Opinión | de lo nuestro Historias Heterodoxas
Un proyecto de don José Tartiere
El industrial propuso un plan para aprovechar las aguas de Mieres, Morcín y Ribera de Arriba para la generación de energía eléctrica
Aunque en algunas partes puede leerse que el ferrocarril Vasco-Asturiano se denomina así porque sus principales accionistas –Víctor Chávarri y José Tartiere– tenían, respectivamente, estos orígenes, la verdad es que los dos industriales fueron vascos: el primero de Portugalete y, el segundo, de Bilbao. Chávarri está vinculado a la historia de la Montaña Central por su participación en el desarrollo de la empresa Hulleras de Turón; Tartiere también tuvo mucho que ver en varias empresas relacionadas con nuestra tierra, como la Sociedad Minera del Caudal y del Aller, fundada en 1916; pero hoy quiero hablarles de algo menos conocido: su proyecto para crear una pequeña presa en el río Caudal destinada a la producción de energía eléctrica.
Antes de nada, vamos con cuatro datos sobre este personaje cuyos rasgos físicos seguramente recordarán ustedes porque seguro que han visto muchas veces su escultura presidiendo el paseo de los Álamos en el Campo de San Francisco de Oviedo.
José Tartiere y Lenegre era vasco por nacimiento, como ya he dicho, aunque de sangre francesa. Perteneció a una familia bien acomodada, que pudo pagarle sin problemas los estudios de Ingeniería, y él respondió destacando por su aplicación.
Cuando llegó a Asturias en 1875, a pesar de que solo contaba 27 años, venía avalado por su brillante historial académico, ya que había sido el número uno de su promoción en la Escuela de Ingenieros Industriales de Barcelona. Y gracias a la combinación de esta inteligencia, con la audacia que siempre da la juventud, en 1880 ya registró en Oviedo una sociedad anónima dedicada originalmente a la producción de pólvora y, quince años más tarde, con otros socios, la Sociedad Industrial Asturiana Santa Bárbara, que diversificó sus negocios en fábricas, bancos y ferrocarriles.
Sin embargo, Tartiere no responde al modelo de capitalista dedicado solo a aumentar sus beneficios. A lo largo de su vida tuvo siempre intereses culturales y, ya en la vejez, dos años después de que, en 1921, el rey Alfonso XIII le concediese el título de I conde de Santa Bárbara de Lugones, fundó el emblemático periódico «La Voz de Asturias».
Como hombre de progreso, le interesó mucho lo relacionado con las novedades que trajo su época. De modo que, en 1898, no dudó en apostar por la Sociedad Telefónica de Asturias y también se convirtió en el abanderado de la modernidad impulsando los abastecimientos de agua, electricidad y producción de gas que empezaban a desarrollarse en esta región.
En este sentido, también en el año1898 creó la Sociedad Popular Ovetense para aprovechar las aguas recogidas en los manantiales del Aramo y las de cualquier otro manantial o río que pudiese ayudar al abastecimiento de la capital y a la producción de energía eléctrica.

Un proyecto de don José Tartiere / Ernesto BURGOS
De hecho, la figura de José Tartiere evoca siempre otra magna obra dedicada a los mismos fines: la central hidroeléctrica de La Malva, que incluyó la construcción de 17 kilómetros de túneles y 570 metros de saltos, además de la instalación posterior de los primeros 73 kilómetros de redes de alta tensión que la enlazaron con los núcleos de población a los que abasteció de luz.
En este proyecto estuvieron con él el banquero Policarpo Herrero y otros cinco socios que constituyeron la sociedad civil privada Saltos de Agua de Somiedo, porque todo se basaba en el aprovechamiento de los ríos y lagos de esta zona. Sin embargo, Tartiere tampoco dejó de lado otros trabajos de menor envergadura y, entre ellos, estuvo uno que, aunque acabó quedando en el olvido, merece que nos ocupemos de él en esta página que trata de recuperar nuestra pequeña historia.
Fue una idea que no siguió adelante, tal vez porque el ingeniero la planteó en 1920, el mismo año en el que se constituyó la Sociedad Anónima Hidroeléctrica del Cantábrico, heredera de aquella primera de Somiedo, y, a la vez, comenzó la ampliación de la central de La Malva aprovechando el río Saliencia y el arroyo de La Braña. Pero el caso es que, el 27 de abril de aquel año, se publicó en el Boletín Oficial de la provincia el anuncio de que don José solicitaba la concesión de aprovechamiento de 12.000 litros de agua por segundo derivados de los ríos Caudal y La Foz para producir energía eléctrica.
El plan, que afectaba a los concejos de Mieres, Morcín y Ribera de Arriba, requería la construcción de dos pequeñas presas de 1,50 metros de altura cada una. La primera debía cortar el río Caudal 300 metros aguas abajo de la confluencia del arroyo de Lloreo en un punto próximo al desagüe del molino llamado «de Abajo» –cerca de Ablaña, especificaba el anuncio. A partir de aquí, su canal de derivación tenía que ser capaz de conducir 10.000 litros de agua por segundo con una ligerísima pendiente por la margen izquierda del río, atravesando en túnel cuatro macizos de roca para cruzar el río de La Foz doscientos metros aguas arriba de su desembocadura en el Caudal mediante un acueducto de hormigón armado y doce metros de luz.
La segunda presa debía estar preparada para la derivación de los otros 2.000 metros de agua por segundo y tendría que levantarse 1.070 metros aguas arriba de la confluencia de los dos ríos, también en pendiente por la margen izquierda del de La Foz para unirse con el canal principal a la salida del acueducto que cortaría dicho río. Desde allí, el canal principal paralelo al Caudal tendría que salvar mediante seis túneles otros tantos escobios y rocas para cruzar a la margen derecha por otro acueducto también de hormigón armado, sirviendo a la vez de paso superior sobre el ferrocarril Vasco-Asturiano a unos 50 metros más arriba del puente que ya comunicaba los pueblos de Parteayer y Santa Eulalia.
Luego finalizaría encima de Barco de Soto (entonces se llamaba así a Soto de Ribera) con una longitud total de 7.751 metros donde estaba proyectada la cámara de carga, origen de la tubería que terminaba en la casa de máquinas en la margen izquierda del río Nalón, 25 metros aguas arriba del puente metálico de Oviedo a Barco de Soto. Y en este punto se establecía también el desagüe del caudal aprovechado.
Según Tartiere, el salto así obtenido iba a producir una potencia máxima de 4.800 HP y, a partir de esta publicación, quedó establecido el plazo habitual de un mes para que los ayuntamientos pudiesen examinar el proyecto y hacer las alegaciones pertinentes. No sé si alguien habrá llegado más lejos en este asunto, pero yo, después de consultar los boletines de aquellos días, no he encontrado ninguna referencia más, por lo que –siempre pendiente de otras investigaciones– todo indica que el plan acabó traspapelándose.
En aquellos años la energía eléctrica estaba cambiando la vida de todas las ciudades e incluso el paisaje urbano, ya que los tendidos se multiplicaba por todas las ciudades y en muy poco tiempo las bombillas habían pasado de ser una rareza para resultar indispensables en cualquier vivienda.
El alumbrado público en Mieres, igual que sucedió en otras ciudades se atendía hasta finales del siglo XIX con farolas de petróleo que los serenos encendían cuando iniciaban su turno y apagaban al término de su jornada con la salida del sol, hasta que se puso en funcionamiento la casa de Máquinas de Barredo, aunque ya a mediados de la década de 1880, según nos explicó en una de sus publicaciones la historiadora María Fernanda Fernández, la Escuela de Capataces de Minas contaba con un sencillo sistema que generaba fluido eléctrico para uso propio.
Por otra parte, en el libro de Félix Martín Vázquez «Mieres y su concejo», que ya he señalado en otras ocasiones como el mejor trabajo escrito sobre esta villa, se especifica que el servicio de luz eléctrica para el municipio se ensayó durante las fiestas de San Xuan de 1896 y se hizo efectivo el primer día de enero del año siguiente bajo control único del Ayuntamiento. Y en paralelo la industria local también avanzaba por la misma senda de progreso, ya que, según leemos en la Revista Minera, en 1897 el taller de aceros de Fábrica de Mieres sumó dos grúas eléctricas a las dos de vapor ya existentes.
Cuando don José presentó su plan para hacer estas presas sobre el río Caudal la electricidad ya era algo habitual e indispensable en todas las explotaciones y diferentes empresas particulares habían puesto en marcha sus propios negocios basados en la demanda de energía que ya tenía la ciudadanía.
Don José Tartiere y Lenegre falleció el 18 de abril de 1927.
No podemos incluirlo entre los paladines de la industrialización de la Montaña Central; sin embargo, su proyecto es un ejemplo más para apoyar el hecho histórico de que las ideas que ayudaron a nuestro progreso siempre vinieron de fuera.
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