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Refugios antiaéreos en Mieres

Un recorrido por las construcciones que ampararon a los vecinos de la ofensiva por aire del bando franquista durante la Guerra Civil

Hacer unos días mi amigo el sargento primero reservista Juan Carlos García Palacio me dio una pista acerca de un expediente guardado en el archivo municipal de Mieres con alguna información sobre el refugio antiaéreo que se levantó en el patio del Grupo Escolar durante la última guerra civil y del que se conservan varias fotografías.

En cuanto pude fui a comprobarlo y no tarde en tener delante lo que buscaba, pero además nuestra archivera –a quien agradezco desde aquí su eterna paciencia y la amabilidad que tiene con los investigadores– me mostró otros informes que yo desconocía sobre más construcciones que tuvieron la misma función, repartidas por todo el concejo.

Esta documentación puede fundamentar un trabajo bastante más extenso que lo que permite esta página, algo que Juan Carlos y yo nos comprometemos a hacer conjuntamente más adelante. De momento, ahora quiero traerles algunos datos sobre estas obras que me parecen muy interesantes y supongo que serán desconocidos por la mayoría de ustedes.

Los vecinos y vecinas de la Montaña Central ya conocían las consecuencias de los bombardeos desde la revolución de octubre de 1934, pero tras el alzamiento militar estas acciones se multiplicaron y para paliar sus efectos tuvieron que colocarse sirenas de aviso en las zonas más habitadas intentando que esta medida ayudase a ganar la carrera a la muerte.

Inicialmente los únicos lugares en los que se podía encontrar amparo eran las numerosas bocaminas que en mucho casos estaban abiertas muy cerca de los pueblos; sin embargo, en muchas zonas urbanizadas no existía esta posibilidad y tuvieron que ser los mismos vecinos quienes plantearon las primeras obras de defensa, hasta que en la primavera de 1937 llegó la orden de movilización del Consejo Interprovincial de Asturias y León para crear una red eficaz de protección en el territorio de su jurisdicción.

El 18 de noviembre de 1936, el alcalde de barrio de La Peña, Julio García Suárez, remitió al Ayuntamiento una carta en la que decía haber recibido un comunicado firmado por el maestro nacional de La Caseta, quien le explicaba que los niños se resistían a acudir a las clases por temor a los bombardeos. Por ello solicitó que se permitiese la construcción de un refugio en la parte de atrás de las escuelas donde ya existía un muro de contención de unos cuatro metros de altura, y aclaraba que en el pueblo había mineros de sobra que podían encargarse de los trabajos.

Una semana más tarde, el Sindicato del Ramo de la Construcción de Mieres también pidió permiso para construir un refugio subterráneo en la calle Manuel Llaneza, bajo la casa de don Manuel Fernández García donde estaba abierta la confitería Modelo. Estos fueron los dos primeros, y ya en enero de 1937 se realizaron obras de protección en aquellos puntos en los que resultaba relativamente fácil adecuar otras estructuras anteriores.

Lógicamente, en aquellos casos que lo permitían se aprovechó lo que ya existía; por ejemplo en la bocamina de El Peñón, abierta en el cruce de las dos principales calles de la villa y que ya estaba sirviendo a este fin desde el inicio de la contienda. Allí solo hubo que proteger la entrada colocando una potente cubierta sustentada por chapas, viguetas y carriles, que según el croquis conservado en archivo tenían un grosor mínimo de 180 mm y una longitud de 3,50 o 4 metros.

También se abrió otro refugio para dar seguridad al populoso barrio de Requejo que limitaba por uno de sus laterales con el río San Juan y el ferrocarril minero de Baltasara. La vía se extendía sobre una fuerte fábrica de piedra y aquí los trabajos consistieron en retirar algunos bloques para poder acceder con rapidez al espacio habilitado en la propia tierra. Este punto estaba en aquel momento en una finca particular y actualmente se llega a él por la senda peatonal que conduce al cementerio de La Belonga. Hace años Florentino Romero me lo señaló exactamente, pero ahora es muy difícil de distinguir.

Con la misma técnica se habilitó otro refugio detrás del potente muro de sillería de El Fuerte, frente al edificio consistorial, al que se accedía por sendas entradas abiertas en cada lateral de la estructura.

Pero con el tiempo la ofensiva aérea del bando franquista se recrudecía siguiendo la estrategia de no distinguir a los objetivos militares de los civiles para minar así la moral de los republicanos, de manera que el 3 de mayo de 1937, el alcalde de Mieres, Ramón González Peña, hizo público un bando con una instrucción de la Jefatura del Estado Mayor de los Ejércitos de Asturias, que a su vez cumplía un decreto del Ministerio de la Guerra, llamando a la movilización obligatoria de todos los varones comprendidos entre los 20 y los 45 años y voluntaria de quienes tuviesen de 17 a 19 y de 46 a 50 que aún no estuviesen militarizados, para que se presentasen en sus Alcaldías de Barrio respectivas.

El llamamiento tenía por objeto la realización de trabajos de fortificación o comunicaciones, que en el caso de los obligados debía ser de 60 horas, y el organismo encargado de regular estas labores fue la Junta de Defensa Civil. En el mes de junio la orden se completó con otra que daba más detalles: cada grupo debía estar formado por 25 personas y la responsabilidad de controlarlos recayó sobre los comandantes militares de los partidos judiciales. Estos, después de pedir consejo a sus asesores técnicos tenían que designar un jefe para cada grupo, que preferentemente sería un obrero de la construcción con experiencia demostrada o en su defecto alguien con la profesión adecuada para asumir esta función.

Sin embargo, parece que antes de la llegada de esta orden ya existía una regulación sobre estas construcciones, al menos en lo referente al aporte de materiales, ya que hay un documento que así lo prueba. Se trata de la denegación de pago de la factura presentada por el alcalde de barrio de Rozaes de Bazuelo, Santos Álvarez, para que se le abonasen 26,80 pesetas que habían costado 22 piezas de madera y 12 docenas de bastones empleados en la adecuación de su refugio. Era una cantidad menor, pero aún así la sesión permanente del 19 de abril de 1937 lo denegó porque se entendía que “la norma de prestación obligada del vecindario” no lo contemplaba.

Lo cierto es que a finales de julio ya se estaba levantando en el patio del Grupo Escolar un refugio antiaéreo siguiendo el llamado «modelo B» con capacidad para 500 personas. Desconozco cuáles eran las características de cada modelo de refugio, pero por la imagen que tenemos de este, se trata de una construcción sobre el terreno sustentada por un fuerte armazón de hierro.

Diez años más tarde, ya en tiempos de paz, estorbaba a las actividades escolares y se encargó su demolición a don Vicente Blanco Suárez, quien además de obtener del Ayuntamiento los explosivos y herramientas que tuvo que emplear, cobró mil pesetas y se quedó con el hierro y otros materiales aprovechables valorados en otras diez mil.

Al mismo tiempo que este refugio del Grupo Escolar, se inició en Figaredo la construcción de otro del «modelo E», que en este caso fue subterráneo y consistió en tres minas comunicadas interiormente con una profundidad de diez metros. También se anunció aquel mes que Ujo y Ablaña y las barriadas mierenses de Requejo y Oñón, iban a contar con estructuras parecidas, adoptando para cada lugar el modelo más adecuado entre los propuestos por las autoridades militares.

Algunas de estas obras se encontraron con dificultades imprevistas. Por ejemplo el de Cortina, done una denuncia obligó a suspender momentáneamente los trabajos cuando que ya estaban muy avanzados. Al parecer alguien había presentado una queja porque la tierra extraída se iba depositando al lado de una reguera y en caso de lluvia abundante se podía producir un corrimiento provocando una inundación.

Los vecinos fueron apercibidos y se apresuraron a pedir disculpas asegurando que se trataba de un depósito provisional mientras se ensanchaba el camino para que pudiese pasar un carro y llevar los escombros a otro sitio en el que no resultasen peligrosos. Una vez resuelto el problema, la obra siguió adelante.

La recuperación de los refugios antiaéreos de la última guerra se ha multiplicado en los últimos años por toda España; los más característicos tienen la consideración de elementos patrimoniales y se incluyen en los itinerarios de turismo cultural. La mayor parte de los que acabo de citar ya han desaparecido, pero desconocemos lo que puede haber detrás del muro del Fuerte o bajo la vía de Baltasara, aunque podríamos encontrarnos con alguna sorpresa agradable porque estaban dotados de estructuras destinadas a resistir. Sería cuestión de revisar planos o incluso de realizar alguna cata para ver su estado; pero, como comprenderán, este paso ya se me escapa.

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