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Francisco Palacios

Pasado imperfecto

Francisco Palacios

Fiestas de otros tiempos

Los festejos de San Lorenzo son los primeros registrados en Langreo, se remontan a la época de los Reyes Católicos

Festejar y trabajar son condiciones genuinamente humanas. Pueblos y civilizaciones se han valido de las fiestas para regular, celebrar o conmemorar distintas manifestaciones de la vida social. Por eso los festejos han sobrevivido en una fascinante multitud de formas y fines; entre esa gran variedad, las celebraciones religiosas son acaso las más influyentes y de una proyección universal. Una influencia que se ha comprobado secularmente en las circunstancias más extremas. Por ejemplo, es famosa la llamada tregua navideña de la Primera Guerra Mundial. En realidad fue un breve alto el fuego que tuvo lugar el 24 de diciembre de 1914. Ese día, un grupo de soldados británicos y alemanes cantaron villancicos, se intercambiaron regalos y enterraron a sus muertos. Fue un espontáneo y fugaz acto de camaradería motivado por la fiesta de Nochebuena y el común ideario religioso de sus protagonistas. En cualquier caso, la guerra todavía duró cuatro años más.

Fiestas de otros tiempos

En otro sentido, los festejos vienen determinados asimismo por los avatares políticos, socioeconómicos y por las pautas culturales imperantes en una época. Así los patronos de la primera revolución industrial se lamentaban de las dificultades con que se encontraron al principio para que los campesinos se adaptaran a las nuevas exigencias laborales de las fábricas. Y lo atribuían precisamente a la proliferación de fiestas durante el Antiguo Régimen. Que venían impuestas por el ritmo cíclico de las faenas agrícolas.

De ese tiempo son los festejos de San Lorenzo, los más antiguos del concejo de Langreo, cuya tradición romera se remonta a la época de los Reyes Católicos: hace cinco siglos y medio. Se celebraban en El Puente y fueron promovidas por un obispo de origen langreano.

Con el tiempo, las fiestas se fueron adaptando y supeditando en estas comarcas a las necesidades de la actividad industrial y minera. Y las mismas fiestas de San Lorenzo serán de nuevo las primeras declaradas oficiales en la era industrial. Subvencionadas por el Ayuntamiento y apoyadas por la sociedad Duro y Compañía (después Duro Felguera), los festejos de este ciclo se empiezan a celebrar en agosto de 1882: eran al mismo tiempo ferias de ganado donde se vendían utensilios para las labores del campo.

Y, como ya escribí en otra ocasión, pocos años después será el alcalde Antonio María Dorado, el que impulse unos originales festejos veraniegos en torno al balneario de Lada, al que durante algunos años convirtió en un privilegiado lugar de encuentro de "distinguidas familias" y destacadas personalidades asturianas del mundo de las finanzas, la industria, el arte, la judicatura o la religión. También llegaban a Lada gentes de Madrid, León y de algunas regiones castellanas. Eran tiempos propicios para las fiestas y los negocios.

Dorado, que era un excelente maestro de ceremonias, aprovechaba la ocasión para agasajar a los ilustres huéspedes con espléndidos banquetes, conciertos musicales y "didácticas" excursiones turísticas por Sama, Ciaño y La Felguera "para contemplar un paisaje maravilloso y admirar, entre otros alicientes, la gran fábrica de los señores Duro". Su muerte y, sobre todo, la huelga revolucionaria de agosto de 1917, entre otros factores, marcaron el fin de aquellos festejos singulares.

Ahora corren tiempos en los que las fiestas se multiplican: fiestas de muy diversa naturaleza y en todas las latitudes de nuestro territorio. Hace casi dos siglos y medio, Jovellanos proclamaba que "una colectividad sin alegría era como una masa sin alma". Y el célebre ilustrado asturiano sostenía también que las diversiones populares y los acontecimientos festivos de unos días deberían ir siempre acompañados del empeño duradero de las autoridades en mejorar la vida cotidiana de las gentes.

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