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Javier García Cellino

Velando el fuego

Javier García Cellino

Pinchazos a mujeres

La ola de denuncias en España por estos casos

Los buenos ejemplos tropiezan pronto con dos serias limitaciones. De un lado, no abundan con facilidad, y de otro, tienen las alas cortadas cuando se trata de echar a volar. Sin embargo, a su contrario le sucede al revés. Un mal ejemplo posee una innata facilidad para contagiarse y prender su semilla en cualquier lugar. No hay más que abrir los ojos y desarrugar un tanto el ceño para constatar que en el escenario actual la ruindad, cuando no la más exacerbada vileza, campan a sus anchas.

Como es lógico, hay terrenos más propicios que otros para que progresen con más facilidad las malas hierbas. Por lo que respecta al entorno masculino, la casuística es clara al respecto, pues la maleza que se arremolina en torno a la violencia de género no deja de crecer. Y como quiera que los tiempos mudan, y con ellos van modificándose las narraciones que los sustentan, he aquí que desde hace una temporada ha venido incorporándose al acerbo machista una nueva técnica: los pinchazos a las mujeres, que sustituyen o complementan a la sumisión química por sustancias dentro de la bebida.

De modo que el tema es objeto de debates y de controversias variadas y distintas en los medios de comunicación y en otros círculos. Así que no resulta extraño entrar en un bar o formar parte de una tertulia más o menos improvisada para que las agujas se conviertan en el principal asunto del día. Y como quiera que de alguna manera el tema resulta espinoso para una gran parte de los varones, pronto se constatan dos posiciones que tienden a poner en tela de juicio los hechos.

Una de ellas parece dispuesta a entroncar con la literatura fantástica. Lo que se comenta no son más que exageraciones que parten de un hecho aislado, lo más fácil una broma de alguien que se quiso hacer el simpático y usó un alfiler o una aguja con la única intención de divertirse. Sin embargo, tal parece que esta explicación esté muy lejos de resultar creíble. No hay más que observar el mapa de nuestro país repleto de "simpáticos bromistas". En casi todas los lugares: las provincias de Andalucía casi al completo, Baleares, Asturias, País Vasco, Cataluña…, por citar los primeros que me vienen a la memoria, han sucedido casos de este tipo en discotecas, lo que hace pensar más bien que la cadena fortuita se está convirtiendo en una secuencia de depredadores machistas a gran escala. Y por si hubiera alguna duda sobre esta plaga, ahí están algunos países como Bélgica, Francia, Reino Unido o Irlanda entre otros, para demostrarlo.

Mas lo peor de todo viene cuando la literatura fantástica adquiere visos barrocos, intentando adornar el tema con un sutil efectismo: "vale, en todo caso, y si fuera cierto, habría que esperar a que se demuestre que los pinchazos han producido una intoxicación…". Aquí la legislación es bien clara al respecto, pues con independencia de que se hayan puesto drogas o de que hubiera habido o no agresión sexual, un pinchazo es un delito de lesiones y, por tanto, un acto delictivo.

Podemos darle al asunto las vueltas que más nos convengan, pero, en todo caso, su finalidad es bien clara: crear alarma entre las jóvenes, volverlas sumisas, expulsarlas de los lugares públicos y de ocio. Un modo inequívoco de restringir sus movimientos y su libertad sexual. Así se van dando pasos para conseguir una vieja y perenne aspiración del patriarcado. La mujer en casa al cuidado de los hijos. A todos nos suenan estos tambores.

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