Opinión
¿Ataque o emboscada?
La conducta del dueño del can agresor tras la inesperada acometida en un espacio público
No, no me refiero en esta ocasión a ninguna cuestión literaria, sino a un hecho que bien podría haber ocupado los titulares de una página de sucesos: el violento ataque que he padecido en la pista finlandesa de Los Llerones de Sama de Langreo por un perro pastor alemán.
Vivimos tiempos líquidos, donde los jóvenes se ufanan por conseguir cualquier efímera notoriedad, generalmente a través de vídeos subidos a Internet, o de la difusión de estos en los círculos más restringidos de sus contactos, donde exhiben sin recato sus escabrosas hazañas y sus más irrespetuosas ocurrencias. Y los ataques de perros a personas desprevenidas parece una de ellas, a tenor de los vídeos que proliferan por las pantallitas de los teléfonos móviles. Por lo que tal vez, dentro de este contexto, pueda explicarse el inexplicable acaecido del pasado jueves 5 de octubre, hacia las ocho y media de la mañana, en la pista finlandesa de Sama de Langreo.
Esa cálida madrugada disfrutaba corriendo por mi hermosa y querida ribera del Nalón, al ritmo propio de mis 65 años, pensando en la fugacidad del tiempo y en mis amigos de entonces; ya que siempre que deambulo por esa orilla me parece que ha sido ayer cuando era uno de los estudiantes de bachiller del Instituto Jerónimo González: "Tempus irreparabile fugit".
En uno de los extremos de la pista finlandesa, el más aledaño al puente de La Maquinilla, pude observar a dos jóvenes ensimismados en sus teléfonos móviles en compañía de un perro pastor alemán que campeaba libremente por la verde planicie aluvial del río. Al verme a lo lejos, los dos jóvenes se alejaron unos metros de la senda marcada para los corredores, mientras uno de ellos sujetaba al perro con una correa metálica. Yo no noté nada extraño en su proceder, más allá del habitual incumplimiento de la prohibición de la presencia de perros en la pista finlandesa, por lo que continúe mi marcha y mis nostálgicos pensamientos, hasta llegar a su altura y darles la espalda.
En ese momento, el idílico silencio quedó quebrado por un tsunami incontenible de jadeos que me azotaron contra el suelo. Entonces me di cuenta de que el pavoroso animal que me atacaba buscaba incesantemente mi cuello, a través de diferentes tentativas, mientras me mordía la espalda, el muslo izquierdo y las manos con las que trataba de proteger mi cuello y mi vida. Si hacía unos minutos pensaba en la fugacidad del tiempo, evocando mi época de estudiante, puedo asegurar que esos angustiosos momentos se me hicieron eternos, hasta que el dueño del animal se acercó dándole una precisa orden para que se separase de mi maltrecho cuerpo.
Lo que me resultó extraño fue la obediencia del perro y la conducta de su dueño. No dio ninguna voz alertándome del ataque del animal, y tampoco lo reprendió tras producirse este, más bien lo recompensó con unas caricias. El perro, desde entonces, en ningún momento se puso violento conmigo, sino que se sentó dócilmente al lado de su dueño. Pero la cuestión no terminó ahí, sino que, ante la gravedad de la situación, saqué como pude mi móvil para hacerle una foto al perro y al dueño, así como a su impertérrito acompañante. Y fue entonces, cuando, dirigiéndose a mí intimidadoramente con el can, me conminó con un asertivo "No me grave", haciéndome una peineta mientras los dos se alejaban con el perro, dejándome allí, dolorido, tendido en la tierra.
Los daños ya los he señalado, salvo una contusión en la región orbital, tal vez desencadenada por la brutal caída al suelo. Pero lo más normal en estos casos es que una agresión de ese tipo acabe, en personas de mi edad, con el bazo o una cadera rota, por no citar un infarto de miocardio por el estrés y la humillación padecida.
Una sociedad democrática no puede permitir que dos desalmados con un perro –por perverso divertimento o aviesa irresponsabilidad– agredan y vejen a uno de sus ciudadanos, sino quiere que se degraden sus espacios públicos de convivencia. Por lo que considero un deber cívico comentar este triste suceso que me ha tocado padecer, al entenderlo como un alarmante síntoma que debe alertar a las autoridades a intervenir, sobre todo a las locales, para evitar males mayores.
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