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Javier García Cellino

Velando el fuego

Javier García Cellino

El campo de concentración de Arnao

Una escultura recuerda este emblema de la represión franquista en Asturias

Si bien es cierto que la mayoría de los temas con los que suelo asomarme a esta columna semanal proceden de las conversaciones que tienen lugar en la tertulia del bar: ya saben, ese apetecible rincón donde, como recuerdo con frecuencia, tomo mi primer descafeinado mañanero; en otras ocasiones, después de "estudiar" la prensa, como me dice la dueña del bar, tomo notas en una servilleta de alguna noticia que me parece interesante o le hago una fotografía con el móvil.

De modo que como de un puente se pasa a otro, como también he apuntado alguna vez, el campo de concentración de Arnao me llevó en sus aguas hasta dos fechas importantes para mí. Antes, debo decir que en este caso la noticia que retraté con mi dispositivo portátil procedía de una página de LA NUEVA ESPAÑA, bajo el epígrafe: "Una escultura evoca el dolor del campo de concentración de Arnao". La primera de esas fechas se remonta a 1958, con motivo de la entrega del Premio Nobel de Literatura a Albert Camus. Entre las frases que fueron hilvanando su magnífico discurso, hay una que forma parte de mi principal imaginario desde que tuve la suerte de leerla: "El papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren”.

De ahí a atravesar un segundo puente no hubo más que un paso (por mucho que desde entonces haya transcurrido más de medio siglo). Muchos de quienes sufrieron la historia de la barbarie franquista o bien fueron aniquilados o, como en este caso, confinados en campos de concentración (entre 1936 y 1947 funcionaron al menos entre cerca de doscientos y trescientos, una historia escasamente narrada), que fueron la primer pata de un sistema represivo, de un holocausto ideológico que convirtió a nuestro país en una inmensa cárcel repleta de fosas: asesinatos; muertes por hambre; enfermedades; todo tipo de torturas y humillaciones…

Además, este segundo puente tiene para mí un componente afectivo especial, pues mi padre, Jesús, fue uno de los damnificados por esta negra historia y pasó unos cuantos meses internado allí. A su pertenencia a una familia de izquierdas, se sumaba en esta ocasión que era el hermano de un comunista, Aquilino, que había tenido un cierto protagonismo en esa época, y del que nada se sabía. Averiguar su paradero (desde la caída del frente de Asturias nunca más se tuvieron noticias suyas, por lo que a buen seguro formará parte de ese ejército de esqueletos que conviven en alguna fosa de las que aún los nostálgicos de aquel régimen se resisten a abrir), era uno de los objetivos de quienes dirigían el campo. De este modo, y a veces se conseguía, los fugados se veían obligados a presentarse, no fuera que sus familiares: mujeres, hijos, hermanos y demás sufrieran las consecuencias.

Son de agradecer actuaciones de este tipo, como la colocación de la escultura de que hablamos. Su autor, Carlos García, rinde así homenaje a los miles de presos confinados entre 1938 y 1943, sobre todo mujeres y niños. Habrá quien piense al leer estas líneas que los hechos que narro sucedieron hace mucho tiempo, y que mejor no remover la historia; pero este es, precisamente, uno de los peores errores que podemos cometer.

Como escribió Varlam Shalamov, cualquier ejecución puede repetirse (no hace falta más que girar estos días la vista hacia Irán). Y, en consecuencia –prosigue el escritor, periodista y poeta ruso–, una reflexión sobre estos campos es también una reflexión sobre nuestra sociedad, sobre las raíces de fenómenos que están presentes de forma latente en nuestro tiempo.

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