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Ricardo Montoto

Dando la lata

Ricardo V. Montoto

El reencuentro

Maruchi fue ultimando su equipaje de mano. Lo más voluminoso ya había sido facturado hace tiempo y ahora aguardaba su llegada. Estaba preparada para el gran viaje, y soñaba con el destino. Los abuelos de Copián, su padre, la familia de Ablaña, Manolo y, sobre todo, su madre, a la que perdió tan pronto y a la que añoró durante el resto de la vida. Ella percibía su presencia cada vez más próxima, que el reencuentro se acercaba y, aunque el cuerpo aún pretendió hacer valer, cada vez con mayor dificultad, su apego a este mundo, espiritualmente Maruchi ya había despegado.

El hospital de Santullano nos defendió del extraño y abrasador calor del exterior. Bendita sanidad pública, nunca nos faltes y jamás flaqueemos en su defensa. Y Maruchi, con la dulzura habitual, se fue apagando hasta que sus ojos se cerraron definitivamente. En paz, en un entorno seguro y confortable, con la determinación que proporciona una fe inquebrantable y la discreción con la que llevó su vida, Maruchi validó el billete y echó a volar hacia su ansiado destino, dejándome una extraña y contradictoria sensación de alivio y vacío.

Soy huérfano. Ya no tengo que preocuparme por ella. Se acabaron las noches en vela vigilando su estado, calmando sus molestias, acariciándola, besándola, queriéndola. Ya no hay que reponer la nevera ni controlar la medicación. El supermercado, la farmacia, el centro de salud, la droguería, los paseos para ver nadar a los patos en el río San Juan, la misa en el Convento… Todo ha cesado. Ya no puedo cocinar para ella, ni ayudarla en el aseo, que nos unió aún más, algo que parecía imposible. Ya no cargo su fragilidad para acomodarla en la silla de ruedas ni la acuesto en la cama. Ya no escucho sus recuerdos ni las oraciones susurradas.

Cuidarla fue tan gratificante y enriquecedor que ahora la oquedad es enorme y desconcertante. Me gustaba hacerlo, me sentía realmente útil, tenía una misión, un porqué en este mundo de locura.

Hoy, desfondado, infinitamente solo y herido de gravedad, sólo hallo consuelo imaginando ese reencuentro.

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