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Carlos Cuesta

A contracorriente

Carlos Cuesta

Postal veraniega

El verano es tiempo de asueto, de vacación, de libertad, de renovación, de vida y de sensaciones. Y cuando observo esta foto que preside este comentario me vienen a la mente aquellos años infantiles en un disfrute pleno en la playa de Carranques, en esa Perlora vacacional y trabajadora. Era el año de 1960 y en compañía de mi madre, mis tíos y primos viví unos días en la paz enamorada de un tiempo feliz y recordado.

Hoy todavía cuando huelo el salitre y el aroma marino de cualquier arenal astur me vienen los efluvios antañones de Perlora, en aquellas jornadas eternas de playa matinal y tardes de recreo entre paseos y escondite en las rocas milenarias y la búsqueda de llámpares y cangrejos. Momentos de dulzura y placer terrenal con el aire limpio de la atmósfera circundante y las olas peregrinas danzando sin contemplaciones en ese devenir continuo y libertino.

Eso era Perlora. Un lugar de ensueño y praderías con los chalecitos bien alineados en un territorio privilegiado y las familias amigas entregadas al ocio y al solaz divertimento de una quincena arropada entre la holganza y la convivencia. Tiempo de sensaciones y tiempo de remembranza. Hoy todo es distinto y esta antigua ciudad de vacaciones permanece olvidada entre los harapos tristes de algo inexplicable. Un paraíso real y vistoso que necesita una recuperación y volver a aquella tangible idea de favorecer unas sencillas vacaciones al universo laboral de muchos rincones de España. La nueva época exige otros planteamientos de ocio pero lo que no cabe duda es la enorme posibilidad de convertir estos entornos de Carreño en un parque de la felicidad y de las buenas terapias.

La Administración del Principado debería actuar con diligencia y gestionar el futuro de este bello enclave para satisfacción de la comunidad. El abandono actual no conduce a nada, solo a la resignación y la desesperanza.

El autor (agachado) cuando era niño, junto a su familia, en Perlora.

Y con esta postal estival vuelvo los ojos a aquellas horas interminables de juegos y bocadillos de mortadela en un verano de pasión infantil y lecturas amenas del TBO con el amor familiar por conducta y las tertulias de mayores como trasfondo. Las comidas y cenas en el comedor residencial ponían el broche mayúsculo a unas vacaciones de verdad y marcadas por un dulce de manzana de color verdoso que nunca faltaba en la minuta estival.

Tiempo de verano, momentos lúdicos y pasatiempos en forma de chapas, palas o peonza cordelera. Y siempre los baños de ola en aquellos mediodías de futuro, cerezas y esperanza. Y Perlora con su paisaje playero es y será la referencia olorosa y vital de ese salitre intenso en un perfecto sahumerio de algas y concordia. Los recuerdos conforman vivencias y esos alegres y dichosos días veraniegos tienen para mí un nombre: Perlora.

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