Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Javier García Cellino

Velando el fuego

Javier García Cellino

La enrevesada condición humana

Las desigualdades sociales y la forma de encarar esta problemática

Nuestro yo es un armario lleno de ropa muy variada que, de cuando en cuando, saca sus trapos a relucir. Así, dependiendo del día o del momento por el que atravesamos, el yo de niño apacible deja su lugar al de revoltoso a ratos libres; otras, quien aparece es el yo angelical para que después, y sin que resulte fácil explicarlo, se vea relegado por el yo demonio algunas veces. Y así podríamos seguir refiriéndonos a un vasto muestrario, pues nuestra condición humana está llena de pulsiones distintas y por eso resulta difícil saber quién somos en realidad.

En mi caso, me he acostumbrado a lidiar con el yo contestón y escéptico, según los casos, o por expresarlo mejor, con el yo que nunca me da la razón en nada. Lo mismo hablemos de fútbol, de política o de cualesquiera otros asuntos, el empecinado me responde siempre que no, que las cosas no son así como yo las cuento, que de eso nada, y que patatín patatán.

Como podrán comprender, nuestra relación es bastante distante, por decirlo de alguna manera, pues a nadie le gusta encontrarse siempre con una pared que lo devuelve todo. No obstante, un par de razones: cortesía, y cierto cariño, por qué no confesarlo, hacen que en algunas ocasiones me dirija a él, aun siendo consciente de cuál va ser su respuesta.

De modo que el otro día, y sabedor de su gusto por el teatro, le comenté que vuelve a Asturias "Los santos inocentes", la novela de Delibes, ahora hecha teatro de la mano de Hernández Simón. Antes de que pudiera proseguir, el yo contestón y escéptico ya se había colocado a la defensiva: "¿Y?"... Armado de una paciencia de cemento duro, aguardé unos minutos antes de comentarle que Luis Bermejo, el intérprete madrileño que da vida al personaje de "Azarías", había dicho que "Estamos en unos marcos de injusticia muy parecidos a los de los años sesenta". Sabía que me iba a mirar de modo avieso, para, a continuación, esbozar una mueca burlona, y así sucedió. Su respuesta tampoco me resultó extraña: "Otra vez la misma cantinela, pues no, estás muy equivocado, como siempre, todo son falsas apreciaciones tuyas" –y continuó con comentarios de ese estilo.

Mas como quiera que me había levantado con los guantes de combate puesto, añadí que hacía unos días un médico –oncólogo, por más señas, maticé– declaraba que los hijos de familias ricas vivían más años que los de extracción más humilde y que incluso esa diferencia se notaba en la estatura: tres centímetros más altos los que provenían de un marco acomodado.

Con las manos hizo un gesto indicativo del disparate que, a su juicio, acababa de escuchar. Después me miró del mismo modo con el que se mira a quien está próximo a entrar en algún centro de salud mental y, para finalizar, soltó una risotada con la que dejaba bien claro que no merecía la pena que contestara a tamaña necedad.

Cuando nos separamos, me di cuenta de que hay discursos a los que les resulta muy difícil abrirse paso, sobre todo en estos momentos en los que el yo del neoliberalismo impone su voz, y con bastante contundencia, por cierto. Bastaría solo con echar un vistazo a nuestro alrededor, sin ponerse gafas oscuras, para darse cuenta de la diferencia abismal que existe entre los que viajan en yates de lujo y los que apenas tienen agua en la que chapotear. Lo peor es que me voy dando cuenta de que cada día hay más yos parecidos al mío. Así que de momento haré lo posible por no volver a encontrarme con él, por si acaso.

Compartir el artículo

stats