Opinión
Camino al obispado
La decisión de un sacerdote
Felipe caminaba despacio, no tenía prisa por llegar y la hora prevista ya estaba fijada con su Inma a través de su secretario, de quien era amigo desde el seminario. Por fin llegó al obispado. Un cura de reciente formación le abre la puerta y le lleva hasta el despacho del secretario del obispo. Se abrazan como buenos amigos y sin sentarse le lleva hasta la pequeña capilla, donde, en una esquina, el obispo parece rezar.
Al sentir entrar a alguien, su Ilustrísima vuelve la cabeza y se topa con los que interrumpen su meditación. Sonríe y con la mano les hace un gesto para que le sigan, entrando todos en un despacho anexo a la capilla. Allí hace otro gesto a su secretario para que se vaya: queda solo con Felipe.
Aclaremos que Felipe es un sacerdote adjunto a la parroquia de San Bernardo y allí lleva unos 20 años cumpliendo su variable labor. Por esos años que lleva, se ocupa de todo un poco y es muy querido por todos sus feligreses. Pero volvamos al despacho de su Ilustrísima.
¿Qué me cuentas Felipe? Verá monseñor, deseo abandonar este ministerio. Pienso que ya he cumplido con mi vocación bastante tiempo y deseo dedicarme a otras labores, siempre cristianas, terrenales. Y por eso quería pedirle que solicite al Vaticano mi dimisión.
El obispo no daba crédito a lo oído, pero sí conocía lo suficiente a Felipe para no intentar convencerle de su nueva idea, incluso perdiendo un miembro importante en su diócesis. Y así acabó enseguida aquella entrevista, no sin gran disgusto, con lo que llamó a su secretario para que acompañara a Felipe hasta la puerta.
Felipe contó a su amigo los breves pormenores de susodicha entrevista, con lo que le dejó pasmado. Después de despedirse echó a andar a la que era su parroquia, pues sus obligaciones seguían en vigor en tanto el Vaticano no autorizase su nuevo designio.
Liado con sus pensamientos, escuchó un ruido de fondo que le llamó la atención: un tranvía había frenado de golpe y un grupo de personas se arremolinaba alrededor de algo. Felipe volvió la cara y también oyó gritar a la gente. Unos pedían un médico, otros una ambulancia y solo oyó a uno que decía un sacerdote.
Le entró a Felipe un respingo y se dijo asimismo: ese soy yo. Se acercó al tumulto y llegó hasta el herido, se acercó a él, le miró a la cara y el hombre abro sus ojos y sonrió. Felipe hizo lo mismo a la vez que le cogía sus manos. Fue un gran momento para ambos, en tanto unos sanitarios metían en una ambulancia al herido.
Aquí acaba esta historia. No tardó Felipe en llegar a la parroquia, coger el teléfono y marcar el número del obispado y decirle a su amigo, secretario del obispo: "Dile a monseñor que no escriba nada, que me quedo donde estoy", y colgó.
Suscríbete para seguir leyendo
- Esta es la fecha en la que abrirá el gran supermercado que inaugurará el área empresarial de Santa Ana en El Entrego
- Culturismo natural con músculo mierense: dos bronces mundiales para una historia de esfuerzo y honestidad
- Orange compra la empresa de telemarketing Madison y traslada a 140 trabajadores desde Langreo a Oviedo
- Segundo día de esquí, primeros problemas: media hora colgados en un telesilla de Pajares y 'helados' bajo cero
- Cinco años de trabajos y 14 millones de inversión: concluye la transformación de la histórica subestación eléctrica de Santa Cruz, en Mieres
- Balón de oxígeno para la Brigada Minera: sus 19 integrantes posponen la renuncia hasta enero, mientras sindicatos y Hunosa negocian un acuerdo
- Intentan asaltar una tienda y la Policía Nacional los pilla 'in fraganti': detenidos dos 'cacos' en Langreo
- Un 'Gilipollas con suerte' hace triunfar a Mieres en las carteleras de Nueva York
