Opinión
Política del buen afecto
Aníbal Vázquez mejoró la vida pública mediante una fórmula que mezclaba honradez y cariño hacia la gente
Estos días, tras la muerte del entrañable amigo, me han preguntado por las virtudes que convirtieron a Aníbal Vázquez en alguien tan apreciado y popular, casi una leyenda. Es difícil resumir, pero creo que su gran aportación a la política mierense, asturiana y española fue la imbatible fórmula con la que siempre conquistó a todos, antes incluso de ser elegido alcalde por heterogéneas mayorías de votantes: el buen afecto, la cercanía, el esmero en el cariño, la cordialidad en el trato fueras o no de su cuerda. Y una honradez a prueba de los más ofídicos dañadores. A su lado te sentías siempre en la mejor de las compañías.
Aníbal era una persona hecha a sí misma, en circunstancias que inclinan a otros hacia el fracaso, el resentimiento memorioso, la acritud como trinchera. Ojo, recurro a palabras que no estaban en su diccionario. Su biografía, marcada por la temprana muerte de su madre, la silicosis del padre o la desnortada vida de su hermano Javier, fallecido aún muy joven, fue el crisol en el que se templó una personalidad firme y a la vez emotiva, sobresaliente en todo caso. Un guaje criado en el barrio de San Pedro, en Mieres del Camín, que supo encontrar en la familia (Belén, claro, y sus hijos Susana y David), en las calles y los tajos, en CC OO e Izquierda Unida, en las asambleas y los bares, las vías para canalizar sus muchas inquietudes y una lealtad inquebrantable hacia su gente, o sea, hacia esa multitud que lloró, aplaudió y se estremeció al honrar el féretro de su alcalde en la hora del adiós.
Era un tipo nacido para el júbilo y la fraternidad, para la camaradería de las causas públicas: la justicia social, la lucha contra las desigualdades, la atención a los perdedores de la Historia… Todas esas preocupaciones enhebraron su vida desde que, todavía adolescente, empezó a trabajar de recadero o con los albañiles por los andamios de la necesidad. Y de ahí a la mina, donde abrazó la condición obrera en los años del tardofranquismo. Entonces, los indóciles a la dictadura estaban siempre a un tris del despido o de la cárcel.
Nunca fue Aníbal un sindicalista de mármol o un político fastidioso. Tampoco un rojo unidimensional sujeto a la matraca de los tópicos del manual retórico de la izquierda. Influyó, quizá, su juventud bajo los palos de una portería de fútbol (cuántos buenos jugadores dio la Placina), donde aprendió que el balón nunca viene por donde uno lo espera, como explicó Camus, que jugó en esa misma posición. Y también, sin duda, que amaba el baile, la música, la ironía, el Sporting, la francachela, la celebración de la vida y el fulgor de la esperanza. Y porque nunca perdió el deseo de aprender, de ampliar su ilustración. Admiraba las tradiciones de aquel proletariado que fundaba ateneos con biblioteca. Y esas inquietudes, además de la recia militancia en la cofradía de la amistad, le llevaron a participar en Tertulia 17, en Radio Parpayuela o a crear esa extraordinaria suma que es la Asociación Santa Bárbara.
Hasta el final, Aníbal cumplió una vida de coherente defensa de sus convicciones. Tuvo la generosidad de dedicar los años de jubilación a su pueblo. La rendición no entraba en sus planes, así que plantó cara al relato de la decadencia o al fuego amigo. Y quiso construir un faro de esperanza para Mieres, las Cuencas y Asturias. En ese noble y esforzado empeño le sorprendió la muerte a pie de obra, ensanchando la democracia, alumbrando un futuro después del desastre. Nos queda el esplendoroso legado de su manera de hacer política: un acto de desprendido servicio porque le gustaba querer y ser querido. Cómo no vamos a echarte de menos, paisano.
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