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Antón Saavedra

Tribuna

Antón Saavedra

Algo está cambiando y puede que no sea el clima

La situación del uso de la energía en el mundo y el calentamiento global

Quede dicho de antemano que ni soy negacionista ni negocionista, ni mucho menos me considero un científico en materia tan complicada para todos los científicos del mundo, pero mucho me gustaría que algún "sacerdote" de la religión CeDióstica me contestare a una cuestión que, desde hace muchos años revoletea en mi cabeza sobre el carbón al que se le ha cargado el "sambenito" de ser el principal de todos los males que atentan contra la vida del planeta tierra por su gran contaminación, según los conocidos ecoalarmistas de Greenpeace que financia la Fundación Rockefeller: Hace 56 millones de años, se habló de un misterioso aumento de carbono en la atmósfera que hizo subir la temperatura en todo el mundo, hasta el punto de que se fundieron los polos. La causa, según los científicos especializados en el tema, fue una emisión de carbono masivo y, en términos geológicos, repentino. Aquello duro 150.000 años, hasta que el exceso de carbono fue absorbido, produciéndose todo tipo de sequías, inundaciones, plagas de insectos y algunas extinciones (National Geographic 2012).

Sin embargo, una cuestión ha quedado muy clara: el carbón no fue responsable de nada, por la sencilla razón de que nadie lo estaba explotando. Por lo tanto, ya está bien de escuchar la repetida "letanía" de que, si es verde, como ahora ha decretado la Comisión Europea para la energía nuclear y el gas, vale, pero, si es negro, como el carbón, entonces no vale. Al final, se puede seguir soñando con ser verde, pero los sueños acaban siempre encontrándose con la realidad. Y la realidad es que, pese a los grandiosos y casi utópicos objetivos de alcanzar el 100% de la energía necesaria con las renovables en no se sabe qué año –llevo más de 50 años escuchando el final para el carbón y el petróleo–, más de la mitad de la energía consumida en el mundo sigue dependiendo directamente de estos combustibles fósiles, hasta el extremo de que nunca se ha consumido tanto carbón en el mundo como en la actualidad, según las cifras del Anuario Mundial de la Energía publicado en 2019.

Por ello, quien siga pensando que el "apocalipsis climático" es cosa de los tiempos actuales se equivoca, porque, como ha quedado expuesto, la narrativa actual del calentamiento global no es nueva.

En 1817, el presidente de la Royal Society de Londres descubrió que se había producido "un cambio climático considerable, inexplicable en la actualidad para nosotros" y dijo que esto conduciría a cambios en la accesibilidad de los mares árticos, pero aquello no pasaba de ser otra tontería. Un siglo después, en 1922, el Washington Post advertía que el Ártico se estaba calentando, que los icebergs escaseaban y que en algunos lugares las focas encontraban el agua demasiado caliente.

Más tarde, los ecoalarmistas al servicio del "electrofascismo global", de manera repentina dieron marcha atrás y, en la década de 1970, los expertos advirtieron que una nueva edad de hielo podría apoderarse del mundo en el transcurso de la vida de las generaciones presentes.

En 1975, un informe de la Nationale Academy of Sciences, titulado "Comprender el Cambio Climático, un programa para la acción", advertía sobre la posibilidad de que "un enfriamiento mundial serio puede caer sobre la tierra en los próximos cien años". Pues bien, ahora es el calentamiento. Aunque sólo sea porque, con la misma fuerza con la que unos defienden que la tierra será un brasero si no le ponemos remedio, otros vaticinan una inminente edad de hielo. De hecho, según informes muy recientes del Instituto Goddard de la NASA, el hielo de la Antártida ha crecido hasta su récord histórico, hay más osos polares que antes, los glaciares de Alaska engordan por primera vez en 250 años, la primera mitad de 2008 ha sido la más fría en cinco años, pudiendo concluir que la mayoría de los años del siglo XXI no están, ni mucho menos, entre los cien más cálidos.

En ese mismo año de 1975, la revista Newsweek publicó una historia llamada "The Cooling World" y predijo el comienzo de un dramático enfriamiento global que bien podría conducir a una drástica disminución en la producción de alimentos, llegando a la conclusión de que, si a la población se la siga asustando con una catarata de informaciones sesgadas, la gente será mucho más proclive a aceptar medidas draconianas que afecten a su calidad de vida. Más o menos es lo que viene ocurriendo en las grandes empresas, cuando tras obtener balances millonarios, tienen que justificar despidos: "es por el bien de todos". Es decir, el cuco del clima vale para un roto y para un descosido. En definitiva, lo que hace unos años era un camino hacia el infierno helado luego lo fue hacia el infierno calentado y ahora es posible que nos vengan con argumentos que nos dejarán helados.

Otro ejemplo histórico de estas prácticas lo fueron los sacerdotes del antiguo Egipto. Sus conocimientos astronómicos les permitieron predecir con asombrosa exactitud la venida de diferentes eclipses. De esta manera, simulaban dominar las fuerzas de la naturaleza, utilizando este recurso como medio de control de la población ignorante.

Es decir, el control del flujo de información permite hacer que ahora mismo estemos viviendo una "ola de calor". Si a esto le acompañamos mapas del tiempo en rojo (que antes no se publicaban con ese color), ya tendremos a toda una población convencida de que los incendios que asolan la península ibérica "son culpa nuestra". Por supuesto, nada habrán tenido que ver décadas de abandono de los territorios, legislaciones absurdas que sancionan hasta el recoger piñas del suelo, una gestión hídrica orientada al agronegocio y a la especulación urbanística y unas sutiles reformas de las leyes ambientales y de gestión del suelo que permitirán, en breve, el aprovechamiento económico de la tierra quemada.

En este contexto del mundo científico, para mí son tan importantes los estudios argumentados de los llamados científicos negacionistas, como despreciables aquellos científicos negocionistas que venden sus conocimientos al "electrofascismo" a través de sus fundaciones, Thik Tanks, y gobiernos. Científicos de reconocido prestigio internacional –los tildados de negacionistas–, que están siendo marginados y rectificados hasta el extremo de que cualquier disidencia es catalogada como bulo por los ahora omnipresentes fact checkers (verificadores de noticias) que se proclaman "neutrales e independientes", pero muy fácil de indagar sobre su coordinación y financiación. Es probable que muchos de estos científicos traten de demostrar que todavía existen demasiadas incertidumbres en la ciencia del cambio climático y que otros –científicos como ellos– puedan estar equivocados, pero tampoco merecen ser tratados como vulgares radicales negacionistas, condenados a investigar por libre y aislados de los medios de comunicación que sistemáticamente prefieren ofrecer informaciones en una sola dirección más "ortodoxa". Pero también es posible que no estén del todo equivocados, sino que simplemente estén pagando el precio de ser escépticos ante una disciplina –la ciencia sobre el calentamiento global– en la que el esceptismo está gravemente penado. Al final va a resultar cierto lo que dijo el primer científico que usó el término "calentamiento global", Wallace S. Broecker: "Sólo sabremos lo que pasará cuando ocurra".

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