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Carmen Polo, la gran dama de la asturianá

1966: la cuenca minera del Nalón envía al caudillo "un mensaje de conmovedora devoción" con un festival folklórico

Busto de Carmen Polo de Franco.

Busto de Carmen Polo de Franco.

Se llegó a anunciar como "Festival Folklórico en honor de doña Carmen Polo de Franco" y la cosa no era para menos. El Coro Minero de Turón, La Rondalla de Blimea, los cantantes de tonada Enrique García Aparicio "El Abogáu" y Alfonso Llaneza, los Coros y Danzas de la Sección Femenina, y por supuesto, y "con aires marciales", la Banda Municipal de San Martín del Rey Aurelio. Un inicial cóctel de música tradicional como aperitivo de su visita en 1966, además de a Sotrondio –lugar de autos– a las localidades de Ciañu, Sama y La Felguera. No en vano, a través de la primera dama del Régimen "La cuenca minera del Nalón envía al caudillo un mensaje de conmovedora devoción", rezaban algunos titulares de prensa.

La instrumentalización del folklore tradicional al servicio de los diversos actos de propaganda organizados por el aparato franquista fue una constante desde el mismo fin de la guerra civil. Como por otra parte así aconteció durante la fratricida contienda por parte de ambos bandos. No obstante, la prolongada vida política de la facción triunfadora desplegaría una ominosa, y muy larga, relación de ellos que acabarían por desvirtuar el propio origen y fin de sus manifestaciones musicales, conformando una –frecuentemente– lamentable caricatura visual y sonora que perduraría hasta bien entrada la democracia.

No extraña pues, que las expediciones de contraprogramación ideológica protagonizabas por Carmen Polo en territorio astur tuviesen como acompañamiento especialmente significativo, junto al resto de eventos institucionales, su acervo tradicional melódico. El objetivo último era desactivar, al menos mediáticamente, todo "el ruido" que las convulsas movilizaciones de los mineros en estos años sesenta provocaban, con resonancias en el resto del país y allende nuestras fronteras.

En Sotrondio, la canción asturiana fue uno de los principales aderezos de toda esta componenda escenográfica de tintes polifónico-gubernativos, con el telón de fondo de una audiencia –ardorosos y rendidos vecinos– acompañados por los –no menos ardorosos y rendidos– "representantes" religiosos y políticos, y la "jerarquía sindical".

El impacto en los medios de comunicación, de todo el país, fue rotundo. Así, en la portada del diario "Baleares", el de "más circulación en el archipiélago", aparece la foto de un joven y sonriente Enrique García Aparicio "El Abogáu", entregando a la esposa del generalísimo "unos discos de canto asturiano". Pero no fue el único, de hecho, fueron muchos los rotativos nacionales que se hicieron eco de tal "hazaña".

La canción asturiana "brindó" a la consorte del dictador, en "amestau", otro sustancial gesto. Alfonso Llaneza entonó uno de los clásicos del repertorio minero cantado "Viva la xente minera" que introduce la estrofa "Los mineros del Fondón / todos gastamos boina / con un lletreru que diz / ¡Todo sale de la mina!" Al final, todo parecía encajar, en tanto los "productores" de las explotaciones de hulla de la comarca según el discurso oficial –todavía acusadamente gironiano– estaban "en su puesto de combate, en su primera línea, haciendo por España lo que España necesita de ellos". La épica del trabajo y del arte unidos al servicio del ya caduco, pero aun falazmente sustentado, proyecto industrial de las cuencas mineras en pleno ecuador del "milagro económico español".

Hoy nos resulta especialmente sonrojante, y desolador, la asturianá que "El Abogáu" le dedicó a la primera dama del franquismo en Sotrondio en 1966: "¿Dónde vas, Virgen del Carmen / tan guapa y tan peregrina? / Voy a bautizar a un ángel / llamáronme de madrina / ¡Viva Oviedo, ¡viva Oviedo! / sus valles y sus montañas / en donde tiene su cuna la primera dama de España!", con el compromiso, creo felizmente incumplido, de grabarlo en disco. Ese año Víctor Manuel hizo lo propio al generalísimo en clave de plastificado edulcorado pop melódico y tampoco nadie pareció escandalizarse.

Pero no nos engañemos y perdamos de vista la perspectiva histórico-temporal. España se hallaba sumida en la década de los sesenta del siglo XX en una bicefalia social y económica –con ribetes políticos: ley de prensa y asociacionismo– que en lo artístico conjugaba estos deleznables episodios "folkis" con el ye-yé patrio y de importación y otros pasajes sonoros minoritarios. Para muchos artistas, profesionales o no, era muy difícil abstraerse de esta circunstancia. Quienes se enfrentaban a este estatus quo solo les quedaba el camino de la emigración o del ostracismo, junto a la penitencia de la represión física y social. Aunque también hubo quien practicó la dolora resistencia interna. Mientras, el folklore, al contrario que el pop, y sus fusiones, fue perpetuando un anquilosado repertorio que bajo la tutela de los puristas –y su puesta de largo en los consabidos y manidos concursos– tuvo serios problemas para vivir el presente sin ulteriores remordimientos y renovarse para el futuro. Modernización que, desde la instauración de la democracia hasta hoy día, se ha ido consiguiendo muy lentamente.

La pleitesía que nuestro canto más internacional rindió a Carmen Polo en 1966 en Sotrondio ilustra –en tanto corolario hecho y no simple anécdota– uno de sus más oscuros capítulos de su ya larga centenaria narración. La Asturianá al servicio del franquismo fue una realidad indiscutible por la cual todavía pagamos sus desastrosos efectos. El entreguismo de sus grandes popes y el concurso de una creciente clase media adormecida y "feliz" por un embrionario consumismo allanó el camino. Sólo con una rigurosa reflexión sobre su pretérito desarrollo podremos afrontar con solvencia su dudoso futuro. n

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