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Ernesto Burgos

de lo nuestro Historias Heterodoxas

Ernesto Burgos

Historiador

Las cuentas de don Francisco Gascue

Los datos aportados en sus escritos por el ingeniero sobre los salarios de los mineros y los procesos de producción a finales del siglo XIX

Fernando Fernández es uno de los habituales en la tertulia que yo visito en Mieres cada domingo, también es secretario general del SOMA en el Caudal. Por la primera circunstancia tiene mi amistad, por la segunda mi respeto, ya que como historiador tengo que valorar el esfuerzo que él y sus compañeros han hecho para poder superar la tremenda puñalada que les asestó el felón José Ángel Fernández Villa. Lo han logrado, y ahora el sindicato de Manuel Llaneza ha vuelto a recuperar su prestigio entre los trabajadores asturianos.

Fernando me ha pasado un ejemplar de la “Colección de artículos industriales acerca de las minas de carbón de Asturias” del ingeniero Francisco Gascue. Se trata de una compilación de sus escritos en la “Revista Minera” entre noviembre de 1882 y agosto de 1883 con el título “La industria carbonera en Asturias”, más otro del 1 de febrero de 1886 llamado “Concurso de carbones para la marina de guerra” y “La crisis carbonera en Asturias” publicado en “La Revista de Asturias” el 26 de enero de 1887. La primera edición la sacó entonces una imprenta gijonesa, pero en 2007 el Grupo Hunosa volvió a recuperarlos en un libro con motivo de su cuarenta aniversario.

Francisco Gascue –que en la edición de Hunosa figura con tilde en la é como Gascué y en Euskadi con tilde en la á como Gáscue– ya ha visitado otras veces estas “Historias Heterodoxas” porque fue profesor durante muchos años de la Escuela de Ayudantes Facultativos de Minas de Mieres y también director de Duro y Compañía en Langreo hasta 1889, antes de trasladarse al País Vasco, donde se dedicó en sus últimos años a la política nacionalista.

Cuando les resumí su biografía, cité algunos párrafos de sus escritos, pero hoy quiero volver a ellos para pararme en el curioso concepto que tenía sobre los obreros, a los que consideraba solo como una pieza del engranaje que había que mejorar si se querían aumentar los beneficios de las explotaciones mineras asturianas. Vean esta definición: “El jornalero industrialmente considerado es una máquina; máquina que lleva su maquinista consigo y que se mueve por sí sola, pero máquina al fin”.

Según sus datos, en 1881 había en Asturias 699 minas de carbón, que ocupaban 39.235 hectáreas, correspondiendo, por tanto, a cada mina 56 hectáreas, lo que resultaba muy inferior a lo que sería conveniente para una producción intensiva; entre todas solamente siete habían obtenido aquel año más de 24.000 toneladas, y además existían cotos de 1.000 hectáreas que estaba registrados por acaparadores de propiedades que ni explotaban ni dejaban que nadie lo hiciese.

A partir de aquí, Gascue se fue parando en detalles que nos revelan cómo fue realmente el trabajo minero en esa época. Por ejemplo, en las labores de arranque cada frente de testero tenía de 2,50 a 3 metros de altura, y cada picador avanzaba entre 0,90 y 1 metro por relevo, obteniendo siempre 1,50 toneladas de carbón, que en casos excepcionales podían llegar a las 2, y cobraba por este trabajo 2,44 pesetas cada día, corriendo de su cuenta el alumbrado necesario para esta labor.

Uno de los oficios más duros era el de vagonero. Los vagones podían ser empujados por un solo hombre fuerte o por dos muchachos. En el primer caso, se ganaban 2,44 pesetas de jornal, llegando a veces a 2,50; cuando los empujadores eran dos, cada uno se llevaba entre 1,40 y 1,50 pesetas.

Lo más habitual era que los vagones tuviesen que recorrer 450 metros de distancia hasta la salida, y entonces se contaban once vagones por entrada; si la distancia aumentaba hasta los 1.000 metros, solo se sacaban al exterior siete vagones. Es decir, catorce kilómetros entre idas y vueltas, pero si tenemos en cuenta que hasta mediados del siglo XX muchos mineros vivían en aldeas situadas a kilómetros de las explotaciones, podemos suponer que a la dureza del trabajo había que sumar los desplazamientos al amanecer, muchas veces en la oscuridad, con lluvia o nieve, y casi siempre llevando encima la herramienta de trabajo, para retornar después por el mismo camino a casa, donde en vez del descanso les esperaba más faena en las pequeñas huertas con las que muchas familias ayudaban a su economía.

Según su criterio, no se podía decir que los jornales que pagaban las empresas fuesen bajos; sin embargo, los mineros asturianos no correspondían con su esfuerzo, trabajaban poco, tenían demasiadas celebraciones y en la época de labranza se ausentaban para preparar sus huertas. Además, como norma general, aunque entraban en las explotaciones a las ocho de la mañana, o incluso antes, y salían a la dos y media o las tres, siempre paraban a mitad de la jornada para comer en el exterior, y entre ir y venir recorrían a veces dos kilómetros, con la pérdida de tiempo correspondiente, por lo que planteaba cambiar el sistema y pagar a cada uno según su rendimiento real.

Lo que a Gascue le interesaba sobremanera era el abaratamiento de la producción, y en sus artículos se ocupó también del coste de los mismos vagones, que en aquel momento era de cien pesetas por unidad; de la corrosión de los carriles y de los cables de los planos inclinados, que había que cambiar cada dos años y medio.

Como medida general, propuso ir sustituyendo el hierro por acero allí donde fuese posible y cambiar en el arrastre a los hombres por caballos y bueyes, dependiendo de las características de la galería, ya que el caballo representaba a la velocidad y el buey a la fuerza. Como sabemos, esta medida terminó por aplicarse, pero con un animal que reunía las dos cualidades: la mula, que durante décadas formó parte indispensable del paisaje minero de nuestras cuencas.

Con respecto a la entibación, según sus cálculos, en el valle del Langreo se gastaba en madera por cada tonelada útil 1,25 pesetas, mientras que en Mieres no pasaba de la peseta, porque la cuenca del Caudal era más boscosa y en las minas de Fábrica de Mieres regía una marcha más inteligente y ordenada que en las diferentes sociedades que funcionaban en Langreo, con instalaciones relativamente modernas que hacían que las galerías de las minas fuesen más cortas, lo que facilitaba que la producción por grupo fuese “mayor y mejor entendida”.

De cualquier forma, cada cuadro de entibación colocado costaba 5 pesetas por mano de obra y 4,50 por la madera empleada, y había que reponerlo cada año, por lo que entendía que había que sustituir este sistema en las explotaciones de larga duración por el de mampostería y bóveda de ladrillo, ya que, según sus cálculos, teniendo en cuenta esas cifras el mayor gasto inicial podía amortizarse en diecisiete años.

El ingeniero Francisco Gascue vivió una época clave para la minería, en la que empezó a plantearse la profundización de los pozos. Él se daba cuenta de que el carbón que aparecía sobre la superficie de los valles, aunque era muy abundante, no iba a soportar el ritmo de producción intensiva que aumentaba cada día, y por ello había que plantearse atacar las capas en profundidad, después de asegurarse de que atesoraban la misma riqueza.

En aquel momento, las prospecciones más profundas por debajo del nivel de los valles que se habían hecho en Langreo solo llegaban hasta los 35 metros, pero todo indicaba que, cuando los avances de la técnica permitiesen desaguar con eficacia las galerías, podría llegar a trabajarse mucho más abajo. Aunque era consciente de que en este problema la suerte jugaba un papel importante.

En Arnao llevaba funcionando con éxito desde 1855 el primer pozo vertical para la explotación del carbón, con un coste de una peseta por tonelada incluyendo la extracción, desagüe y ventilación artificial, mientras que en Mieres ya existía un pozo de cien metros de profundidad abierto para la explotación del azogue que hasta entonces no había necesitado una máquina de vapor especial para sacar el agua, a pesar de que una de sus galerías estaba debajo del mismo lecho del río Caudal.

Otra circunstancia especial que se daba en aquellos años era la falta de mano de obra para las minas, algo que parecía imposible apenas cinco años antes. La razón estaba en la gigantesca empresa que se había emprendido para abrir el puerto de Pajares al tráfico ferroviario. Gascue calculaba que unos cincuenta mineros de Langreo y cien de Mieres habían abandonado su trabajo para emplearse allí, aunque seguramente eran muchos más porque esa cifra se hubiese cubierto rápidamente con la gran migración que estaba llegando a la Montaña Central asturiana desde otras regiones.

Pero lo cierto era que, aunque los que se habían ido no tardarían en volver, en pleno desarrollo de nuestra industrialización, si se quería aumentar la producción de hulla, se hacía necesario atraer a muchos más obreros. Qué lejos nos queda ya todo esto.

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