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Jorge Praga

Un verso que asalta

El acto de reconocimiento al grupo poético Luna de Abajo que se celebra este viernes en Langreo

El muy reciente premio Cervantes, el mexicano Gonzalo Celorio, declaraba en una entrevista en El País: "No podemos saber bien quiénes somos si no sabemos bien quiénes fuimos o de dónde procedemos y quiénes son nuestros ancestros, cuáles son nuestras determinantes históricas". Bucear en el pasado para encarar el presente en suelo firme y tal vez proyectar el futuro, de eso habla. De paso advierte de un peligro que se cruza en estas tareas rememorativas: "De la misma manera que uno recupera esa historia, también de alguna forma la exorciza". Se une así a aquella reflexión de Martín Caparrós a cuento del libro con el que recordaba a sus abuelos polacos: "Escribí sobre ellos para olvidarlos", afirmaba desde una fértil paradoja: transcribir el recuerdo también es cristalizarlo, petrificarlo dejando fuera muchos aspectos.

Este viernes, en un acto organizado por la imprescindible Cauce del Nalón (Casa de la Buelga, 19.30 horas), tendremos ocasión de dar vida a ese "quiénes fuimos y de dónde procedemos", y de cuidarnos de los peligros del recuerdo. El objeto de memoria es Luna de Abajo, título de un empeño literario que se ha ido bifurcando y sosteniendo desde su lejano nacimiento a principios de los ochenta. El origen está, como sucede casi siempre, en un grupo bullicioso y juvenil, en aquel Langreo fabril: Alberto Vega, Helios Pandiella, Ricardo Labra, Noelí Puente y Miguel Munárriz formaban su núcleo duro, con otros nombres que no hay ocasión ahora de anotar. De los cinco solo faltará en el acto el fallecido y añorado Alberto Vega. Alguno de ellos ya había participado en una breve aventura anterior, la revista Arlequín, nacida en 1979 y que lanzó solo dos números. Más persistente y seria fue la publicación Luna de Abajo, que entre 1982 y 1992 lanzó seis números bien cuidados y pertrechados de aportaciones de nombres importantes de la literatura española.

Lo que empezó como una apuesta local, sin dejar de serlo extendió sus redes más allá de cualquier frontera. Alguno de los componentes participó luego en otra publicación langreana, al menos en sus primeros números: Rey Lagarto, que entre 1989 y 2007 sacó la asombrosa cifra de sesenta y dos números, bajo el cuidado de Julio-José Rodríguez Sánchez. Otra veta que convendría explorar en sesión no muy lejana.

Luna de Abajo nació de su inquietud literaria, pero tuvo maestros cercanos. En primer lugar el médico Eugenio Torrecilla, mantenedor durante décadas de la Tertulia Literaria, inolvidable para los que la integraron. Un maestro que alentó lecturas y publicaciones, también autor de esa joya literaria que es "La balada del Nalón" (publicada en 1984 por la editorial Luna de Abajo, a la que animamos para su reedición). Cerca de los jóvenes de Luna de Abajo estuvo el poeta Ángel González, tan cerca como para dejar la preciosa y añeja fotografía que reproduce la convocatoria. Y para firmar un poema de sabor minero con el nombre, precisamente, de Luna de Abajo. Un nombre que parece ser que nació en los alrededores de otro autor celebrado por el grupo, Jorge Luis Borges, aunque no hubo oportunidad para fotografiarse con él. Dándole una vuelta al título de uno de sus poemarios, Luna de enfrente, surgió Luna de Abajo.

El viernes nos encontraremos de nuevo con las caras de aquellos jóvenes que rodean sonrientes a Ángel González en un bar de La Felguera. En estos cuarenta años han publicado libros, alentado encuentros, sujetado lazos. Cuentan con una editorial de referencia que mantiene vivo el nombre de Luna de Abajo, sostenida por Helios Pandiella, donde han encontrado asiento hasta ahora mismo sus poemarios, sus estudios, sus esfuerzos. En la editorial todavía queda algún ejemplar de aquella revista fundadora, no todos. También se puede localizar alguno en las bibliotecas de Langreo y aledaños. La memoria necesita, además de cultivadores y asociaciones generosas como Cauce del Nalón, una base firme y material donde asentarse y elevarse. Estas revistas -Arlequín, Luna de Abajo, Rey Lagarto...- tendrían que tener su estantería en un lugar público que las conservase a disposición de todos. Que no se pierdan en la niebla del tiempo. Desde allí tomaría cuerpo y oportunidad aquello que dejó escrito Alberto Vega en el primer número de Luna de Abajo: "Siempre habrá un verso que asalta y luego sobrevuela".

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