Opinión
Memoria de Ángel González
Recuerdos que dan sentido a la escritura
La memoria es el mayor misterio de la Biología y la Psicología. Apenas se sabe nada sobre cómo se produce la edición de los recuerdos en el cerebro, cómo se transforman los cambios neurológicos en historias o cómo se pasa de las conexiones de las neuronas a la narración. Desconocemos si la memoria puede estar localizada en un sitio concreto, porque no existe lo que podríamos llamar "banco de memoria"; y sin embargo somos lo que recordamos, y es esa parte misteriosa de nuestro cerebro la que se encarga de construir el pasado, que es lo que permanece y lo que, en el fondo, guarda las claves que nos ayudan a dar sentido a la escritura, y por lo tanto, a nuestra biografía.
Nosotros, los de Luna de Abajo, el grupo al que pertenecí junto a otros tres letraheridos y un pintor –Ricardo Labra, Alberto Vega, Noelí Puente y Helios Pandiella–, hemos mantenido alerta la memoria, tanto la individual como la colectiva, respecto al poeta que tanto contribuyó a hacernos crecer en nuestras valoraciones poéticas, en las lecturas y en el conocimiento de otros escritores con los que respiramos nuevos aires literarios.
En 1984 asistimos a una lectura de poemas de Ángel González con el fin de proponerle hacer un libro homenaje. A su vuelta a Albuquerque, Nuevo México, mantuvimos un cruce de cartas ilusionantes. El resultado fue "Guía para un encuentro con Ángel González", cuyos colaboradores formaban un equipo excepcional: Caballero Bonald, José Agustín Goytisolo, Juan Marsé, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Paco Ignacio Taibo I…, entre muchos más que nos enviaron sus textos "a vuelta de correo". Ángel participó con entusiasmo en el libro seleccionando sus poemas en una antología temática y comentada que sigue siendo única, dividida en las cuatro partes sustanciales de su obra: "Historia", "Sobre la música", "Biografía" y "Tempus irreparabile fugit". En cada una de ellas escribió una introducción para contextualizar los poemas elegidos.
Ricardo Labra, autor del magnífico ensayo "Ángel González en la poesía española contemporánea" (editorial Luna de Abajo), escribió: "La intención ha sido establecer un marco conceptual, histórico e ideológico, pero también estético, del que partir para revisar convincentemente los aspectos en los que se fundamenta la coherencia y diafanidad de la escritura del poeta de Oviedo y, en consecuencia, reinterpretar de manera esclarecedora las líneas rectoras de su poética", lo que le lleva a formularse, entre otras preguntas, la siguiente: ¿pueden encontrarse en la obra de un poeta las claves de la poesía de su tiempo, de una tradición literaria, de toda una literatura, de un sustantivo modo de entender y de percibir la realidad?
En este ensayo, Labra responde a los interrogantes que pueden surgir en el acercamiento a una obra poética. "Tal vez por ello" –escribe Labra– "adentrarse en la poesía de Ángel González signifique adentrarse en la poesía de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Gabriel Celaya, Blas de Otero, César Vallejo…, y leer sus versos represente al mismo tiempo releer la mejor poesía de nuestra tradición literaria contemporánea".
Antes de irse a América como profesor, Ángel publica "Breves acotaciones para una biografía", libro con el que se abre una nueva etapa en el tratamiento de sus poemas. Él mismo diría entonces que la tendencia al juego y a derivar la ironía hacia un humor que no rehúye el chiste y el gusto por lo paródico serían las características de su poesía. En lo personal, Ángel también practicaba esa vena irónica con gracia natural y una gran facilidad para dar otra vuelta a las palabras que tiene sin duda una raíz asturiana, en donde creció el poeta al que le gustaba cantar entre amigos canciones populares de su tierra.
En los inolvidables veranos de Asturias disfruté compartiendo las horas con él y con amigos como Emilio Alarcos, Eduardo Úrculo y con muchos otros en la casa de Juan Benito y Lola Lucio en Lastres: Orlando Pelayo, Gustavo Bueno, Daniel Sueiro, José Agustín Goytisolo, Pepe Caballero Bonald… El recuerdo de aquellos días me trae a la memoria este poema de Ángel: "Al final de la vida, / no sin melancolía, / comprobamos / que, al margen ya de todo, / vale la pena. / Nada de lo restante permanece".
Ángel González escribió en el prólogo de ese libro memorioso de Paco Ignacio Taibo I que con sabiduría cervantina tituló "Para parar las aguas del olvido": "El necesario, inevitable olvido deja zonas borrosas que la memoria trata de aclarar. Ese esfuerzo es, ante todo, un acto de amor, porque el amor empieza con el recuerdo".
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