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Los talleres de Santa Ana, adiós definitivo

El complejo de El Entrego, parcialmente derribado ahora, llegó a ser una instalación industrial de élite

Uno de estos días de atrás, pudimos comprobar cómo se está acometiendo el derribo uno de los edificios que formaban del conjunto de los Talleres de Santa Ana, situados a la entrada de El Entrego, en el barrio del mismo nombre, en el que estuvieron ubicados distintos departamentos relacionados con la actividad de los talleres, incluso en sus bajos se alojó el Almacén General de Minas, hasta su traslado a El Trabanquín. No tengo conocimiento de si se van a derribar el resto de las instalaciones, que, por cierto, se encuentran en un buen estado. Eso es otro tema.

Estado actual de la zona, tras las últimas demoliciones.

Estado actual de la zona, tras las últimas demoliciones.

Situados en el límite de los concejos de Langreo y San Martín, la ubicación de los talleres no fue cuestión de un capricho, sino por ser un punto estratégico, cercano a las explotaciones mineras de la época. Sus instalaciones eran muy precarias, de un volumen infinitamente menor que el que conocimos 150 años más tarde.

Trabajadores en los talleres en los años veinte del pasado siglo.

Trabajadores en los talleres en los años veinte del pasado siglo.

Durante este periodo de tiempo cambiaron de dueños en varias ocasiones, desde Hulleras de Santa Ana (constituida en París 1858), primera propietaria, hasta su clausura por Hunosa, previo paso por Herrero Hermanos y, desde 1902 hasta 1967, por Duro Felguera.

Pero previamente a su paso a Duro, a Herrero Hermanos ya le quedaban pequeños, por lo que, en 1891, la empresa se vio obligada a la ocupación de las fincas colindantes, conocidas como Tierra del prado de Santa Ana, propiedad en aquellos momentos de una heredera de los Bernaldo de Quirós, quien presenta un recurso al gobernador civil en el que manifiesta su desacuerdo con tasación de la finca, decidiendo la autoridad que será un tercer perito el que decida la cantidad que la dueña debe recibir, a cambio del terreno.

Aunque la ampliación se realizó, al incorporarse a Duro Felguera –1902— las instalaciones eran muy básicas para el volumen de trabajo que se preveía, por lo que se acometieron las correspondientes obras para su ampliación.

En 1908, al quedar unidas las redes ferroviarias de la empresa, se establecen en Santa Ana las cocheras y el servicio de mantenimiento de material. Diez años más tarde, se pone en marcha la Sierra de El Trabanquín, que, aunque no está ubicada en el mismo lugar, por carecer de espacio para ello, quedaría como la sección de carpintería.

Pero los talleres no se dedican exclusivamente a reparaciones. Así, en 1926, ante la necesidad de dar mayor consistencia al transporte de carbones en la mina Modesta (Sama) se monta un taller para construir locomotoras eléctricas. Se construyeron un total de doce unidades, con un peso de doce toneladas. Fueron un éxito.

Duro Felguera continúa invirtiendo sumas importantes en la adquisición de material para estos talleres. En el periodo comprendido entre 1930 y 1939, se emplearon casi un millón de pesetas de aquella época, lo que dio un verdadero impulso a los talleres

En sus naves se reparan todo tipo de maquinaria empleada en las minas o exteriores, desde locomotoras (vapor, diésel, eléctricas) hasta los automóviles o camiones propiedad de la sociedad. Tenía una importante oficina técnica, que empleaba a un personal altamente cualificado. No sería descabellado incluirlo entre los mejores del país. En consonancia, los operarios de talleres propiamente dichos también contaban con una excelente preparación.

En mayo de 1961 se constituye Uninsa. Duro Felguera se queda con la sección de minería donde están encuadrados los talleres que, a partir de 1967, se integran en Hunosa.

Con la nueva empresa surge la esperanza de una potencialización de las instalaciones, pero, poco después, se aprecia que no va a ser así. La nueva directiva toma algunas decisiones que dan pie a pensar que su fin es la clausura o el traslado de las instalaciones a otro lugar.

Ante esa incertidumbre, el 10 de febrero de 1977, la totalidad de la plantilla se encierra en las instalaciones, permaneciendo hasta el día 12 por la tarde.

Momentáneamente logran detener los planes, e, incluso posteriormente, al cabo de unos años, llega a los talleres maquinaria nueva. Son las máquinas de control numérico y una taladradora, con la que construir coronas de los rodámenes y piñones para motores. También comienza la construcción y montaje de las primeras "rozadoras" que produce Hunosa, son los modelos H.1 y H.2. A la vez se levanta una moderna nave que acogerá la sección de calderería.

Todo esto animaba a confiar, no solo en la continuidad, sino en una modernización a fondo de los talleres. Y así durante algún tiempo, hasta que a finales del año ochenta, surgen nuevas noticias de cierre o traslado. No cabe la menor duda de que dentro de los planes de la empresa subyacía esa idea, puesto que ya en el mes de enero de 1981, lo que en principio corría como rumor, toma carta de realidad al salir a la luz un informe elaborado por un equipo técnico, encargado por Hunosa, en el que se recogían aspectos ostensiblemente negativos sobre la marcha de los talleres. Si bien aportaba algunas soluciones, como la de abrirse al mercado exterior, pero como los estatutos de la empresa no lo permitían, proponía el traslado de las instalaciones fuera de la localidad.

Nuevas movilizaciones tienen lugar para que los talleres continuasen su actividad, pero, en esta ocasión, el espectro que se moviliza fue mucho más amplio. Aparte de la acción sindical, asociaciones de diversa índole tomaron parte en ellas. Como colofón, se envía a la Presidencia del Principado un comunicado informando de la situación, desde donde se responde (5 marzo 1982) prometiendo "interesarse por el asunto".

Ya en el pleno municipal celebrado el día 3 en el Ayuntamiento de San Martín, se trató el asunto, oponiéndose al cierre de los talleres, acordando informar negativamente a la petición formulaba por Hunosa para que se calificaran los terrenos de talleres de Santa Ana y de El Trabanquín como suelo urbano edificable".

A partir de este momento, el camino hacia el cierre sigue otro curso, que no por poco espectacular, es menos efectivo: la progresiva disminución del personal por medio de jubilaciones anticipadas, implantada para el conjunto de Hunodsa, a cuya suerte está ligada.

En 1982 la plantilla de los Talleres había bajado en más de cien empleados, incluidos los mandos superiores, llegando a un total de 200 personas. La media de edad era de 47 años, representando los mayores de cincuenta años el 36 %. La disminución de la plantilla prosigue con las sucesivas prejubilaciones, reduciéndose el número de operarios a 135 a finales de 1992. Dos años más tarde, la cifra de trabajadores es de 75, incluyendo siempre a las categorías superiores. En 2004 la plantilla total estaba formada por 24 personas.

Llegado a tal situación, no sé si nuestros talleres hubieran tenido alguna posibilidad de sobrevivir. El personal cualificado ya hacía tiempo que se había retirado, sin que antes pudieran haber inculcado sus saberes a jóvenes aprendices y así salvar el bache generacional, para proseguir la actividad. Con el tiempo, esto hubiera hecho posible una diversificación productiva, destinada a industrias de todo tipo. Ejemplos de cómo hacerlo, los hay. Numerosas en zonas con características semejantes a la nuestra que sufrieron crisis del mismo tipo, donde actualmente aquellas viejas instalaciones mineras están dedicadas con éxito a la producción de bienes de equipo, pequeña maquinaria o repuestos de diversa índole.

Pero, por suerte o por desgracia, para el lugar de los talleres de Santa Ana parece que hay otros planes.

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