Opinión | de lo nuestro Historias heterodoxas

Hágase la luz

La Escuela de Capataces de Mieres fue el primer edificio docente del país con alumbrado eléctrico, gracias a los ingenieros Ibrán y Junquera

Para mí, la luz eléctrica es el mayor invento en la historia de la humanidad, porque cambió totalmente y para bien nuestra vida, por encima de cualquier otro adelanto médico o tecnológico. Esta es solo una opinión personal, pero me sirve para introducir la página de hoy en la que quiero contarles como en la temprana fecha de 1886, la Escuela de Capataces de Minas, Hornos y Máquinas de Mieres tuvo el honor de ser el primer establecimiento docente del país que se iluminó de manera artificial. Aquel también fue el mismo año en que Girona se convirtió en la primera ciudad española en tener red de alumbrado público, aunque cinco años atrás, don Antonio López Bru, el primer marqués de Comillas, ya había dotado a este lugar cántabro con esta novedad, pero ese es otro capítulo.

Hágase la luz

Hágase la luz / Ernesto BURGOS

Félix Martín Vázquez escribió en su magnífico libro "Mieres…y su camino" que, desde la mitad del siglo XIX hasta la primera década del siglo XX, esta villa se alumbró a base de faroles de petróleo y que, en el Reglamento para el Cuerpo de Serenos del Ayuntamiento, de uno de enero de 1885, se estableció que las tres personas que formaban la plantilla eran responsables, cada uno en su distrito, de conservarlos, encenderlos y apagarlos a las horas establecidas. La luz eléctrica proporcionada por la Casa de máquinas de Bazuelo no pudo verse públicamente hasta las fiestas de San Juan de 1896 y al año siguiente ya se inauguró de manera oficial con un tendido de 88 postes de madera cubriendo la carretera hasta La Peña.

Sin embargo, la Escuela de Capataces se adelantó a este proceso. Nuestra institución fue la segunda de este género fundada en España, después de la de Almadén, y tras unos años de incertidumbres y traslados a Langreo y Oviedo, en 1874 acabó retornando definitivamente a su origen para vivir en la década de 1880 su mejor momento. Los artífices fueron dos ingenieros excepcionales: Jerónimo Ibrán y Buenaventura Junquera. Como el espacio es breve, no les voy a contar nada sobre el primero, cuya biografía ha sido publicada en varias ocasiones. De Junquera sí quiero recordarles que fue un adelantado a su época, como lo demuestra el hecho de que en que el otoño de 1885 fue capaz de ensayar con éxito un pequeño buque torpedero submarino en el río Caudal.

Para quienes toman este episodio como una anécdota menor, transcribo esta reseña del diario "El Día" de 25 de enero de 1889, que demuestra la importancia que tuvo entonces y la relevancia internacional que llegó a alcanzar unos años después compitiendo con la propuesta de Isaac Peral:

"El ilustrado oficial de Artillería don Buenaventura Junquera presentó un proyecto de buque submarino que fue desatendido por el Ministerio de Marina: en el empleaba una máquina de vapor con caldera alimentada por el petróleo durante la marcha a flote y para la marcha sumergida utilizaba la fuerza explosiva de la combustión de aquel mineral.

Nada de esto, sin embargo, nos asombra de los grandes centros oficiales de nuestro país, pero lo verdaderamente singular es que el principio potencial aplicado por el señor Junquera a su barco submarino sea en este momento estudiado con gran secreto y ahínco por el almirantazgo inglés para la moción de los buques submarinos (…) Por lo visto, el principio electro-motor adoptado por el señor Peral es desconocido o no satisface a los ingenieros de la marina británica, por cuanto están practicando asiduos ensayos sobre los agentes promotores ideados por el sr. Junquera, y con aplicación a una flotilla submarina de guerra que, según reservadísimos informes, cuanta ya con un respetable contingente de torpederos, con gran secreto estudiados, construidos y experimentados".

La colaboración entre Jerónimo Ibrán y Buenaventura Junquera aumentó cuando el segundo se convirtió en yerno del primero casándose con su hija María y dándole seis nietos. Los dos ingenieros apostaron por traer hasta su Escuela las últimas novedades de la técnica y entre ellas estuvo la luz eléctrica, tal como lo publicó "El Comercio" el 14 de mayo de 1886 divulgando un artículo que había escrito el médico don Nicanor Muñiz Prada en la Revista Asturiana de Ciencias Médicas:

"Sabido es que Mieres cuenta con un vasto edifico construido de nueva planta y dedicado a la enseñanza de Capataces de Minas, hornos y máquinas, del que sale un personal práctico, laboriosos e inteligente que lleva anualmente un poderoso contingente de actividad y de entusiasmo industrial a nuestras fábricas y explotaciones mineras.

Esta Escuela tiene un profesorado sabio y respetable, perteneciente al Cuerpo de Ingenieros de Minas y un director como pocos, el señor don Jerónimo Ibrán, amante de todos los adelantos y celoso de poner la referida Escuela a la altura de las mejores del extranjero; así es, que, debido a su iniciativa y a la cooperación del distinguido electricista don Buenaventura Junquera, tan conocido en España por sus notables y recientes inventos tuvimos el gusto de asistir el día 14 de abril a la inauguración del alumbrado eléctrico en el citado establecimiento.

Y a la verdad, en un edificio como el que nos ocupa, donde todo es vida, habilidad y trabajo, donde se ven esparcidos con habilidad artística por todos sus espaciosos departamentos, máquinas, aparatos, colecciones numerosas de minerales, ingeniosos instrumentos industriales, preciosísimos dibujos lineales que tapizan todas sus divisiones interiores, necesitaba para estar en carácter sustituir las luces de aceite, parafina, petróleo, etcétera, por las modernas lámparas de Edison, Swat, Maxim y Lann-Fox, cuyas luces producían al través de sus numerosas y rasgadas ventanas, fantástico y sorprendente efecto, aumentado por el sordo y continuado ruido de la máquina motriz instalada en acondicionado aposento, dependencia del edificio principal, despertando en todo este vecindario verdadero entusiasmo e inexplicable admiración hacia estas modernas conquistas de la Ciencia".

Por su parte, en "La Revista Minera", destinada a unos lectores más especializados, aparecieron los detalles de aquel montaje: "Se instalaron veinticinco lámparas Edison de una fuerza lumínica de quince bujías, que necesitan para su marcha una fuerza electromotriz de 50 ‘Wolts’ consumiendo 1, 60 ‘amperes’ por cada una. Las lámparas colocadas en la sala de dibujo tienen todas una sencilla pantalla (…) La dinamo está instalada en un castillete de hierro y da de 1.100 a 1.200 vueltas por minuto, es de Hipp, regulándose por sí misma y no consumiendo más ‘amperes’ que los que corresponden al número de lámparas en marcha, sea el que fuese su número, siempre que estas no pasen de veinticinco.

La lámpara motriz que acciona a la dinamo es de sistema Soho, de caldera vertical, de seis caballos de fuerza funcionando a ciento cincuenta vueltas por minuto; esta máquina consume unos quince kilogramos de carbón por hora, los que vienen a representar en Mieres un gasto de veinte céntimos de peseta en igual tiempo. El trabajo motor consumido por aquella, es de unos tres caballos cuando están encendidas las referidas veinticinco lámparas".

Podemos imaginar el asombro que produjo el invento entre la ciudadanía que se acercó en masa a ver aquel fenómeno. Pero la intención de Ibrán y Junquera no pasaba por convertir a la Escuela de Capataces en un espectáculo de feria, al contrario, los dos eran conscientes de que con aquel encendido ya estaban dando el primer paso para asomarse a los grandes cambios que iba a traer el siglo XX.

Así lo explicó la historiadora María Fernanda Fernández en uno de los capítulos del volumen 31.º de la colección "Temas Geológico-Mineros", donde publicó en 2000 el trabajo titulado "Apuntes históricos y arquitectónicos de la Escuela de Capataces de Minas de Mieres", destacando la importancia que tuvo para la Escuela no sólo su propio alumbrado, sino el desarrollo de la energía eléctrica, demostrado por el hecho de que "en el año 1896 el Ayuntamiento y la Diputación dotaron la Cátedra de Electricidad, con esplendidez y el material necesario para instalar su laboratorio", lo que permitió crear un cuarto curso comprendiendo las asignaturas de electrotecnia y las prácticas con el material eléctrico necesario.

Jerónimo Ibrán fue director de Fábrica de Mieres y Buenaventura Junquera, director de Duro-Felguera; los dos se implicaron por separado en proyectos que resultaron fundamentales para el progreso de nuestras cuencas mineras y es de justicia que guardemos su memoria.

Ibrán falleció en Oviedo el 21 de marzo de 1910 a los 68 años de edad y está enterrado en el cementerio de San Salvador, bajo un monumento que fue levantado por una colecta popular a instancias de sus amigos y de los antiguos alumnos de la Escuela de Capataces de Mieres. Tumba y monumento se encuentran ahora en un estado lamentable, pero desde aquí no podemos hacer nada por su restauración. Sin embargo, quienes en la capital asturiana aún se rasgan las vestiduras por el traslado de la Escuela de Minas hasta la Montaña Central sí tienen una oportunidad para demostrar su sensibilidad con la historia minera asumiendo esta pequeña obra.

Suscríbete para seguir leyendo