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Algunos apuntes sobre nuestro Camino de Santiago

La trascendencia de la ruta jacobea por Mieres queda reflejada en los albergues, los estudios y las personalidades que realizaron la peregrinación

La tradición nos dice que la tumba del apóstol Santiago se encontró en el año 813 y poco más tarde, en el 834, el rey Alfonso II dirigió la primera peregrinación a Compostela. Tal vez este relato que convierte a Oviedo en «Origen del Camino» como reza el slogan turístico podría matizarse, pero esa labor corresponde a los expertos medievalistas. Lo cierto es que tenemos constancia de que poco después los peregrinos extranjeros ya empezaron a cruzar los Pirineos para dirigirse por tierras de Burgos hasta León, y allí, mientras unos continuaban por tierras bercianas, los más piadosos elegían la ruta asturiana para hacer una parada especial dando culto al Salvador en el mismo Oviedo.

La entrada en nuestra región podía hacerse por varios puertos, como lo prueban los testimonios materiales de la peregrinación que abundan en el concejo de Aller, aunque sin duda el camino más frecuentado fue el que bajaba desde Pajares para cruzar el Conceyón de Lena y seguir por Olloniego hasta la capital.

Según la profesora Mayte Zapico López, «a partir del siglo XII, el asentamiento de Mieres se revitalizó al calor de los peregrinos que desde León hacia Oviedo y viceversa hacían el camino de Santiago y aprovechaban para visitar las reliquias de la Cámara Santa». Ella ha estudiado bien este periodo y apunta que ya en 1103, el rey Alfonso VI donó a la iglesia de San Salvador de Oviedo y a su obispo Pelayo la villa de Baíña con la obligación de que se facilitase alojamiento de los peregrinos.

Poco después, en otro documento de 1143 también encontramos un testamento de dos vecinos mierenses a la misma iglesia ovetense. Esta vez legaron el lugar de Aguilar en Monte Copián con la idéntica intención de que se atendiese allí a los peregrinos y a los viajeros en sus necesidades; luego, empezamos a ver referencias a una alberguería emplazada junto al puente que unía las dos orillas del Caudal a la altura de Requexáu fechadas antes de que finalizase dicho siglo.

Desde este momento, los documentos relacionados de una forma u otra con el Camino de Santiago en el tramo de Mieres van haciéndose más frecuentes y llega un momento en el que podemos vincularlos con restos materiales que todavía se conservan. Por ejemplo, el doctor José Ramón Tolivar Faes dató la leprosería de la Rebollada en 1266 y es cierto que funcionó como tal hasta principios del siglo XVIII; pero cuando ya no quedaban malatos, el «Hospitalón» aún fue restaurado, por lo es muy probable que se dedicase a acoger peregrinos. También la «torre fuerte» –seguramente de origen romano–, que aprovecharon en 1474 los Bernaldo de Quirós para construir a partir de ella su palacio, está vinculada al Camino y aún la vemos en pie.

Además, Alberto Montero Prieto en el magnífico trabajo que publicó en 1993 sobre los hospitales de peregrinos del sur de Asturias relacionados con la ruta jacobea describe perfectamente el funcionamiento del primero de estos establecimientos que existió en Mieres, posiblemente inaugurado en La Cai de La Villa y que se emplazó definitivamente en La Paraxuela.

En este caso, el edificio ya ha desaparecido, pero sí se conserva –o eso espero– la imagen de Santa Catalina que había en su capilla y de la que guardo unas fotografías obtenidas por Julio León Costales en una visita que hicimos juntos hace décadas a la pequeña ermita de Santa Bárbara en Brañanoveles, donde se encontraba.

Es cierto que ahora ya se empieza a tomar constancia del potencial de Mieres como villa caminera, pero debería hacerse sin olvidar el rigor histórico, que cada vez es más demandado por quienes gustan del llamado «turismo cultural». Por ello estaría bien señalizar estos lugares con una pequeña explicación de su historia y también corregir el trazado propuesto que anima a los peregrinos a entrar en el centro urbano por el puente de La Perra, en vez de hacerlo por la pasarela peatonal cercana a La Fonda, que se ajusta mejor al trazado original del paso primitivo.

El estudio de nuestro Camino está en mantillas y ofrece muchas posibilidades. Vean como ejemplo estas breves notas sobre algunos personajes extranjeros que lo hicieron en la Edad Moderna y que creo que merecen ser recordados, aunque sea brevemente.

Empezamos el 24 de febrero de 1502, día en el que pararon a comer en Mieres después de haber pernoctado en Puente los Fierros, los señores de Saintzelles, Monceaux y Montigny, que eran tres de los gentilhombres flamencos de Felipe I de Castilla «el Hermoso». El señor de Montigny, que también lo fue de Estrées y Merbe, se llamaba Antonio de Lalaing y formaba parte del círculo más cercano al rey, por lo que es de suponer que la comitiva llamaría la atención de los lugareños por el porte de los caballeros y el lujo de sus monturas. De cualquier forma, es fácil encontrar información sobre este viaje porque el mismo don Antonio se preocupó de escribir más tarde el relato de su periplo.

Sin embargo, hay otros peregrinos extranjeros de la Edad Moderna que son más difíciles de rastrear. Entre los más curiosos figura el veneciano Bartholomeo Fontana, un maestro de escritura veneciano que dejó su vida tranquila y sedentaria para lanzarse a la aventura. Él lo explicó así más tarde: «Me puse el abrigo y el sombrero, tomé mi bastón y me convertí en peregrino». Sin embargo, se lo tomó con calma, ya que salió de su ciudad natal el 19 de febrero de 1538 y no llegó a Santiago de Compostela hasta el 18 de septiembre del año siguiente, transitando siempre por las rutas más apartadas.

Bartholomeo escribió un itinerario que ahora es uno de los libros clásicos sobre el Camino de Santiago; por él sabemos que al hacer el tramo entre León y Asturias por Pola de Gordón y Rodiezmo, antes de pernoctar en Arbás se perdió y tuvo que pasar la noche en la montaña esperando el amanecer para bajar por Pajares hasta Puente de los Fierros. Finalmente, llegó a Oviedo el 20 de agosto de 1539; por lo tanto, ese mismo día o el anterior tuvo que pasar también por Mieres. Luego hizo el camino de la costa hasta Galicia y retornó a Francia haciendo a la inversa la ruta clásica, de nuevo por León, Sahagún y Burgos hasta los Pirineos.

El caso es que a pesar de que siempre manifestó que su largo viaje estuvo marcado por el sentimiento religioso, la Inquisición lo juzgo por sus simpatías con el luteranismo y se le prohibió impartir clases hasta que se retractó de opiniones tan peligrosas como negar la existencia del purgatorio o decir que Moisés era un mago porque había abierto con su vara las aguas del mar Rojo.

Otro personaje notable fue el polaco Jacobo Sobieski, un noble que cruzó Mieres montado en su mula en 1611. El hombre había entrado en España en marzo de aquel año por el paso de Roncesvalles transitando la ruta del Camino hasta León para coger allí la ruta primitiva hacia Oviedo. Después siguió por la costa hasta llegar a Santiago de Compostela, continuó su ruta atravesando Portugal de norte a sur, bordeó la península hasta Granada y se dirigió a conocer Madrid. Don Jacobo fue un gran viajero y dejó constancia de su periplo hispano en unas curiosas memorias, pero sobre todo ha pasado a la historia porque uno de sus hijos fue el rey Juan III de Polonia.

Por último, no podemos olvidar a otro peregrino reseñable: el escocés William Lithgow, quien pudo haber sido un peregrino ejemplar, incansable conocedor de tierras y gentes si no hubiese sido porque su trajín acabo levantando las sospechas de la autoridad. Desembarcó en Vizcaya el día 19 de junio de 1620 y desde allí bajó por Zaragoza buscando el camino de Santo Domingo de La Calzada y luego el de Asturias, por lo que fechamos su paso por Mieres en aquel verano.

Una vez en Santiago también siguió la vía portuguesa, visitó Madrid y bajó hasta Málaga con intención de pasar a Egipto, pero allí fue detenido y acusado por las autoridades de espiar para Inglaterra en un momento en que la relaciones entre los dos países pasaban por su peor momento. Después de seis meses padeciendo las torturas de La Inquisición, quedó impedido para andar con soltura por lo que tuvo que regresar definitivamente a su patria en el mes de marzo de 1621.

Se habrán dado cuenta de que todos estos hombres dejaron escritas sus experiencias en el Camino, lo que puede ser un buen punto de partida para que algún joven investigador se decida a abordar un trabajo serio sobre los detalles de la vida cotidiana en nuestro territorio durante la Edad Moderna. A mí me parece un tema interesante, pero ya no puedo recomendárselo a mis alumnos.

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