Opinión

Fútbol y surrealismo

Los gritos de "Pezzolano dimisión" en las celebraciones por el ascenso del Valladolid a Primera División

Sabido es que existen abundantes y variadas teorías que tratan de explicar el atractivo del fútbol, denominado también el "rey por excelencia" cuando de actividades deportivas se trata. Desde simples manuales al uso hasta ensayos casi enciclopédicos se van acumulando en una biblioteca en la que no faltan plumas consagradas. Y como quiera que los registros literarios son profusos, algunos intelectuales, entre otros que se podrían nombrar, alabaron las virtudes de la pelota, como Camus: "Todo lo que sé sobre moral y obligaciones se lo debo al fútbol", o Juan Villoro ("Dios es redondo y muere por el fútbol"); o Vázquez Montalbán ("El fútbol me interesa porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño"). Por el contrario, otros, como Jorge Luis Borges, Oscar Wilde o Carlos Monsiváis, mostraron claramente su rechazo a la hierba.

Reconozco que si bien en los últimos años he intentado, y conseguido en ocasiones, disminuir mi interés (nunca pasión) futbolístico, aún no he conseguido activar la válvula del desenganche definitivo. Y, como es lógico, me planteo preguntas, hago cábalas y oteo en el horizonte posibles explicaciones que justifiquen mi atracción al rectángulo verde.

A veces me consuelan razonamientos simples: un divertimento, como tantas otros, no hay que darle más vueltas; en otras ocasiones asciendo por una escalera con peldaños filosóficos: "El fútbol es la cosa más importante entre las cosas menos importantes", según palabras de Jorge Valdano y, finalmente, casi siempre acudo al álbum familiar: mi padre jugó en el ya muy lejano "Círculo de la Pomar"; mi tío Munárriz fue guardameta de varios equipos, entre ellos el Sporting de Gijón (tuvo siempre a orgullo haber formado parte del conjunto que derrotó por vez primera al Real Madrid en Chamartín: cero a uno); mis dos hijos, Mario y Pablo continuaron la tradición (Mario sigue jugando en el Asturias de Blimea) y yo mismo hice algunos pinitos, no muy afortunados por cierto, pues nunca pasé de ser un discreto y a veces hábil regateador.

Sin embargo, este domingo vi unas imágenes desconcertantes e ilógicas que me hicieron pensar en ese movimiento artístico que intenta sobrepasar lo real impulsando lo irracional y que se denomina surrealismo. El entrenador del Valladolid había sido increpado desde el inicio de la temporada al grito de "Pezzolano dimisión" (hasta tal punto que, según sus palabras, no se atrevía a llevar a sus hijos al estadio para que no escucharan el clamor contra su padre). Ni siquiera el ascenso a primera división, conseguido de un modo angustioso en el último minuto de la prolongación, propio de la mejor cinta de suspense de Hitchcock, consiguió evitar los cánticos al final del partido. Y como quiera que el movimiento surrealista se caracteriza, entre otros, por una imaginación inusual, al día siguiente, en los festejos celebrados en la Plaza Mayor, el propio entrenador reaccionó tomándose la justicia por su mano, o mejor por su voz, y comenzó a proferir la misma diatriba: "Pezzolano dimisión", "Pezzolano dimisión"… coreada también por sus jugadores. La respuesta de los miles de seguidores que festejaban el ascenso no se hizo aguardar: un nutrido coro de silbidos se enfrentó al gallardo entrenador.

Se había producido así un guión inesperado, un artefacto visual propio de las mejores expresiones surrealistas. De modo que desde ese día estoy convencido de que, además de tantos manuales, estudios y sesudos ensayos sobre la pelota ("Gracias, vieja" es una frase de Alfredo Di Stéfano, que incluso le hizo un monumento en el jardín de su casa), el planeta del fútbol se ha convertido en un "sin control de la razón". Nada distinto, por cierto, de la galaxia en la que habitamos. Lo dejó dicho de un modo preciso Philippe Soupaul: "No hay nada más surreal que la realidad misma".

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