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Antón Saavedra

Tribuna

Antón Saavedra

¿Son necesarios los sindicatos?

Si no existiesen habría que inventarlos, pero en los últimos tiempos, con el auge del neoliberalismo las organizaciones obreras han entrado al trapo y han colaborado en el juego del "mal menor"

Una cuestión debe de quedar muy clara de antemano: si no existiesen los sindicatos habría que inventarlos, pero más claro debe quedar todavía que los sindicatos siempre serán lo que quieran que sean los propios trabajadores a través de una necesaria participación en sus órganos para que, al final, no queden transformados en meras correas de transmisión de los partidos políticos, cuando no como meros apéndices gubernamentales o patronales. ¿Qué hubiera sido del movimiento obrero en el mundo sin los sindicatos? ¿Cómo se hubieran enfrentado los trabajadores a la burguesía para arrancarles sus conquistas sociales, muchas de las cuales se están perdiendo en la actualidad?

Al final, los sindicatos no son más que los trabajadores organizados y que en estos momentos la movilización, en especial la huelga, es difícil porque en los momentos de crisis como el actual, en un momento de precariedad ascendente, los trabajadores tienen miedo. Y ya es conocido que el miedo es la mejor herramienta en manos del capitalismo para seguir explotando a la clase trabajadora.

Por otra parte, la implantación de las políticas neoliberales de los Ronald Reagan y la Margaret Thatcher han servido, entre otras cuestiones, para ir disminuyendo el poder sindical, recurriendo, para ello, a la eliminación física de miles de sindicalistas, caso concreto de Colombia, donde han sido asesinados más de 2.500 sindicalistas durante los últimos veinte años a manos de paramilitares de extrema derecha o fuerzas del propio Estado.

En efecto, no corren buenos tiempos para la lucha obrera. De eso no cabe duda. Ni siquiera es necesario volver la vista a los cascotes de la URSS para convencernos de ello; basta con dirigir la mirada hacia nuestros vecindarios, donde los trabajadores y las trabajadoras mayoritariamente son incapaces siquiera de reconocerse en su condición de agentes clasistas, hasta el punto de que el capital ha dispuesto las cosas de tal manera para que las clases, precisamente por las condiciones que les implican como clases, renieguen de su propia identidad.

Por una parte, si la asunción del marco "socialdemócrata" tras la II Guerra Mundial se saldó con la descomposición del movimiento obrero clásico, la tendencia "neoliberal" hacia la diferenciación de las aptitudes productivas en el interior del proletariado parece haber dado la puntilla final a sus aspiraciones revolucionarias, donde los vínculos de la solidaridad han quedado gravemente dañados, como queda confirmado al observar el que la acción sindical haya ido acotándose cada vez más, reduciendo su capacidad de incidencia y faltando a la vocación universal que antaño la acompañara para tornarse más y más sectorial, donde incluso el ser asalariado no solo no es impedimento, sino que en ocasiones es el detonante para el surgimiento de actitudes más reaccionarias.

Una simple cifra lo dice casi todo: solo un 12,5% de las personas asalariadas en España están afiliadas a un sindicato, según el último informe de la Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD). En 2009, el porcentaje de población trabajadora sindicada era del 18,3%, lo que implica que en la última década la cifra ha bajado progresivamente hasta colocarse a la cola en el índice europeo de afiliación sindical, pese al aumento de precariedad e inseguridad laboral que caracteriza el mercado de trabajo en nuestro país.

Es en este desalentador escenario donde se encuentra el movimiento obrero a la hora de llevar a cabo una acción política progresista. Pero no se trata en exclusiva de un conflicto de valores, sino de una batalla que se extiende al ámbito científico, no debiendo de ignorar en ningún momento que no existe mayor signo de vitalidad para la burguesía el hecho de que la clase trabajadora se deniegue de si misma, mediante la impugnación general del conocimiento científico, el acceso a las leyes que rigen su entorno y comportamiento.

Pero tampoco basta con afirmar la facultad de conocer. Es preciso ejercerla o, mejor dicho, ponerla en práctica, resultando el mejor síntoma de la mejoría del movimiento obrero la recuperación de órganos políticos dedicados a la investigación científica, porque sin ella, la elaboración programática, como paso previo e imprescindible a la de exposición del proyecto político a la clase, se encallaría para quedar reducida a la repetición de una retahíla de vaguedades, lugares comunes y soflamas arribistas. Conocer es una parte indisoluble de la acción como el núcleo mismo de la praxis consciente, la única, por cierto, que sitúa a la humanidad en el rumbo de la superación del capital, porque la conciencia revolucionaria no es una cosa que cae del cielo, ni se adquiere intuitivamente, sino que surge y prolifera mediante la elaboración y la difusión científica permanente.

En definitiva, y en la medida en que el pensamiento neoliberal fue imponiendo sus esquemas, los sindicatos fueron entrando al trapo, aunque con alguna que otra huelga contra las reformas laborales regresivas o contra las decisiones empresariales como la deslocalización de la industria, pero la burguesía supo leer perfectamente el momento histórico y, consciente de hasta qué punto su discurso iba calando entre las masas, no cedió ni un ápice en sus objetivos, de tal manera que tras tanta batalla perdida, los sindicatos aceptaron entrar al juego del mal menor, colaborando, para ello, en los planes de la patronal y sus gobiernos, quienes casi parecían hacerles un favor por el mero hecho de reconocerles como un interlocutor válido. De esta manera, la cooptación de los sindicatos fue en paralelo a la "derrota de la izquierda" y, más en concreto, a la disolución de cualquier proyecto revolucionario.

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