Opinión | Tribuna

Más allá de las grandes cifras

Pobreza, desigualdad y magnitudes macroeconómicas

En la sesión inaugural de la cuarta edición del foro sobre "Fondos Europeos: Innovación para un crecimiento sostenible" celebrado hace unos días en Madrid , el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, ha subrayado que la economía española "ya no va como una moto, ahora va como un cohete". Lo justificaba con algunos datos para él incontestables: crece tres veces más que la media de la Unión Europea, con una cifra récord de cotizantes a la Seguridad Social (más de 21 millones), mientras que la tasa de paro juvenil se ha reducido a mínimos históricos, aunque todavía sigue siendo el doble de la media europea. El Presidente atribuye estos y otros logros "tanto a las empresas como a los trabajadores, así como a la política implementada por el Gobierno".

Sin embargo, más allá de los asépticos datos macroeconómicos, de las grandes cifras, existe una realidad bastante más compleja, menos triunfalista, donde la velocidad de los "cohetes" económicos contrasta con la lentitud de los avances sociales. Una realidad también mensurable.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en Asturias hay algo más de 160.000 personas que apenas superan los 10.000 euros de ingresos anuales, lo que significa que solo disponen de unos 28 euros al día. O dicho de otro modo: que viven bajo el umbral de la pobreza, por lo que están muy lejos de satisfacer las necesidades más básicas: "comer a diario, pagar la viviendo o afrontar la educación de los hijos". Y aún más: solo el 16.5% de esos asturianos empobrecidos se beneficia del ingreso mínimo vital, la prestación estatal que ha entrado en vigor hace cuatro años para hacer frente a los efectos económicos de la pandemia.

Una ayuda especial que se llamó entonces "vacuna contra la pobreza". Asimismo, ese riesgo de pobreza sobrepasa los 8 millones de personas en España.

A propósito, desde algunos sectores, a los grupos humanos que están en el umbral de la pobreza se prefiere llamarlos últimamente "colectivos afectados por graves problemas de vulnerabilidad". O se tiende a sustituir el término pobreza por el de emergencia social, como si se tratara de un imprevisto e insalvable fenómeno natural. Y otra forma de afrontar la pobreza es fragmentándola. Por ejemplo, se habla de pobreza infantil, pobreza energética, pobreza latente y emergente, brecha digital, colectivos vulnerables. Como si la pobreza no fuera un problema familiar, integral.

Por otra parte, sobre la precariedad en el mundo del trabajo, hace cuatro años que el pleno del Parlamento Europeo ha apoyado el salario mínimo, reclamando al mismo tiempo medidas para ayudar a los trabajadores pobres, ya que el principio de que el trabajo es el mejor remedio contra la pobreza no se puede aplicar a muchos sectores con sueldos insuficientes y con empleos precarios y atípicos". No deja ser llamativo que en la Unión Europea, una de las regiones más ricas del mundo, haya casi cien millones de personas en grave riesgo de pobreza.

En España, Cáritas, ONG y otras instituciones benéficas reiteran que se está conformando un tipo de pobreza que se estabiliza y se hace crónica. Que afecta sobre todo a los estratos más desprotegidos a los que no llega ninguna oportunidad de superar una situación que se transmite casi inevitablemente durante generaciones. Una lacerante realidad social que no parece que sea precisamente un objetivo prioritario para los poderes públicos.

Desde una perspectiva más ética que política, Mahatma Gandhi denunciaba hace medio siglo que el mundo tenía lo suficiente para satisfacer las necesidades de todos, lo que ya no podía satisfacer era la codicia de todos.

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