Opinión | de lo nuestro Historias Heterodoxas
Dos zapateros y un loro
La entrañable historia recogida en 1932 por el periodista Joaquín Soto Barrera, que tiene el barrio de La Villa de Mieres como escenario
La historia de hoy no tiene ninguna trascendencia. No habla de grandes hombres, de visitas ilustres, de hechos de armas, tampoco de hitos de nuestra industrialización, pero me apetecía escribirla, y a lo mejor ustedes pasan un rato agradable leyéndola. Me puso sobre la pista Miguel Ángel Infanzón, al decirme que en la revista “Nuevo Mundo” del 29 de julio de 1932 había leído una crónica sobre un zapatero de Mieres. Al comprobarlo en la hemeroteca me encuentro, no con uno, sino con dos zapateros… y un loro.

Dos zapateros y un loro / Ernesto BURGOS
Se trata de un artículo que tiene la curiosidad de estar firmado por un hombre del que no he encontrado ninguna relación con la cuenca del Caudal y que sin embargo maneja datos que solo podía conocer alguien muy vinculado a esta tierra, por lo que deduzco que tuvo que ser informado por algún amigo mierense. Pero antes de nada, vamos a saber quién fue este hombre.
Se llamaba Joaquín Soto Barrera, fallecido en Madrid en 1954 tras una larga carrera periodística que inició en la década de los veinte. Dejó su firma colaborando en revistas de todo el país, trabajó como redactor en “El Día” y “La Jornada” y llegó a ser redactor jefe de “La Voz de Guipúzcoa” en 1928. Al mismo tiempo mantuvo su militancia socialista y en la Fundación “Pablo Iglesias” su ficha nos da la información de que se trasladó a Madrid y allí pidió su ingreso en el PSOE entre julio de 1934 y febrero de 1936. En este documento se anota su paso por “El Liberal”, “Crónica”, “Ahora”, “Heraldo de Madrid” y “El Socialista”.
También he encontrado que en 1930 publicó una “Historia del fútbol en España” y he visto en el diario “La Libertad” de 28 de marzo de 1935 que fue encarcelado por su implicación en los hechos de la revolución de octubre, aunque todo indica que fue detenido en Madrid y no en Asturias:
“Ayer, a las cuatro y media de la tarde, en la Cárcel Modelo, comenzó el Consejo de guerra contra el redactor de ‘Heraldo de Madrid’ don Joaquín Soto Barrera, acusado de excitación a la rebelión. El apuntamiento dice que alguien afirmó que el día 6 de octubre un individuo que estaba en un establecimiento comentando los sucesos revolucionarlos, excitó a los que allí se encontraban a levantar las vías del tranvía y hacer frente a la Guardia civil si acudía la fuerza pública.
Hechas las averiguaciones oportunas, apareció el señor Soto Barrera como la persona que hizo aquella excitación. El fiscal, que solicitó ocho años de prisión, en vista de la prueba testifical, que ha sido favorable al procesado, y después de un brillante informe del abogado defensor, don Antonio Vidal Moya, modificó las conclusiones provisionales, solicitando una pena más benigna. Parece que la sentencia recaída es de cuatro meses, y como el señor Soto Barrera lleva más de cinco meses encarcelado, tan pronto como la sentencia sea firme será puesto en libertad”.
Joaquín Soto Barrera también hizo sus pinitos en el teatro durante la Guerra Civil. En enero de 1938, siendo redactor jefe del periódico “Nuestra Lucha”, órgano provincial del Partido Socialista y la UGT de Murcia, publicó en sus páginas una obra de teatro de urgencia en tres entregas titulada “Dos de artes gráficas”. El llamado “teatro de urgencia” se componía de piezas cortas que debían representarse con el atrezzo más elemental y pocos actores para elevar la moral de los combatientes y no tenía pretensiones literarias. Esta obra fue ensayada por una asociación de Lorca, pero no consta que llegase a representarse, aunque su existencia confirma el compromiso político y la versatilidad de su autor.
En esa época, desde finales de 1938 a marzo de 1939, Soto Barrera dirigió “La Correspondencia de Valencia” y poco después fue encarcelado, pero incluso en prisión y sometido a una férrea censura siguió escribiendo con otros periodistas presos en el semanario “Redención”, que se distribuía en los centros penitenciarios y se vendía en la calle para mostrar públicamente el “arrepentimiento” de los intelectuales detenidos.
Joaquín Soto Barrera tituló su artículo en asturiano: “Lloritu Rial”. En él contó la disputa que mantenían dos zapateros del barrio de La Villa llamados Lin “el Coxu” y Mingo “el Roxu”. El primero llevaba años trabajando sin competencia en su pequeño taller porque el segundo se había ido a Francia a hacer fortuna, y no marchaba mal, a pesar de ser un poco vago y de que se le veía más por los chigres que en su establecimiento. Pero entonces Mingo “el Roxu” volvió defraudado porque desde el final de la I Guerra Mundial los franceses no necesitaban zapateros ya que casi todos llevaban patas de palo. De modo que abrió otra vez su local frente al de Lin “el Coxu”.
De cualquier forma, los dos mantuvieron su amistad, y a menudo se les veía bebiendo sidra juntos, no solo por La Villa, también por Ablaña y Santullano; aunque el negocio es el negocio y una novedad en la clientela les puso a prueba.
El caso es que llegaron a Mieres varios ingenieros franceses con sus familias, llamados por la gerencia de la Fábrica para hacer unas mejoras en los hornos y se instalaron en La Villa. Mingo “el Roxu” no tardó en colocar un cartel en su puerta: “On parle français”; entonces Lin recordó que Pin de Bastiana, un vecino de Oñón que también había andado por las Américas, tenía un loro que, según él, hablaba algunas palabras francesas. Se fue hasta su casa, lo pidió prestado y colgó su jaula a la entrada del taller.
El lorito se pasaba el día diciendo: “Passé, messié, passé, messié”, lo que llamó la atención de una de las sirvientas de los recién llegados que eligió a Lin “el Coxu” para que arreglase sus botas. La moza quedó satisfecha y recomendó a sus compañeras los servicios del zapatero, pero una de ellas, más atrevida que las demás, quiso que el lorito le diera la patita y el ave –escribió Joaquín Soto BarreraH “dando un respingo, contestó con la misma frase que respondió Cambronne cuando los de Wellington intimaron la rendición de la vieja guardia”. Es decir: un sonoro “Merde”.
¡Oh, cochon, cochon! –se lamentó la francesita– y presa de gran indignación, abandonó el taller, llevándose su calzado. Entonces Lin le pasó la patata caliente a Mingo y aquella misma mañana le convenció para que se llevara el loro a su taller, donde las nuevas clientas al verlo, también se marcharon escandalizadas para volver a frecuentar el del “Coxu”.
Lo curioso de este artículo es el conocimiento que manejó su autor de las cosas de Mieres, citando barrios, la Fábrica, e incluso la presencia de los ingenieros franceses que realmente fueron llamados a sus hornos. Sin embargo, queda la duda de saber si los dos zapateros existieron realmente o se trata de personajes novelados.
Para saberlo, recurro a Montse Garnacho, porque sé que mantiene contacto con los pocos supervivientes que conocieron el antiguo barrio de La Villa cuando estaba lleno de vida y era de una de las zonas más pobladas y alegres de Mieres. Ella a su vez le pregunta a Marinina, la del Bar Avelino, nacida en La Güertiquina, quien conoció cinco zapateros en el lugar: Luis, Mino, Arcadio, Liseo y otro más cuyo nombre ya no recuerda. Entre ellos sí había algún cojo, algo que era habitual en los años de la posguerra, pero ninguno era Lin “el Coxu”, ni tampoco está en la lista Mingo “el Roxu”, aunque debemos tener en cuenta que la crónica de Joaquín Soto Barrera fue escrita en 1932 y tal vez sea ya demasiado tiempo para que nadie guarde memoria de lo ocurrido.
De cualquier forma, esta historia nos sirve para recordar los buenos tiempos de nuestro barrio que describió en 1994 Jaime Huelga en la revista “Camín de Mieres”. Él hizo entonces un recorrido por los establecimientos y las pequeñas industrias que emplearon a muchos de sus vecinos a lo largo del siglo XX: los almacenes de vinos de Victorino Ordóñez, Mangas, Villada, Quintero y Montoto; panaderías de Antón e Isaac Posada; carnicerías de Nuño y Genia y Tita la de “el Cuipu”; ultramarinos de Dinora y del mismo “Cuipu; fruterías de Quico, “La Chata” y Aurora; imprentas “Firma” y “Bautista”; peluquerías de Calixto Casasola y los hermanos Montoya; Librerías “Lorca” y Sáez; fotógrafos “Paco”, “Zapico y “Ernesto Tallos”; por supuesto talleres de modistas y sobre todo establecimientos de bebidas encabezados por el histórico Llagarón , cuya existencia ya está documentada desde la guerra de La Independencia.
Un pequeño mundo, entrañable y lleno de actividad, que ya no volveremos a ver.
Suscríbete para seguir leyendo
- El director de la estación de esquí de Pajares denuncia ante la Fiscalía a la cúpula de Deportes: 'Han puesto vidas en peligro
- La mujer que cayó al río en San Martín cogió un cubo de agua junto a su casa y la fuerza del agua la arrastró: la búsqueda se amplía hasta la presa de Soto de Ribera
- Frenazo a la expansión de la red de geotermia en Mieres tras una inversión millonaria por un trámite urbanístico: 'El retraso podría durar varios años', alerta el PSOE
- Las dos ciudades asturianas que están entre las 30 más baratas de España para comprar vivienda
- La Guardia Civil busca a una mujer de 56 años que se cayó al río en San Martín del Rey Aurelio
- Premio de la Primitiva en Mieres: aquí se ha sellado el boleto y esta es la importante cantidad que recibirá su poseedor
- Fin al calvario para contactar por teléfono con los centros de salud de Asturias: el asistente virtual 'Noa' te contestará siempre y te dará cita médica
- Asturias y León se unen por la nieve: nace un frente común para gestionar conjuntamente las cuatro estaciones (con 375.000 esquiadores y mil empleos)
