Opinión
El tributo de las cien doncellas
Leyenda o realidad, la historia acerca de las "infames" exigencias de Abderramán I forma parte del acervo cultural asturiano

El tributo de las cien doncellas
La realidad del llamado tributo de las cien doncellas siempre ha dividido a los historiadores entre quienes lo defienden como un hecho real y quienes piensan que solo se trata de una leyenda. Últimamente ganan los segundos, aunque hay que tener en cuenta que la coyuntura política y social en la que vivimos convierte estos recuerdos en incómodos, e incluso hay quienes llevados por una corrección exquisita consideran que hablar de estas cosas puede alentar la islamofobia.
La cosa llega al punto de que en algunas iglesias, cogiéndosela con papel de fumar, se han retirado las imágenes que representan a Santiago Matamoros pisando a los enemigos con su caballo en plena batalla de Clavijo.
En fin, para saber de lo que estamos hablando, voy a citar al asturiano Luis Alfonso de Carvallo, quien además de fraile fue historiador. Falleció en 1635 y hubo que esperar sesenta años para que se publicase su obra "Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias", que, sin ser una fuente fiable para los investigadores actuales, resulta agradable de leer. Una buena parte de este libro se refiere a la monarquía asturiana y en ella leemos esta referencia:
"Luego que se ausentó don Alfonso el Casto, se apoderó del reino Mauregato, y todo fue el mismo año que murió don Silo y por la ayuda que el rey moro de Córdoba le había enviado para echar del reino a don Alfonso el Casto, y por la que esperaba le enviase si el mismo don Alfonso le volviese a inquietar y por tener paz con el mismo rey de Córdoba que a la sazón era Abderramen, primero de este nombre, le hizo el más insolente y descomunal partido, y le ofreció el fuero más infame y torpe que jamás en trato de reyes intervino, y fue, que por este socorro y ayuda, y por la paz perpetua, Mauregato y los sucesores en reino habían de dar a Abderramen y a los que después de él sucediesen en el reino de Córdoba, cada año, de feudo y fuero perpetuo, cien doncellas cristianas, las cincuenta nobles y las cincuenta de fuero común".
Más adelante, el fraile siguió cargando en su texto contra Mauregato llamándolo ambicioso bastardo, y aquí les recuerdo que ya les conté una vez como es muy posible que este rey hubiese nacido de la unión extramatrimonial de Alfonso I con una joven del concejo de Caso llamada Sisalda, e incluso que la tradición señala el lugar de su nacimiento en la antigua torre que precedió a la denominada Casa de la Torre en la villa casina.
Pues bien, Alfonso II el Casto consiguió por las armas que en su reinado los moros no se atreviesen a pedir este fuero; pero cuando murió, volvieron a exigírselo a su heredero Ramiro, quien para acabar con esta infamia de una vez por todas, llamó a los condes que estaban repartidos por León y Castilla y juntos reunieron a todos los hombres capaces de tomar las armas, tanto a pie como a caballo, incluyendo a los religiosos, para que fuesen con ellos ayudando con sus oraciones "dexando solamente los viejos y mujeres y algunos de ánimo cobarde para labrar las tierras".
Por su parte, los musulmanes reaccionaron haciendo otro tanto y pidieron refuerzos al norte de África para formar otro gran ejército. Cuando ambos bandos se encontraron, el choque fue terrible, quedando el campo sembrado de cuerpos y miembros mutilados flotando sobre un lago de sangre. Aunque la peor parte fue para los cristianos, que huyeron hasta una montaña llamada Clavijo, donde se dispusieron a pasar la noche. Allí, mientras tanto Ramiro se recogió en oración; pero, dando una cabezada, soñó que se aparecía una figura que se identificó como el apóstol Santiago anunciándole que iba a ayudar a los cristianos en la batalla del día siguiente.
Y así fue, porque al amanecer, después de oír misa, los hombres del rey empezaron a invocar su nombre y vieron aparecer a un guerrero montado sobre un caballo blanco, con un estandarte del mismo color en una mano y en la otra una espada, que más bien parecía una segadora, puesto que casi no dejó moro con cabeza, causando según Luis Alfonso de Carvallo setenta mil bajas entre las tropas de la media luna.
Pueden ustedes creerse esta historia tal como la escribió el jesuita del siglo XVII, o considerar que sí hubo batalla, aunque con menos víctimas y sin intervención de ningún santo; también, negar la mayor y pensar que todo es un cuento. Pero lo cierto es que, verdadero o no y al margen de la numerosa literatura que ha inspirado, el tributo de las cien doncellas forma parte del acervo cultural de la mitad norte peninsular.
Por citar algunos ejemplos, en el Conceyo de Abegondo, en A Coruña, existe, aunque en ruinas, la torre "de Peito Bordel", donde se dice que se reunían las doncellas gallegas destinadas a ser entregadas como tributo, hasta que cinco nobles armados solo con ramas de higuera, molieron a palos a los musulmanes que iban a separar a aquellas mozas de sus familias. También, en el pórtico de Santa María de la Victoria en Carrión de los Condes, construida a mediados del siglo XII, se ven diferentes representaciones alusivas a la derrota de los musulmanes que se habían acercado hasta esta villa para cobrarse las cuatro muchachas que se debían ceder allí y fueron atacados y puestos en fuga por cuatro toros enviados milagrosamente por la Virgen.
En el vecino León, la fiesta de Las Cantaderas, que es una de las más antiguas de la ciudad, celebra que la victoria en la batalla de Clavijo acabó con esta infamia, y para ello se hace un desfile en el que muchachas ataviadas a la usanza medieval bailan dirigidas por otra mujer que representa a la mora que las instruía. Y en Astorga se ha recuperado la procesión de "La Zuiza" -que había dejado de celebrarse en 1733- en la que se recuerda como la bandera que lució en aquella misma batalla fue trasladada y conservada en esta ciudad. Por último, en Sorzano, en La Rioja, cada tercer domingo de mayo las jóvenes del pueblo y de los pueblos próximos se dirigen vestidas de blanco, portando flores y ramas de acebo hasta la ermita de la Virgen del Roble para agradecer también el haber quedado libres de este tributo.
En abril de 2001, El Entrego acogió la presentación del libro "El rescat de les cent doncelles", editado por la Associació Medieval de Bagá (Barcelona) con la colaboración de los ayuntamientos del propio Bagá, Vila-Seca, Betanzos, León y San Martín del Rey Aurelio. La obra está escrita en catalán y traducida al gallego, castellano y asturiano ("El tributu de les cien doncelles"), pero en ella se ofrece la versión catalana de estos hechos, sustituyendo a Santiago por San Esteban y a la batalla de Clavijo por la liberación de las muchachas que debían intercambiarse por Galcerán de Pinós, un caballero que había caído en manos de la morisma cuando participaba en la conquista de Almería.
Lógicamente se concluye que las dos versiones son falsas y que el tributo nunca existió; pero las diferencias dejan claro que la cultura catalana tiene poco que ver con la nuestra.
En 1897, Cándido Cerdeira Fernández editó en Santiago un discurso a favor de la existencia real del tributo de las cien doncellas. Entre otros argumentos, consideraba que una prueba definitiva estaba en la iglesia de Carrión, que ya hemos citado, porque allí se conserva un relieve que representa al Apóstol Santiago sobre su caballo, con tres doncellas enfrente y otras tres detrás que le dan las gracias por haberlas librado del oprobio. Según él, la tosquedad y otras faltas de esta representación hacen ver que fue tallada antes que se construyese este templo y por ello la situaba en tiempos de Ramiro I o su hijo Ordoño.
Al contrario; en 1948, un catedrático de la Universidad de Oviedo, José María Roca Franquesa (quien por cierto, había nacido en Lérida), ganó un concurso convocado con motivo del XI Centenario Ramirense sosteniendo que se trata de una leyenda traída desde Oriente y divulgada en España en el siglo XIII. Después, ya casi nadie se atrevió a desmentirlo.
Aunque, aún queda quien dice que pudo tratarse simplemente de una demostración de poder, como la que está documentada durante toda la Edad Media y hasta el siglo XVII en los musulmanes turcos, quienes también exigieron a los cristianos un tributo de niños, preferiblemente de familias nobles cristianas, para convertirlos en guerreros del Islam o castrarlos como eunucos, según su gusto.
No lo sé, ni tengo espacio para exponer más argumentos, pero sí defiendo que, aunque solo se trate de una leyenda, la tradición del tributo de las cien doncellas es asturiana y debemos guardarla para que no nos pase lo que ya está sucediendo con la sidra.
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