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Opinión | Notas de estío

De las casas de vida airada a los pisos de relax

Las tijeras de la censura y las incongruencias de un régimen dictatorial

Largas fueron las tijeras de la censura, como numerosos y lamentables fueron sus resultados. Demos un breve paseo por las incongruencias de un tiempo cambiante, triste espejo de ayunos y abstinencias que terminaron en hartazgo.

El gobierno republicano español abolió en 1935 la prostitución, mientras que tras la guerra se habían autorizado por el franquismo los prostíbulos, aunque se prohibía taxativamente la prostitución callejera y en ningún caso podían ejercerla las menores de 23 años.

Pero pasados once años Franco consideró que había que acabar con los prostíbulos, por lo que el 3 de marzo de 1956 firmó un decreto-ley sobre "la abolición de centros de tolerancia y otras medidas relativas a la prostitución" que se publicó en el BOE una semana después. Son siete artículos los que figuran en las Disposiciones, en el tercero se anuncia que transcurridos tres meses deberán estar cerrados, bajo pena de sanción. En el cuarto se especifica que "Las medidas protectoras a que se refiere el artículo 447 del mismo Código, serán aplicadas a las mujeres menores de veintitrés años y mayores de dieciséis provenientes de mancebías o casas de tolerancia clausuradas".

En Sama de Langreo este tipo de festines carnales se ofrecían en "Casa Reja" y en el bar de "La Avilesina", casas de tolerancia o de vida airada, como también se las llamaba entre timoratas exclamaciones dichas a media voz. Las dos casas se encontraban ubicadas, ¡Válgame la Macarena! en la mismísima calle, o avenida, del Generalísimo... sarcasmo que ni siquiera la jauría de la "conjunción judeo-masónica-comunista" hubiera podido urdir como afrenta y escarnio, contra quien el mariscal Pétain calificara como "La espada más limpia de Occidente".

Uno, sigue recordando a dos señoras mayores, una vestida totalmente de negro incluido el pañuelo con el que cubría su cabeza y anudado en la nuca como cualquier bucanero escapado de una película de Errol Flint, era "La mujer pirata", rostro muy al estilo de Búster Keaton. La otra era gruesa, cara redonda, cabello rubio y nada agraciada.

En honor a la verdad debe consignarse que --por lo que se escuchaba en la calle-- existían otros lugares, mucho menos notorios y habituales. La vida no era fácil y cada quisque se las tenía que arreglar como podía. El comercio de las pasiones carnales, en circunstancias así, se practicaba para subsistir.

Las generaciones precedentes habían conocido todo lo que ofrecían los teatros ambulantes y las compañías de revista, que pasaban por los escenarios de los teatros "Victoria" y "Rozada" de Sama y el "Pilar Duro" de La Felguera. Fueron los mismos que conocieron las casas de lenocinio o de mal vivir, y llegaron con el tiempo justo para reengancharse a lo que vendría.

Miro aquel semidesconocido ayer con los ojos de hoy y me viene el recuerdo de una sensualidad amordazada y aguada, que fue la nota sexual de aquellos eternos años juveniles. No obstante, supuso algo así como una avanzadilla descontrolada y hostil, presta a atravesar la coraza incongruente que suponía el nacional-catolicismo imperante.

La generación a la que pertenezco llegó tarde y confusa a una modernidad que traía cambios y que vivió su momento de gloria con la transición. Adolfo Suárez y Carmen Díaz de Rivera, sorprendieron a todos. Algunos aún vivimos con nostalgia aquel paso al futuro que supuso nuestra despedida de la España sometida, timorata y atemorizada. El "Contubernio de Múnich", significó para algunos la esperanza de un seísmo que allanaría la montaña sobre la que se asentaría nuestra Democracia.

Un sector de la juventud en aquellos míticos años 60, conoció mejor lo que era la prostitución a través de la literatura. A modo de ejemplo citemos al escritor francés Maxence Van der Meersch, su libro "Una esclavitud de nuestro tiempo", seguía interesando en España, veinte años después de su edición en Francia; Torcuato Luca de Tena dedicó a la prostitución un capítulo de su novela "Edad prohibida" con el título de, "Quince pesetas". También la novela de Pérez de Ayala "A.M.G.D.", despertó curiosidades de tipo vario en aquella juventud obligada a leerla en ejemplares desvencijados y gastados por el paso de mano en mano, porque la novela en cuestión era casi inencontrable al no reeditarse. Con "Izas, rabizas y colipoterras", el Cela tremendista, en 1964, puso texto a las testimoniales fotos de Joan Colom. ¿La censura…? Entre Cela y el ministro Fraga Iribarne le dieron esquinazo. En los setenta volvió Vargas Llosa con una historia en la que aparecen meretrices y soldados en la selva peruana: "Pantaleón y las visitadoras".

Tras la muerte de Franco, el vendaval de una nueva moda sopló con fuerza sobre las cabezas españolas. La publicidad de las casas de masaje, los teléfonos eróticos y el llamado "destape", rompieron las amarras con la decencia, como un sector de la sociedad acusó. Cierto que en tales anuncios se pregonaba hasta la saciedad todo lo relacionado con los servicios eróticos, hasta convertirse en plaga que apareció como por ensalmo en la prensa nacional, tanto en la muy conservadora, como en la conservadora a secas y en la de centro izquierda. Podríamos decir que sólo "Mundo Obrero" y otros órganos de prensa política y sindical, al igual que las hojas parroquiales, fueron las únicas publicaciones que se mantuvieron al margen.

En este clima en 1976, el periodista Yale y su compañero Amilibia, fueron procesados tras publicar "El día que perdí… aquello" por su contenido sexual. Al año siguiente Yale e "Interviú" sacaron "Las españolas sin sostén", un conjunto de 25 entrevistas a figuras del mundo del espectáculo con buen despliegue fotográfico. Entre las 25 musas, tres eran asturianas, Blanca Estrada, Mary Paz Pondal y Susana Estrada.

Nos hemos reservado un episodio que se relacionó con un teatro local. Unas líneas terminaron en las páginas de un libro. En estas "Notas de estío", contaremos toda la historia de aquel tejemaneje calificado de "actos repugnantes" con nombres y apellidos, así como su cronología. ¡Conocer nuestras historias merece la pena!

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