Opinión | Notas de estío
La censura y los teatros "Chino", "Lido" y "Argentino"
Los espectáculos ambulantes, con espectáculos de baile, que hoy en día se considerarían imperdonablemente machistas
Las personas mayores en aquellos años cincuenta, y no quiero ser malpensado, no aguardaban expectantes la llegada del mes de julio porque Santiago propiciase la alegría de la grey infantil, con la venida de los carruseles o el circo, sino porque el público masculino de la zona tenía su cita, o citas, con la vedette de turno y las chicas del cuerpo de baile de "El Chino", de Manolita Chen, el "Lido" de Pepita Hervás, y el "Argentino" de Manolo Llorens, ante las que se quedaban boquiabiertos y patidifusos…

La censura y los teatros "Chino", "Lido" y "Argentino"
La contemplación de los cuerpos –no celestes precisamente– de aquel conjunto de mujeres, servirían para mantener a lo largo de todo un año, las conversaciones y evocaciones, que hoy se considerarían imperdonablemente machistas. En las prolongadas horas del café, en chigres, barberías y paseos por el parque, se hablaba sobre lo visto y no visto en el escenario. ¡Larga y cruel travesía por las hojas del calendario, la de unos incautos capaces de retener hasta el más mínimo detalle de aquellas profesionales del espectáculo!

La censura y los teatros "Chino", "Lido" y "Argentino"
Aquellos teatros –llamarles sicalípticos tal vez sería exagerado–, eran como la manada lujuriosa que se les venía encima a nuestras gentes. Manada concupiscente que llegaba con sus pitones del destape y de los chistes procaces, casi romos, muy "afeitados", por obra y desgracia de la pacata censura de le época franquista.
Los empresarios de aquellos teatros ambulantes consideraban a Sama como plaza "A", Tanto el "Teatro Chino" de Manolita Chen, el "Lido" de Pepita Hervás, o el "Teatro Argentino" de Manolo Llorens, hacían taquillazos en sus visitas santiaguinas. El público de Sama de Langreo consideró siempre como su favorito al "Teatro Argentino", de hecho, fue el que más veces instaló en La Llera y en Los Llerones su carpa y el que más éxito popular alcanzó.
En alguna ocasión en el ferial "santiaguín" disfrutamos de la presencia de circo y teatro. Eran años en que todavía los festejos se organizaban a lo grande, pues tanto demográfica como económicamente Langreo continuaba sin morder el polvo y, por tanto, aún no masticaba los lodos de la crisis, pero en lontananza ya comenzaban a atisbarse cuál sería el futuro con el que íbamos a encontrarnos irremediablemente.
En aquellos años de apreturas, necesidades, lutos aún presentes y víctimas, apareció otra plaga, la de la torpe, inmisericorde y asfixiante censura sobrevenida de aquella infausta guerra. Fueron la prensa, la radio y el mundo del espectáculo quienes la sufrieron con mayor rigor, dado que la libertad individual y la colectiva desapareció desde el primer día del final bélico.
Señalada la censura política sobre el mundo del espectáculo, hemos de referirnos a otra censura más: la eclesial, que golpeaba con demoledor puño de hierro, pero no con el peso de la totalidad del decálogo con el que del Sinaí bajó Moisés, sino con uno especialmente: ¡El sexto mandamiento! que, oficiosamente, sería su obsesión y su bestia negra.
Las tijeras censoras se afilaron y, en menos que canta un gallo, cortaban fotogramas, escenas, y hasta secuencias sin miramiento alguno. Incluso aquel consumado grupo censor de las tijeras y del lápiz rojo, se permitía modificar y suprimir escotes, largos de falda y guiones, llegando a dictar descerebradas alternativas. Ocasión hubo, y es muy conocida, que para ocultar un adulterio se cayó en el incesto. ¡Ahí quedó "Mogambo", la película de John Ford, como prueba evidente y ejemplo paradigmático de sus chapuzas…!
Sería injusto olvidar que no sólo las coristas y los atributos de las vedettes atraían a los espectadores. En aquellos teatros también actuaban canzonetistas, cantaores, ilusionistas y cómicos, que ya apuntaban buenas maneras para dar el salto a escenarios más importantes en los que triunfaron. Nombres como los de María Jiménez, Manolo de Vega, y casi al final, los ya consagrados Manuel Esteso, Andrés Pajares y Florinda Chico, alternaron sus actuaciones en ambos campos. De las vedettes tal vez fueron las más recordadas, Pola Counard, Finita Ruffet y Mary D´Arcos.
Hemos dejado para el final dos anécdotas sobre las que puedo hablar en primera persona por cuanto conocí y traté a ambos protagonistas.
La primera tuvo lugar en las escuelas nacionales de la calle Dorado. Don Sacramento Collado era el maestro de segundo grado, en el que coincidimos entre otros Casielles, Alvarito, Cillero, Luna, Villavoy, Alonso, Lamuño y dieciocho compañeros más, con otro niño, Carlos Blanco, que vivía en la zona de la estación del Norte. Recuerdo que era muy dicharachero, alegre, cantarín, que llevaba en sus bolsillos unas castañuelas con las que se acompañaba muchas veces. Blanco, que así solíamos llamarle, tenía abundante cabello rizado. Era un apasionado del Teatro Argentino y conocía a muchas personas del mismo. Años después alguien me dijo que Carlos Blanco trabajaba en dicho teatro y no me extrañó, aquel mundo le había atraído ya desde los años escolares. Pasados unos años alguien me comentó que vivía en Gijón, que era un cantante popular e incluso había grabado algunas cintas cassettes comercializadas con éxito. En su momento supe que había muerto leyendo un interesante artículo de Javier Antuña publicado en LA NUEVA ESPAÑA sobre él.
La otra anécdota que conocí en mi niñez fue el romance vivido entre el cantante del "Teatro Argentino" que interpretaba la canción de moda de aquel año, "Doce cascabeles" (1952 / 1953), que enamoró a una conocida chica de Sama. No olvidé la historia, ni mucho menos a aquella joven mujer, buena, hacendosa y soñadora que, como la Penélope de Serrat, se pasó unos años esperando al galán. Un día, desengañada, decidió irse lejos y cruzó los Pirineos. Años después volvimos a verla un verano. Vino felizmente casada de vacaciones. La última vez que en "La Moderna" hablamos con ella fue tras la muerte de su hermana.
Para un espectador de 2024, ver a aquellas vedettes y señoras del cuerpo de baile y coros no sería siquiera una imagen subida de tono. Lo pecaminoso en aquellos tiempos, hoy más de sesenta años después, serían espectáculos aptos hasta para los más aguerridos militantes de cualquier grupo seglar encuadrado en la santa iglesia católica, apostólica y romana…
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