Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Javier García Cellino

Velando el fuego

Javier García Cellino

Un poco más huérfanos

La muerte, ambos con 71 años, de Pedro Álvarez Suárez y Alredo Fernández Vallina

Separados apenas por unas horas, y cuando los dos contaban con la misma edad, 71 años, el zarpazo cruel de la muerte (por mucha poesía que se haga al respecto morir es alojarse para siempre en el interior de una niebla infinita) se cebó en dos personas que, a lo largo de su vida, dieron testimonio de que la política y el sindicalismo no tienen por qué convertirse en un combate aderezado con constantes insultos y difamaciones, cuando no con otras modalidades de peor estilo aún, como sucede en la actualidad.

Pedro Álvarez. | LNE

De una parte, me refiero a Pedro Álvarez Suárez, que durante más de veinte años fue secretario general de Comisiones Obreras en la comarca del Caudal. Si bien mi trato con él se remonta a hace ya bastantes primaveras, creo que no me equivoco si afirmo (esa es además la opinión generalizada de quienes lo conocieron bien) que, entre otras muchas cualidades, destacaba por aunar un carácter firme en la defensa de la justicia social y, al mismo tiempo, un modo de comportarse alejado de las estridencias y descalificaciones al uso.

Un poco más huérfanos

En cuanto a Alfredo Fernández Vallina, exconcejal de Izquierda Unida en Langreo y activista del asociacionismo vecinal me cupo la suerte de haber podido contar con su amistad hasta el momento de su muerte. Para referirse a su dilatado compromiso con Langreo y a su inquebrantable sentido de la lealtad se necesitarían muchas páginas. En todo caso, si hubiera que resaltar alguna particularidad suya, entre tantas otras como tenía, sería obligatorio hablar de su bonhomía sin límites, de la bondad y sencillez que continuaron adornando su perfil hasta el último instante. Lo que, naturalmente, significaba que su manejo de las cuestiones sociales, su talante político diario, estaban muy alejados de tanta falta de respeto como resulta habitual en la mayoría de quienes ostentan cargos públicos. Basta con abrir apenas los ojos para darse cuenta de que para la mayoría de las personas el paso del calendario solo sirve para envejecer sus corazones.

Resulta inevitable, cuando suceden hechos luctuosos como estos, girar la vista en una doble dirección. Acercarse a territorios ya hollados, para realizar las inevitables comparaciones y, después, caminar hacia esa incierta arcilla del porvenir que nos aguarda. En alguna ocasión he manifestado en estas mismas líneas que poseo un inequívoco optimismo; pero, al mismo tiempo, sé bien que en nuestro itinerario diario no faltan algunas esquinas con grietas más o menos considerables. Y por lo que se puede deducir del panorama actual, tal parece que esos desconchones son ciertos, además de muy abundantes.

Entre las principales causas que propiciaron el derrumbe de sociedades pasadas, se encuentran, sin duda alguna, las disidencias internas. No hay más que fijarse en la historia del saqueo de Roma por los bárbaros. Ello, unido al colapso de la industria y del comercio, lo hizo posible. No puedo menos de traer a la memoria la situación actual, tan llena de rencillas entre los partidos (resulta frustrante ver cómo las organizaciones de izquierdas no dejan de zaherirse de continuo, olvidando que solo la unión sirve para derrotar a esa telúrica pesadilla que es el Gran Leviatán capitalista). Lo peor de todo es que los nuevos bárbaros están ahí, gritando a todas horas y sembrando la semilla de la confusión por todas partes, hasta el punto de que ya han conquistado algunas regiones de nuestro mapa. Mientras tanto, nosotros seguimos a lo nuestro. Aprendices de nada. Analfabetos de la historia. Y, además, un poco más huérfanos tras el fallecimiento de dos admirables personas como Pedro y Alfredo.

Compartir el artículo

stats