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Ricardo Montoto

Dando la lata

Ricardo V. Montoto

Tiempo de recoger

A continuación llega la difícil tarea de recoger sus pertenencias, abrir y vaciar cajones, revisar documentos, y seleccionar y dar destino a su ropa, lo que no es tan sencillo porque ella no se deshacía de nada. Y entre el drama también hay hueco para la risa. Desde descoloridos resguardos bancarios del siglo pasado hasta los resultados de su examen de Estado. Y la cartilla militar y el carné del Casino de mi padre. Incluso el resguardo del pago de un coche de 1972 y las instrucciones de un equipo de música que ya dejó de sonar en los años ochenta. Horas repasando cada papel, separando lo histórico de lo inútil y maldiciendo esa manía de guardarlo todo. Ellos no lo tiraron, dejándome en herencia la incómoda decisión de qué destruir y qué salvar. Si metes en una batidora melancolía, agobio, cabreo y alegría en iguales dosis se obtiene mi estado de ánimo al enfrentarme a la tarea.

Las tres grandes latas de galletas inglesas contienen cientos de fotografías. Las imágenes de sus vidas y de la mía amontonadas en perfecto desorden. También hay varias cajas de zapatos llenas a reventar de diapositivas. Y más papeles. Y una tonelada de libros. Y sus cuadros. Y los bocetos de sus cuadros. Y cojines, muchos cojines. ¿Pero cuántos cojines necesitabas para estar a gusto? A ver, parejita, ¿qué he de hacer con todo esto? La respuesta de mi madre sería evidente: no lo tires, que puede servir.

Y aquí estoy, enterrado en una montaña de celulosa cargada de recuerdos que no me atrevo a cribar. Porque, salvo los recibos del cajero automático que ya perdieron su tinta y el quintal de desfasados manuales médicos, cada papel contiene un fragmento de nuestra historia familiar. Así que, respetando la tradición, lo meteré todo en cajas que precintaré, arrastraré hasta el coche, transportaré y depositaré en un rincón para que sea otro el que lo haga desaparecer.

Qué le vamos a hacer; lo que se hereda no se compra.

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