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José Manuel Ibáñez

Lo que somos

Nuestro valle, o mejor las Cuencas, hace ya mucho tiempo que entraron en una profunda somnolencia y dejadez, que cada vez se va acentuando más. Con independencia de que cada cual puede comprobarlo fehacientemente, los datos que a diario se nos ofrecen no pueden ser más desalentadores. Estos días atrás nos dicen que tanto el valle del Caudal como el del Nalón seguirán perdiendo habitantes de forma constante, con una sangría a la que no se ve final.

Durante muchas décadas hemos sido los «gallos de la quintana» a nivel nacional, amén de referente industrial. Ahora, nuestro porvenir casi exclusivamente está ligado al sector servicios, pero con aviso incluido de que nuestra comunidad es la que menos trabajo creará y menos crecerá de todo el conjunto del país. Los trabajos que más se van a ofrecer son los de camareros, limpiadores y dependientes, fiándolo todo a un turismo que, obviamente, está por ver.

Cierto que tanto el Caudal como el Nalón tienen que ofrecer al turista cosas interesantes, pero con la reserva de no vivir exclusivamente de ellos. Si acaso como simple complemento, por mucho que nos lo quieran vender.

Hasta aquí hemos llegado –mejor nos han arrastrado– las connivencias y el desprecio de la clase política en el manejo de cientos de millones de los fondos mineros que se dilapidaron en chorradas, obras innecesarias o chiringuitos para amigos, que a los cuatro días desmontaron el decorado de cartón piedra y arrearon con la pasta. Inicialmente, como inversión principal su destino era la reindustrialización de las zonas, y viviendas asequibles para fijar población, sobre todo joven. Cero patatero.

Eso sí, nos quedan museos para recordarnos nuestro glorioso pasado industrial y minero, que nos sirven para cabrearnos más al contemplar lo que fuimos y lo que somos en la actualidad. Muchos son los culpables, pero se han ido todos de rositas y sus herederos echando balones fuera o silbando tangos.

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