Opinión

Mesa de edad

Temas de tertulia cuando los años apuntan a una persona mayor

Sobre la mesa que ocupamos en la terraza del Santi reposan dos riojas, un verdejo, seis o siete cervezas sin alcohol, una botella de agua y un mosto ("Si no quieres llegar a agosto, bebe mosto", me susurra Jota para animar mi semana de ley seca ordenada por la dentista). Ya hemos terminado de hablar del tiempo, de ese airecillo puñetero que nos refresca en exceso y de las previsiones para mañana, que llaman a la prudencia y a tener a mano la chaqueta. No es cuestión de acatarrarse a lo tonto, que ya tenemos unos añitos. La conversación gira hacia las vicisitudes de salud de la cuadrilla, porque el que no tiene la próstata a la virulé –al pobre aún se le descuelga un lagrimón al recordar lo "bien" que lo pasó haciéndose las pruebas–, está de prácticas con la nueva cadera, le pasa nosequé en las tripas, en la rodilla, en la quijada o ha suspendido un montón de asignaturas de la última analítica. Seguramente, cuando finalicemos el repaso de las goteras de salud nos adentremos en las novedades del pueblo, en especial, la sección de funerales y entierros, sin olvidarnos de la actualidad de los huertos y las perspectivas de fruta y hortalizas para cuando llegue el calor de verdad. Todo muy vibrante.

Cuesta reconocerlo pero ya formamos una mesa de edad, una cuadrilla de veteranos, con las inquietudes y preocupaciones propias de la gente mayor. Porque lo somos. Aunque uno no se vea así, lo es.

Y recuerdo las tertulias de los paisanos del pueblo, que yo, no hace tanto tiempo –o eso me parece– consideraba afición de vejestorios.

"Vamos a otro lado, que aquí hay demasiado follón". Una ruidosa pandilla de chavales ha venido a alterar nuestra calma. Ríen aparatosamente, vocean y, en definitiva, se comportan como jóvenes, como nosotros hace cuatro días –o esa impresión tengo–, pero ahora nos molestan.

Según nos alejamos de la terraza y de las carcajadas juveniles sólo me viene un pensamiento: esto va muy rápido.

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