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Javier García Cellino

Velando el fuego

Javier García Cellino

Los experimentos mejor con gaseosa

Dejarse llevar por la imaginación y poder eliminar todo lo superfluo o lo molesto en la sociedad

Hay días en que al levantarse de la cama nos duelen todos los huesos, como si nos hubiera atropellado una procesión de autobuses; mientras que otros parece que flotamos en un envoltorio ligero, en uno de esos suspiros que van por el aire sin apenas hacer ningún ruido.

De modo que hay que aprovechar esas ocasiones para zambullirse en el mar de la imaginación, me dije, que a fin de cuentas es el único paraíso del que nunca podremos ser expulsados. Y ahí estaba yo, presa de febriles ideas que se iban amontonando a mi lado, convencido de que era posible cambiar el mundo si lo conseguía poner del revés.

Así que me dispuse a viajar por un país imaginario, donde las cosas nada tendrían que ver con el terreno que pisaba todos los días. No había dudas, me repetí más de una vez, de que la mudanza de hábitos y costumbres ejercería un efecto benéfico en la sociedad. Comencé mi labor armado con una goma gigante de borrar y con unas tijeras del tamaño de una pirámide.

El primer turno le correspondió a las estaciones del año. Si la fatiga, la disminución del apetito o la pérdida de cabello son, entre otras, consecuencias de la primavera, estaba claro que había que suprimir la fecha del 21 de marzo del calendario. Durante unos instantes tuve un sentimiento de culpabilidad al pensar en las golondrinas, pero pronto me repuse y di a la tecla de borrar. Después hice lo mismo con el resto de los temas que producían efectos nocivos. Al llegar al tráfico urbano no me atreví a eliminar los coches de las calles y carreteras, con el objeto de evitar el estrés y la contaminación ambiental, así que me conformé con hacer desaparecer los tubos de escape.

Tras un largo trayecto por descartes y liquidaciones de todo tipo, le llegó el turno a la política. Estaba convencido de que las encuestas eran un estorbo que, en todo caso, solo servía para añadir más confusión al mapa electoral, por lo que no me tembló la mano, o la tijera, para dar un corte definitivo.

Mas a partir de este momento las cosas comenzaron a cambiar. Diríase que la mudanza abría grietas en el sótano personal, pues pronto llegaron las primeras reclamaciones. Nadie protestaba por la ausencia de la primavera o de los tubos de escape o de otras tachaduras. La algarabía, con visos ya de huelga general, llegaba por el lado de las extintas apuestas preelectorales.

Los primeros que se pusieron a la cabeza fueron los dueños de los medios de información. Se les privaba de una valiosa fuente de noticias para rellenar huecos en los diarios o en la televisión, y no estaban dispuestos a consentir semejante pérdida económica –el tono era amenazante–. A su lado, y cogidos de la misma pancarta, aparecieron los líderes políticos. Bajo ningún concepto permitirían que se hurtara a los ciudadanos de las previsiones de cada partido (nada opinaron sobre que ya estaban previamente precocinadas). Pero aún faltaba lo peor por llegar. Y como es lógico cuando amanece con nubarrones, la lluvia hizo pronto su aparición. Un grupo numeroso de ciudadanos se había unido al cortejo, que no cesaba de protestar. En una sociedad democrática es bueno estar bien informados, y por eso queremos que vuelvan las encuestas, pues pueden resolver muchas dudas a la hora de depositar nuestro voto en las urnas, dijo uno de ellos cuando pasó a mi lado (sic).

Pronto me vi rodeado por todas partes, lo que me obligó, como medida de prudencia, a suspender mi viaje imaginativo. Recordé entonces una frase conocida: "Los experimentos mejor con gaseosa". Así que, de inmediato, borré el disco duro. Por si acaso.

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