente y acabaron diversificándose al menos en 33 especies, que presentan pequeñas variaciones.

El fósil recogido en Ablaña da nombre a una de estas especies denominada científicamente Adelophthalmus asturica, situada por. Bermudo Meléndez en la etapa Moscoviana del Carbonífero, por lo que podemos ajustar un poco más su antigüedad entre 315,2 y 307 millones de años y suponer que se movió en un ambiente pantanoso junto con otros pequeños especímenes terrestres.

Allí pasaba la mayor parte del tiempo arrastrándose por el barro en busca de pequeños organismos con los que se alimentaba, y debía de ser bastante voraz, ya que una característica de los lechos fósiles en los que ha aparecido el Adelophthalmus es que tienen mucha densidad vegetal, pero escasean los insectos, que sin embargo son abundantes en otros lechos similares donde ellos no existieron.

Estos animales respiraban gracias a cuatro o cinco pares de branquias dispuestas como las páginas de un libro, aunque también podían aprovechar el aire fuera del agua, lo que le permitía permanecer en superficie durante períodos prolongados. Salir de los estanques o del barro limitaba su alimentación, pero según los paleontólogos favorecía que los adultos pudiesen aparearse en arroyos menos profundos para volver después a su hábitat, donde se movían mejor y les era más fácil buscar alimento.

Ya adelante más arriba que casi siempre las diferencias entre especies de un mismo género son mínimas, pero ayudan al conocimiento de su evolución. Lo que caracteriza al Adelophthalmus asturica es el mayor tamaño de las paletas de natación, con que contaban para desplazarse por el agua. Todos sus hermanos las tienen, pero las del fósil de Ablaña son especialmente grandes y eso basta para clasificarlo individualmente.

Bermudo Meléndez participó a lo largo de su vida en numerosos congresos internacionales, lo que le permitió presentar a nuestro fósil a la comunidad científica en el Séptimo Congreso de Estratigrafía y Geología del Carbonífero celebrado en 1971 en la ciudad alemana de Krefeld, en Renania del Norte y exponerlo después al otro lado del Atlántico en el Noveno Congreso, que tuvo lugar en Illinois en 1979.

En su currículo también figura el haber sido el organizador del Décimo de estos Congresos en Madrid en 1983. Fue miembro de número de varias Academias y Sociedades científicas y director de numerosas tesis doctorales hasta su fallecimiento el 29 de enero de 1999, lo que le permitió crear escuela entre sus discípulos y estar considerado como uno de los paleontólogos más influyentes en el desarrollo de esta ciencia en España.

Por otra parte, no deja de ser curioso que después de haber sacado miles de millones de piedras de carbón durante un siglo de las explotaciones mineras de este valle, el nombre de Ablaña sea conocido por la comunidad científica internacional gracias a un pequeño fragmento de estéril. Paradojas de nuestra historia.

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